La estrella que escolta a Santa Clara

El Che es un fanal, una insignia, una señal que nos alerta. Él es la estrella misma descendida...

Pueblo en acto por al aniversario 50 de la caída del Che en Bolivia.
(Foto: Carolina Vilches Monzón)
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Lo vi hermoso, viril, sonriente, andando pasos seguros y tranquilos, tomados ambos brazos, codo a codo, de su gente al lado. No era corpóreo ni de ningún metal —ni en trozos ni fundido—, quizás hecho de infinitas lunas e infinitos soles.

De los pies a la cabeza, como si un poco de fina lluvia lo mojara, y como si un poco como de niebla andina lo cubriera.

No llevaba él nada para marcar el tiempo, y sin embargo, el tiempo reclamaba en el exacto reloj de su exigencia. 

No iba —como los demás— cantando, aunque canciones existen, decenas conocidas, famosas, que dan la vuelta al mundo, y las más —como de llanto registrado—, anónimas, sin firmas, canciones de sufridos, de ignorados, de piraguas, sabanas, aguardiente, pulquey pisco, flores negras, porros y puñales.

Iba él como si fuera recitando. No su dolor, ni su rabia, ni sus rayos, truenos y centellas. Versos críticos, austeros, comprometidos, nada exasperados ni convencionales, con una rara métrica para quitar el miedo, la pereza, el hastío; con una alquimia muy particular para enfrentar a los contrarios. Poética política, sin alardes de erudición, diríamos.

¿De dónde salió él, convertidor de fuego del vivir cotidiano? ¿De dónde él, desmelenado, rasurado, oloroso, sin heridas ni llagas en los pies? Él, con sus dos manos, sin respiración anhelante, sin tos ni jadeos ni ruidos sibilantes en el pecho.

De dónde él, que lo dicen llegado de otra dimensión y que fue una estrella quien lo puso aquí. No de reino celestial, sino del gaucho de acaballo, mutado luego en timonel de balsa y expedicionario de yate, en rebelde serrano y jefe de columna, conductor de batallas, liberador de pueblos, creador de industrias y guerrillas, hacedor de vida y burlador de la muerte.

Él, que «sin miedo y sin tacha» entró a la ciudad un día, y se fue y regresó otro para quedar sembrado en guerrilleros huesos; ha caminado siempre entre nosotros y pernoctado tal vez alguna noche en cualquier serpentino callejón, estrecha calle o esquina populosa.

Y no es como muchos dicen: «si viviera…» ¡Vivo está!, de mil maneras. No puesto desde el cielo, ni en el bronce y el mármol escultóricos. No silencioso en su nicho. Él es un fanal, una insignia, una señal que nos alerta. Él es la estrella misma descendida, un himno, un toque a degüello si hace falta.

Entonces, aquí estás, medio siglo después de ser asesinado.

Che Comandante, amigo; jefe de indiscutibles hazañas insurrectas, Guevara americano, pregonero del valor, inspiración y ejemplo. Eterno escolta de esta clara ciudad donde tu luz se afianza.