Che, apuntes precisos

Dos visitas memorables del Che Guevara, ministro de Industrias, a la región villareña. Un testimonio cercano al reconocimiento individual y colectivo de los trabajadores.

Che en Villa Clara
Che en la fábrica de calzado Dinamo, sábado 17 de agosto de 1963. (Foto: Archivo de Vanguardia)
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Las manos rebuscan. Hay selección de desperdicios de pieles y suelas. Los materiales, al dictamen del que registra, son aprovechables. Las partes escogidas, y otras ubicadas en latones aledaños, salieron del salón de corte de calzado rústico para campañas militares.

El hombre desea conocer por qué se malgastan recursos estatales. De inmediato aprieta la expresión y clava la mirada con ironía en el rostro de directivos y trabajadores que lo acompañan a la salida de la fábrica.

Periódico Hoy
Página del periódico Hoy que descubre a los Comandantes Che Guevara y Almeida Bosque en el torcido de Camajuaní. (Foto: Archivo del Autor)

Reclama una explicación, y la tendrá, aunque algunos de la comitiva, como salvavidas de momento, advierten que resulta imposible el ahorro absoluto. Va de nuevo al taller. Llega hasta la máquina Dinker que troquela suelas. Allí demuestra a los discrepantes que, al ajustar el equipo, obtienen menos sobrantes y consiguen calidad en los terminados.

Nadie refunfuña. Antes dio dos lecciones: hay que laborar los sábados y tener iniciativa después que un obrero declaró la carencia de cajas de cartón para envasar los zapatos: «Tienen que gestionar sacos y clasificar los suministros según la numeración», dijo con pausada voz en la cordial despedida.

Por vestimenta el hombre usa traje verde olivo, con simbólica boina y grados de Comandante del Ejército Rebelde. Todos lo conocen a la perfección: es el ministro de Industrias designado para impulsar, desde años atrás, el desarrollo económico del país.

La escena está descrita a mediados de agosto de 1963 en las páginas de Vanguardia, y reconstruye el recorrido que hizo el Che por territorio villareño. Visitó obras en construcción y centros en funcionamiento. Todos tendrían una incidencia posterior en el empuje productivo y el desarrollo de la región.

Así lo recogen las imágenes y la reseña periodística. El hecho anterior ocurrió en la fábrica de calzado Ignacio Rolando Abreu (Dinamo), radicada en Alemán entre Nazareno y San Miguel, en Santa Clara. La entidad fue organizada para eliminar pequeñas talabarterías, y garantizar fuentes de empleo y el calzado a los movilizados en la defensa y la producción.

Ese día, en la tenería Rolando Abreu, de la capital provincial, el Che dejará otra lección. José Vargas, el administrador, dio una explicación pormenorizada del trabajo voluntario, y al tratar de encender un cigarro, el fósforo falló.

El Che apuntó: «Ya ustedes ven lo que digo, la cuestión de la calidad es un problema colectivo. Ese es un ejemplo de mala calidad. Si ustedes no fabrican buenas pieles, luego los zapatos se rompen; no sirven. Y el que compra los zapatos se cree con el derecho también de ponerse bravo».                                                                                                                                                                                                                                                                                    El ejemplo ilustra la batalla que emprendió el ministro de Industrias al promover «tareas de control, inspección y corrección económica». El propósito era ahorrar materia prima, disminuir costos y llegar a la perfección de surtidos requeridos por el consumo interno o la exportación.

El amplio periplo se tradujo en conocimiento de las particularidades productivas de la unidad 401-02 Mártires de Chicago, de artes gráficas; la fábrica de refrescos Osvaldo Socarrás Martínez, Sakenaf, la tabaquería LV-9, la panadería Brito (en Martí esquina Maceo), la de tejidos planos Camilo Cienfuegos, Planta Mecánica e Inpud (en construcción), y el adiestramiento técnico a operarios ubicados en Moldes y Troqueles, todas en Santa Clara.

