Retrato hablado de Teté

Entre la oscura selva, las aguas turbias de Misiones, la pampa porteña y las bellas sierras altragracienses se esconde la infancia de Teté, el niño que sería Che Guevara.

Ernesto en auto junto a su familia
En la Catramina, Teté conoció toda Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires, Mar del Plata. (Foto: Archivo)
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Ernestico bebé
Ernestito en Puerto Caraguatay, Misiones, Argentina, 1929, con el capataz. (Foto: Archivo)

Allí está el niño. El gentil rostro traspasa los años de la vieja imagen. Vestido con bombachas y una blanquísima camisita de mangas largas, el pequeño está un tanto protegido del pique, la mbarigüí, el jején, la ura. Vivir en Caraguatay obliga a doña Celia a tomar precauciones.Teté aún no camina. Pero así, medio sostenido y bajo compañía, no se resiste. Mientras se deja fotografiar, bebe mate, ese signo identitario que lo acompañará toda la vida.

El niño quiere dar sus primeros pasos. Muestra un rostro sereno y enfocado en el camino. El primogénito de la familia Guevara Lynch ha acaparado la atención de todos: de la gallega Carmen Arias, quien lo cuida como un hijo; de la empleada guaraní que lo sostiene cariñosamente en alguna de las fotos.

La familia se ha mudado de Rosario. Ahora todo es diferente porque Puerto Caraguatay —actual Misiones—tiene algo bestial que obsesiona. Cuenta el viajero don Ernesto que la selva impenetrable oculta el sol con lianas e isipó; que el yaguareté, el gato onza, el puma, el yacaré y el oso hormiguero hacen que todo le atrape y le atraiga.

Y hay más: el oro verde o «la hierba del demonio» —como dirían los intrusos conquistadores— ha engatusado a la familia, arrastrándola hasta aquel paraje junto a una oleada de colonos en busca de riquezas.

Ernestico con una mujer guaraní
Con una joven guaraní. (Foto: Archivo)

Entonces, con retazos de historias contadas por su padre y madre, y un conservador puñado de fotos, descubrimos quién fue el niño Che Guevara. Porque él mismo extravió sus vivencias de la selva y debió, como nosotros, dejar que su familia las reconstruyera.

Teté vivió sus dos primeros años en Misiones. Sus padres lo llevaban a navegar en un pequeño yate, el Kid. Mientras el velero andaba entre los remolinos de aguas oscuras, vivía la belleza indescriptible del alto Paraná, tierra de valles estrechos y modestas cordilleras, de imponentes rocas que acunan cascadas, de barbáricas selvas repujadas de la más tierna virginidad.

Misiones, la tierra misteriosa, enamora cada día a don Ernesto. Sin embargo, varios factores atentan contra su estancia: el fracaso en el negocio de la yerba mate y la constante humedad de la zona selvática, que daña al pequeño. Entonces, la familia empaca y fija otro destino.

Primero a Buenos Aires. Solo la enfermedad le impedirá a Teté hacer de las suyas. Pero cuando el asma le da respiro, doña Celia y don Ernesto ponen en bandeja de plata la oportunidad de hacer travesuras. Montar bicicleta. Trotar por la finca de la abuela paterna Ana, en el lomo de un caballo que ella misma mandaba ensillar. Navegar entre el laberinto de islas del delta paranaense.

Allí, sobre los espejos de aguas calmas, en su casa flotante, el pequeñísimo Che disfruta la algarabía de sus primos y de su hermana Celita. Cuenta don Ernesto que mostraba a la pequeña tripulación el ancla, los anzuelos, el timón, que de vez en cuando le dejaban manejar, en compañía de su padre.

Che a caballo
Che en bicicleta
Che junto a su familia en la playa
Momentos de la infancia de Teté. (Fotos: Archivo)
Che en patineta
En Alta Gracia, Córdoba, con su hermana Celia. (Foto: Archivo)

Tiempo después, un viaje en tren se convertiría en una larga estancia en Córdoba. La ciudad de Argüello no dio paz a los Guevara Lynch, que tuvieron que escalar hasta sentir el clima bondadoso de Alta Gracia, entre los faldeos orientales de la Sierra Chica y la llanura pampeana.

En Alta Gracia la familia logra concentrar gran parte de la infancia y adolescencia a Ernestito. Allí se encuentran gran parte de sus vivencias, que moldearán al futuro Che: las aventuras con el piquete de amigos, su voraz afición por la lectura, las rebeldías del Chancho Guevara —sobrenombre que le endilgaron por su carácter alocado y viril—, su gusto por el trabajo, en la granja Santa Ana, de su tía y abuela paternas.

El motivo del viaje le llegaría a Ernestito como herencia familiar. Don Ernesto los llevaba muy a menudo de vacaciones, en un viejo Chrisler, apodado la Catramina. Así conoció toda Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires, Mar del Plata. Sin embargo, su lugar preferido era la granja de abuela Ana y tía Beatriz, donde aprendía las labores de la pampa y admiraba la frenética osadía del gaucho para ensillar caballos cerreros, para perderse en la infinita llanura y regresar, al rato, con la bestia domada.

Che adolescente
Ernesto Guevara, adolescente. (Foto: Archivo)

En julio de 1936, cuando Ernestito tenía ocho años, comenzó la Guerra Civil española. En los años posteriores, Córdoba y Alta Gracia en particular recibieron una oleada de refugiados republicanos. Y también, para pesar suyo, gran cantidad de alemanes con simpatías nazis. Los padres del adolescente ayudaron a organizar uno de los Comités de Apoyo a la República Española en el Exilio, y poco después, durante la Segunda Guerra Mundial, un grupúsculo para espiar las actividades nazis en Córdoba. Este contexto familiar resultó un hervidero para la temprana concepción antifascista del joven Ernesto. 

En 1941, período de grandes transformaciones políticas, la familia Guevara se traslada a la ciudad de Córdoba para que Ernesto pudiera comenzar sus estudios de bachillerato. Por aquellos años en que el niño había dejado de ser Teté, el adolescente Ernesto comenzaría a escalar la gran cima del conocimiento revolucionario que forjaría al futuro guerrillero.

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