Los «Ernesticos» que quieren ser como el Che

Cada 14 de junio, la Cátedra Ernesto Guevara espera al primer niño varón que nazca para darle continuidad a la tradición de los «Ernesticos».

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Una hermosa tradición cumplió ya su primer cuarto de siglo, la de los Ernesticos, ese primer niño que nace cada año el 14 de junio en el Hospital Materno, de Santa Clara, y que con el consentimiento de los padres, recibe el nombre de Ernesto, en honor del Guerrillero de América, Ernesto Guevara de la Serna, Che.

Los miembros de la Cátedra Honorífica Che Guevara del otrora Instituto Superior Pedagógico Félix Varela impulsaron esta iniciativa, como singular manera de perpetuar la memoria del Che en la ciudad donde reposan sus restos desde el 17 de octubre de 1997, tras haber permanecido por 30 años enterrados en una antigua pista de aviación en Valle Grande, Bolivia.

Alberto Granado junto a los Ernesticos
Alberto Granado comparte un cumpleaños con los Ernesticos en el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela. (Foto: Archivo)
Ernesticos de Villa Clara
En la Plaza del Che durante una de las tradicionales celebraciones de cumpleaños. (Foto: Francisnet Díaz Rondón)
Ernesticos de Villa Clara
El profesor Arístides Rondón Velázquez con cuatro de los Ernesticos. (Foto: Francisnet Díaz Rondón)

Cada noche del 13 al 14 de junio, un grupo de integrantes de la Cátedra del Che marcha hacia el Hospital Materno Mariana Grajales, y allí esperan el nacimiento del primer varón para hablar con los padres del niño y solicitarles que lo nombren Ernesto, en homenaje a quien naciera el 14 de junio de 1928, en la ciudad de Rosario, Argentina, hace ahora 90 años.

La idea partió de una sugerencia de los investigadores Froilán González y Adys Cupull, e inmediatamente fue materializada por la dirección de la entonces incipiente cátedra honorífica dedicada al estudio de la vida y obra del Comandante Guevara, que tenía como su presidente al profesor Roberto Yera Navarro.

El 14 de junio de 1992 nacieron los tres «Ernesticos» iniciadores de la tradición. Se nombran: Ernesto Antonio Martínez Martínez, natural del municipio de Cifuentes, y Antonio Ernesto López Abreu y Carlos Ernesto Becerra San Martín, ambos de Santa Clara. Los primeros dos quedaron inscriptos también con el nombre de Antonio, pues, coincidentemente, ese propio día, pero de 1845, nació Antonio Maceo Grajales, el Titán de Bronce.

Estos primeros Ernesticos tuvieron «padrinos» de lujo esperando sus respectivos nacimientos, pues en esa calurosa madrugada de junio de 1992, junto al Chino Yera, Ricardo Hernández y otros integrantes de la Cátedra del Che, estuvieron de vigilia el argentino Alberto Granado, el mejor amigo de la infancia del Comandante Guevara, y Aleida March, su viuda y madre de sus cuatro hijos cubanos. También les acompañó  Jean Pierre Etile, por entonces presidente del Comité Martiniqueño de Solidaridad con Cuba.

Recuerda el profesor Yera que hubo que esperar bastante para los nacimientos, pero todos se mantuvieron despiertos. Al siguiente año, se decidió que fuera un solo niño, el cual recibiría el nombre del guerrillero de América. A partir de entonces, aguardar la llegada del primer Ernestico se convirtió en símbolo distintivo de la Cátedra Che Guevara.

Con el paso de los años se sumaron: Ángel Ernesto González Ruiz, Shey Ernesto Reinosa Cárdenas, Cristian Ernesto Pérez Menéndez, Ernesto Isaac Talavera, Ernesto Rafael Darias Mederos, Rafael Ernesto Jiménez Cruz, entre tantos otros «Ernesticos».

En 2000 sucedió algo inusual, al nacer un par de jimaguas de sexos opuestos. El varón, por supuesto, recibió el nombre de Ernesto y se nombró Richard Ernesto; mas, ¿qué nombre darle a la hembra? La solución vino cuando se propuso que llevara el de Celia, el nombre de la madre del Che, y así quedó decidido: Richard Ernesto y Celia Rachel Rodríguez Fernández.

Han pasado casi 26 años, la historia del nacimiento de buena parte de los «Ernesticos» la guarda celosamente el profesor jubilado Arístides Rondón Velázquez, quien, con posterioridad, encabezaría el trabajo de la Cátedra.

Gracias al cuidado del meticuloso profesor, hoy podemos saber que Lázaro Ernesto Díaz Morán pesó al nacer 3050 gramos, o sea, 6,12 libras, y que el equipo médico que atendió su nacimiento estuvo integrado por los doctores Otmara Cruz Toriza y Eduardo Sandelís Cárdenas, la neonatóloga Tania Suárez Milián y la enfermera Mercedes Pupo.

También se conoce que uno de los primeros «Ernesticos», Ángel Ernesto González, recibió una vivienda por parte de las autoridades gubernamentales, impulsada por la gestión de la Cátedra.

El propio Rondón Velázquez recordaba en diálogo con la prensa que durante esos primeros años de la tradición, coincidentes con los momentos más duros del llamado período especial en Cuba, cada «Ernestico» recibía el 14 de junio un módulo de ropa que le enviaba Jean Pierre Etile, el presidente del Comité de Solidaridad Martiniqueño y padrino de la Cátedra.

Los archivos documentales del profesor Rondón Velázquez prueban que el 23 de noviembre de 2003, Ángel Ernesto participó en una jornada de trabajo voluntario en el Pedagógico Félix Varela, al que asistieron su mamá y hermana.

A los «Ernesticos» nunca se les ha dejado de celebrar el cumpleaños, en su inmensa mayoría han tenido como escenario la Plaza de la Revolución Ernesto Che Guevara. Allí, junto a decenas de otros niños, se les pica un cake gigante y les cantan las felicidades.

En una de esas celebraciones, Ángel Ernesto González Rey afirmó: «Nacer el mismo día que el Che y llevar su nombre representa mucho para mí. Desde la escuela primaria he vivido hermosas experiencias: la colocación de la pañoleta, los cumpleaños con los demás Ernesticos, compartir con Alberto Granado, también con Aleida Guevara..., son momentos inolvidables».

En lo educativo, la iniciativa de la Cátedra Che Guevara devenida una tradición ha facilitado que estos jóvenes villaclareños asuman en su comportamiento diario el compromiso permanente de ser como el Che.

Alberto Granado asistió a cada fiesta del 14 de junio mientras sus fuerzas físicas se lo permitieron. Siempre fue uno de los mayores convencidos del valor formativo de ponerle a esos niños el nombre de su amigo admirado y querido, a quien siempre llamó Ernesto o, en su defecto, Petiso o el Pelao.

Por eso, no escatimaba elogios al proyecto guevariano ni desaprovechaba oportunidad para contar aquellas inolvidables anécdotas de su viaje por Suramérica en moto con aquel Ernesto que todavía no era el Che, pero que un día llegaría a serlo, para multiplicarse por miles en Santa Clara, en Cuba y en el mundo entero.

Se han publicado 1 comentario

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  • rafael g

    uno de los ernestico estamos muy honrado y contento que nuestro hijo haya nacido ese dia de una persona inicualable como era nuestro querido y siempre recordado CHE