Apenas el Che tuvo tiempo para el descanso. Inspeccionó los cuatro puntos cardinales de la geografía. Fue a Caibarién y llegó a los cayos Fragoso y Francés, donde especialistas cubano-soviéticos hacían prospecciones petroleras. También estuvo en la tenería Patricio Lumumba, el astillero, la fábrica de bicicletas (en ejecución), y anotó en la agenda las dificultades de capacidad de añejamiento, fermentación y poca ventilación existentes en la vinatera, entidad que destacaba por la calidad de sus licores, normas, salarios y superación obrera.

En Sagua la Grande revisó la conclusión de la fábrica de bujías de encendido y la electroquímica Elpido Sosa, y de ahí llegó a Cienfuegos, futuro polo industrial en motores diesel, ensambladora de máquinas de coser, así como la planta de madera artificial, en Cruces. Y según las reseñas periodísticas, también anduvo por la hidroeléctrica y los embalses Hanabanilla-Jibacoa, concluidos en su totalidad.

Impuso el concepto de «mentalidad guerrillera», fácil de distinguir: «muchas veces hemos dedicado gran cantidad de tiempo a resolver problemas menores y hemos descuidado los problemas más graves de cada industria; es decir, no hemos sabido dar el orden de prioridad adecuado a cada uno de los problemas», tal como resaltó el Che en septiembre de 1961, unos nueve meses después de asumir la dirección de Industrias.

Pieza aclaratoria

Una zancadilla al periodismo coloca Francisco González Hernández, lúcido tabaquero de Camajuaní, con 84 años. Está convencido de que el Che, junto al Comandante Juan Almeida Bosque, jefe del Ejército Rebelde y presidente de la Junta de Coordinación, Ejecución e Inspección (Jucei) en Las Villas, visitó la fábrica de torcido de la localidad. Asegura que ocurrió en la mañana del martes 18 de julio de 1961. No admite otra fecha.

Tabaquero de Villa Clara
Francisco González Hernández, el torcedor que obsequió al Che un tabaco de rabito en Camajuaní. (Foto: Luis Machado Ordetx)

El hombre cuenta su historia, y le creo con indulgencia porque muestra una fotografía en la cual el ministro de Industrias hace preguntas y observa las labores de selección y rezago de capas que ejecuta Antonio (Pipe) Gómez Gutiérrez. El rostro de Almeida Bosque, vestido de uniforme de las Milicias Nacionales Revolucionarias, como lo describen, no aparece por ninguna parte.

La imagen con color es la única evidencia a mano. Queda el testimonio del anciano. Rebusco archivos cubanos. Quedo con mayores dudas.

Escasa información recogen los diarios Revolución y El Mundo, y Bohemia nada cuenta. El corresponsal Ricardo Bernal Mora, de Hoy, refiere que el 15 de julio de 1961 «Recorren Che y Almeida las obras de Las Villas». Por días salen noticias. En el periplo hay un tránsito por diez fábricas villareñas, pero las informaciones se pierden con la recepción de delegaciones extranjeras participantes en el 26 de Julio en La Habana. El Che está entre los dirigentes que reciben a los visitantes.

Llega la sorpresa: el domingo 30 de julio, en la página 4 de Hoy asoma una histórica foto sin crédito. Ahí están Almeida, en primer plano, y el Che, cuando conversan con trabajadoras del departamento de anillado y sellado de cajas en la LV-6, planta El Coloso, situada en la calle Dagoberto Cubela entre Eliope Paz y Martí, en Camajuaní. 

Ahora el testimonio de González Hernández es irrebatible. Esa mañana del martes 18 el Che llegó a «la puerta de la fábrica, y dos mujeres de guardia le bloquearon el paso. Una era María Eugenia López Roque, despalilladora y alfabetizadora. El ministro de Industrias se presentó de manera correcta y solicitó autorización para entrar. Almeida Bosque se reía, y decía: “¡Este es el Comandante Guevara!”. En eso Antonio Acosta dio la bienvenida, y sonaron las chavetas en las tablas de rolar tabaco, y a gritar “cuchillo, cuchara, que viva el Che Guevara”, quien contestó: “¡dejen de tocar y dar vivas al Che Guevara y continúen haciendo tabacos, que es lo más productivo!”.

