Amén, Guevara

Hubo en este continente un hombre tremendamente hermoso que hizo de la justicia su sueño, y de la dignidad, su fusil.

Ernesto Che Guevara
«Déjeme decirle, a riesgo de parecerle ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor». (Foto: Archivo)
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[…] Y si se nos dijera que somos casi unos románticos, que somos unos idealistas inveterados, que estamos pensando en cosas imposibles, y que no se puede lograr de la masa de un pueblo el que sea casi un arquetipo humano, nosotros tenemos que contestar, una y mil veces que sí, que sí se puede, que estamos en lo cierto, que todo el pueblo puede ir avanzando, ir liquidando las pequeñeces humanas […]

Ernesto Che Guevara, 1962

El Che vivió en el amor.

En el hondo, del tipo que trepa continentes para zurcirles las tristezas a los pobres de la tierra.

En el resignado, pues no le quedó otra opción que aceptarse como «fotógrafo ambulante, investigador semidesempleado y médico mal pagado, exiliado permanente, esposo temporal e intrascendente, aventurero de fin de semana, redactor de cartas y poemas y de diarios siempre privados».

En el doloroso: «ahora viene lo bravo […] si se equivocaran, que al fin hasta los dioses se equivocan, creo que podré decir, como un poeta que no conoces, “sólo llevaré bajo la tierra la pesadumbre de un canto inconcluso”».

«Déjeme decirle, a riesgo de parecerle ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor».

Cargó con la gran cruz de los inconformes bravos, de los que aman y fundan y les guiñan el ojo a los aprietos. «La única lucha que se pierde es la que se abandona». Impensable lanzar la toalla. «Serénese, que usted va a matar a un hombre», dijo, y dos rafagazos de plomo lo premiaron con la inmortalidad.

Pero estos no son días para hablar de finales —en el sentido estrictamente físico, claro está—,  sino para celebrar la suerte de que un tiempo hubo en este continente un hombre tremendamente hermoso que les cedió sus mejores años a las causas más bellas y duras. «Déjeme decirle, a riesgo de parecerle ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor». Amén, Guevara.

Hubo fechas y lecturas que me movieron la curiosidad. ¿Para amar en grande siempre habrá que renunciar? Porque la renuncia, para mí, implicaba la decisión inalterable de retirarse en cuerpo y espíritu, y nada tan distante a las verdades de su vida.

«Todos los días hay que luchar por que ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización». Qué difícil. Muchos se atragantan hoy con el egoísmo íntimo de sobrevivir en un medio donde el hombre es el lobo del prójimo. Faltan «faros» en la noche turbulenta que cubre a  gran parte de la humanidad. Sin embargo, el Che creía en la calidad moral de los líderes por encima de las cualidades extraordinarias que, presuntamente, no deberían faltarles a los regidores de destinos: 

«Solo puede ser intrépido quien conoce el miedo pero lo supera; quien ve el abismo con orgullo. Quien ve el abismo con ojos de águila; quien con garras de águila se aferra al abismo, ese tiene valor».

«Si fuésemos capaces de unirnos, qué hermoso y qué cercano sería el futuro».

Valor. El suyo quizás le vino de las noches en que la asfixia del asma le arrancó silbidos de las entrañas, o de abrazar a los leprosos del Amazonas, o del hambre impertinente de los guerrilleros; incluso, a veces pienso que tempranamente le llegó la premonición de su destino breve y  urgente, como los incendios y las tormentas. Supo, quizás antes de escribirlo, que las ideas de un solo hombre valen muy poco. «Si fuésemos capaces de unirnos, qué hermoso y qué cercano sería el futuro».

Cada vez que se nos infla el pecho recordamos que estamos vivos, pero una existencia huérfana de propósitos es poco menos que morir de a poco. «Sueña y serás libre de espíritu, lucha y serás libre en vida». Amén, Guevara.

Con 90 años sobre este mundo, sabe Dios qué habría logrado el Che. Nos dijo que tenemos que hacernos duros, sin perder la ternura; que a los jóvenes les toca crear; que los «locos» como él siempre dicen la verdad. Nos dijo que debemos ser la pesadilla de quienes quieran atrapar nuestros sueños, que el único sentimiento mayor que el amor a la libertad es el odio a quien te la quita, que «lo que ha de ser, que sea». Quiso que supiéramos, en cualquier tiempo y lugar, que «triste el que muere sin haber hecho obra». 

¡Amén!, Guevara.

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