«Saludó a Pipe Gómez y a Aniceto (Mongo) Borrell, y conversó con entusiasmo con trabajadoras y torcedores. También se interesó por la calidad de la comida, la superación técnica y la guardia obrera. Recuerdo que el administrador, un habanero, se aproximó, y en la mano izquierda traía una caja de tabacos. Era en obsequio para el Che. De inmediato vino la respuesta seca, tajante: “¿Eso es suyo?; ¡ah, de la fábrica!”. El hombre no atinó a dar respuesta. Nadie jamás lo vio a partir de ese día. No sabemos qué sucedió. Cierto es que desde el momento del incidente tomó un maletín y se perdió del lugar.

Che en tabaquería de Camajuaní
En la tabaquería El Coloso, de Camajuaní. Diálogo del Che con Pipe Gómez Gutiérrez. (Foto: Archivo del autor)

—¿No hubo comentarios?

—¡Qué va!, no tuvimos tiempo con tanta admiración por la visita. Eso ya lo he contado.

—Usted, ¿cuándo habla con el Che?

—¡Ah!, él se acercó a mi mesa de trabajo, y saludó a todos. Tenía algunos tabaquitos finos de rabito para la fuma diaria. Entonces le obsequié uno, y me preguntó si eran míos. Respondí que sí, hechos con sobrantes de capa. Tomó uno en la mano y trató de encenderlo, pero el fósforo no prendió, y soltó una risa irónica.

«El Che allí declaró que no era necesario estar contentos con la visita, pues lo importante para el trabajador era sentirse satisfecho y darlo todo por la Revolución. Fue una prueba de sencillez increíble», apuntó el octogenario González Hernández. 

Modelo casero

El Che, «al igual que Fidel, predicaron con el ejemplo. Ante su compostura no había arreglos, ni fingimientos en lecciones de trabajo voluntario, y fomento de estímulos morales y materiales. Ambos reconocían los valores individuales o colectivos. A los muelles íbamos todos juntos, a estibar sacos de harina, y también a los cañaverales. El ministro de Industrias era el primero en todo», dijo en Sierra Morena el mecánico-innovador Manuel Moreno Escribá.

Mecánico innovador de Villa Clara
Manuel Moreno Escribá, mecánico-innovador, y la caja de tabaco que obsequió el Che como reconocimiento personal. (Foto: Luis Machado Ordetx)

Tiene 79 años y laboró en ese organismo desde su gestación. Siempre se desempeñó en mantenimiento y revisión de los automóviles de piquera. También asumió la supervisión directa del carro particular del Comandante Guevara, «un chrevolet impala especial de 1960, casi salido de agencia», apuntó.

De los errores, precisó el Che, hay que «darse con la nariz en el muro».  Moreno Escribá retomó lo ocurrido cuando envió el auto del Comandante a otro taller con la finalidad del cambio de rodamientos traseros, muy desajustados.

—¿Qué pasó?

—No me gusta contar la historia. Las personas la entienden de muchas maneras, y yo de otra. Las cajas de bolas estaban dañadas, y se planteó la necesidad de sustituirlas. Hablé con un primo, jefe de taller del Minint, en Zanja y Aramburu, y accedió a cambiarlas. Al otro día el automóvil estaba allá. El Che notó la diferencia e indagó con el chofer, quien ofreció la puntual respuesta.

«Había olvidado aquello. De pronto me llamaron de su oficina. El Che quería conversar conmigo y saber cómo se resolvieron las piezas. De localizarlas en el mercado negro, los precios eran inaccesibles. Preguntó por la factura. Respondí que carecía de ella y tampoco las había pagado porque todo salió de un taller del Minint por medio de un familiar. Allí arreglaron el carro.

«Aquello fue tremendo. Dijo en tono pausado: “¿¡Cómo!?, ellos nada tienen que ver con nosotros. Ahí tenemos el nepotismo”. No, Comandante, reconocí. De inmediato recalcó: “Bien, tengo un viajecito pronto y necesito que vayas conmigo”. En ningún momento habló de sanción. Comentó que esperara en la casa, que irían a recogerme, o de lo contrario fuera en jeep a la península de Guanahacabibes, en Pinar del Río. Al otro día me llevaron para allá, lugar en el cual arreglaría averías de un motor estacionario de procedencia china.

«Con ropa de mecánico y herramientas me presenté a Camejo, un oficial al frente de la instalación. Indagué por el equipo y lo compuse en breve tiempo. Esperé que alguien me regresara a La Habana. A los 15 días llegó el Che, y después de un saludo añadió: “Resolviste el problema del motor”. Reconocí que ya funcionaba sin dificultad. Entonces acotó: “¡Ah, perfecto, seguro aprendiste la lección!”. Le dije, ¿qué lección?, y no quedó otra salida que admitir: ¡Ah, sí, cómo no, Comandante! Después retorné a las funciones normales del taller, pero en ningún momento el Che habló de amonestación disciplinaria».

—¿Seguro que usted tiene otros hechos significativos junto al Che. No importa, puede revelarlos, pues sé que por sus funciones se mantenía a distancia?

—¡Sí, cómo no! Es un tesoro que me entregó a título personal, en su oficina del Ministerio. Conservo el estuche como una reliquia. Es un cajón de cedro, con la bandera cubana por fuera, y contenía 50 tabacos especiales que elaboraban de manera industrial en una fábrica que el Comandante organizó con obsoletos  equipos recogidos en La Habana.

—¿Qué lo llevó a ese reconocimiento?

—Pues mire, unos 17 días de trabajo continuo junto a un ayudante de mecánica. El automóvil especial del Che sufrió un accidente, y entonces (José Manuel) Manresa, el jefe de despacho, indicó que el Che quería cambiar todos los accesorios y el motor para otro carro, un chrevolet impala, con características muy diferentes al anterior. Había que traspasar al asignado la dirección hidráulica, freno al vacío, cambio automático y diferentes piezas. Era un imposible —comenté—, y por argumento me dijo Manresa que apenas tenía dos semanas para tamaña empresa. No comíamos y casi no dormíamos. Aquello era un rompecabezas, pero al paso de los días tomó forma.

«El Che inspeccionó el auto en el taller, pero se disgustó con el color rosado que tenía la pintura original. Tuvimos que empezar de nuevo a lijar, enmasillar y luego pintar de un verde metálico, muy elegante. Me imagino que ese carro se conserve por su representatividad en algún museo histórico.

«El Comandante me llamó a la oficina y luego de un saludo respetuoso me entregó el obsequio de la caja de tabacos. Recuerdo que dijo: “Esto no reconoce el trabajo ni lo está pagando, es un presente personal. Después probamos el automóvil en la zona del Malecón. Allí mostró satisfacción y fue más preciso: “Necesito que todo lo del carro rosado se lo traspases al que emplea José Inés Ríos. Él necesita coger carretera”.

«José Inés era jefe de escolta, oriundo de Calabazar de Sagua, y tenía un excelente trato por su carácter alegre y dicharachero. Entonces solo contesté: Comandante, no hay problemas. A los pocos días todo se resolvió. Ese automóvil, un chevrolet 57, lo tuve varias veces aquí en Sierra Morena, mire usted si le tengo cariño a ese carro», precisó por último Moreno Escribá, un hombre que siempre vio en el Che a un dirigente sin mucho tiempo de espera para asumir impostergables tareas de dirección partidista y económica en la arquitectura socialista.

  • luismo

Yordani, tiene usted toda la razón del mundo en acentuar su afirmación. Gracias.

  • Yordani.

Che, cuanta falta hace aplicar tu pensamiento revolucionario en los momentos actuales en Cuba y el mundo.