¡Cómo le gustaba a Paquito hablar del Che!

El testimonio que ofreció en 2012 un obrero fundador de la fábrica Heriberto Mederos, de Caibarién, inaugurada en 1964 por el entonces Ministro de Industrias.

El Che en Caibarién
(Foto: cortesía de Telecentro Caibarién).
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Timbre, timbre, timbre y ¡nada!, no salen al teléfono. Así, un par de días; dos, tres veces, a distintas horas. Averiguo. Al fin me responde Yodeisy Hernández Pérez, especialista en Recursos Humanos. Le explico.

«Es que desde el huracán Irma estamos parados, se llevó los techos de las naves, figúrese, todos estamos en eso, haciendo lo que podamos para arrancar de nuevo», dice y me actualiza algunos datos que le solicito.

—¿Qué me dice de Paquito, de Francisco Echemendía Cárdenas, todavía en la fábrica, me lo pudiera localizar?

—Ay, no, qué pena. ¡Ojalá!, falleció hace dos años, así, de pronto;  se nos fue en un mes, los pulmones. De estar vivo seguro que por ahí anduviera trabajando a la par de nosotros. Me parece estar viéndolo entrando con su bicicletica.

No sé cómo continuar. Han pasado cinco años desde que entrevisté a Paquito, el «hombre del Che», El Médico (de las máquinas), fundador de la «Heriberto Mederos».

—Es que quería retratarlo de nuevo, volver a conversar con él, ahora, cuando se cumplen 50 años del asesinato del Guerrillero Heroico…

—Pero mire, no se preocupe, por aquí deben tener fotos de él.

No, amor, no te aflijas. Retomo lo publicado en Vanguardia. Puedo darle otra forma, incluso, revisar mis agendas de esa época, con seguridad encuentro anotaciones inéditas. El testimonio de Francisco siempre será valioso.

—¡Ay, sí, qué contento se pondría, cómo le gustaba a Paquito hablar del Che!

Francisco y el Che: la entrevista 

Francisco Echemendía Cárdenas. (Foto: Ramón Barreras Valdés).

Me contó un poco delante de todos, en el salón de reuniones; y algo más, después, caminando los mismos talleres donde aprendió a conocer y a dominar «de verdad» las máquinas herramientas.

Vivaracho, enérgico y locuaz saluda a todos por el trayecto, a veces con un gesto al paso pero las más, desviándose al encuentro de quienes se detenían a esperarlo, ya él con su brazo extendido y la mano larga, delgada y nervuda dispuesta a apretar sin consideración la del otro.

A sus 65 años Paquito tiene «un poco oxidada la memoria», frase que repite cada vez que le insisto me refiriera detalles de aquel 19 de julio de 1964, cuando vio «por primera vez y de cerquita al Ministro», al legendario Comandante Ernesto Guevara, que «vino a inaugurar esta fábrica, todo un suceso en un pueblo de pescadores».

Francisco Echemendía Cárdenas tenía entonces 17 años.

Según el experto ajustador, lo que más lleva «metido en su cerebro» es lo «intranquilo y algo agitado» que notaba al Che ese día.

«Pero écheme, écheme aceite para quitarme el óxido», porque la memoria es como las máquinas y herramientas que bien ajustadas y engrasadas trabajaban toda una vida», me insta.

Y tenía razón. Porque si bien el Che no conversó con él cuando «de completo uniforme y con los medios de protección requeridos todos los obreros lo esperábamos en nuestro puesto de trabajo», sí me comenta con perspicacia sobre el discurso que pronunció el entonces Ministro de Industrias».

—¿Admiraba mucho al Che?

—Sí, el Che siempre fue muy recto, no se andaba con rodeos, no le gustaban las chapucerías, ni las guataquerías, ni las impuntualidades, y eso todo el mundo lo sabe, porque si el Che viviera…

—Me han dicho que lo aplaudieron cantidad cuando comenzó a hablar.

—Claro, porque de sincero como era habló sobre algunos problemas de la planta, y nos dio consejos para el trabajo,  recomendaciones que nunca nos habían dado.

«Lo primero que hizo fue explicarle a la gente que no tenía nada nuevo que decirle, porque según él se le había acabado el repertorio porque desde antes ya venía fundando fábricas iguales por toda Cuba».

—Y aquí, en contacto con ustedes ¿qué hizo, qué preguntó, qué le dijeron los obreros?

—Bueno, conmigo no habló. Cuando entró a la fábrica todos estábamos deseosos y ansiosos porque se detuviera a preguntarnos, pero yo no tuve esa suerte. Por cosas de las que habló en su discurso puedo suponer algunas. O no, a lo mejor las traía anotadas desde La Habana.

—¿Cúales cosas?, por ejemplo.

—Pues estimar una falta de planificación la ubicación de esta fábrica en Caibarién, la cual consideró incorrecta. No debían haberla puesto aquí, dijo; que según él debían haberla puesto en Sagua la Grande porque los sagüeros eran los consumidores de bicicletas más grandes de Cuba.

—Yo pienso que no fue muy serio en eso, a veces su humor era sarcástico.

—Quién sabe, en Sagua pusieron la de bujías. En el orden particular me alegro que la de bicicletas fuera de nosotros.

Para Francisco aquellos ciclos eran muy bonitos y fuertes, «todavía anda más de uno rodando por ahí. El primer año fabricamos cinco mil debido a la insuficiente base técnica, pero llegamos a producir hasta 20 mil.

—¿Faltaban piezas de repuesto?

«La industria llevaba cantidad de piezas de importación, algunas no llegaron, o no se compraron, por lo que el Che consideró hacerlas luego en Cuba, en colaboración con otras fábricas que ya se iban inaugurando, y como él mismo dijo, poder desarrollar nuestra industria mecánica de acuerdo con las necesidades del país».

(Foto: cortesía de Telecentro Caibarién).

A Francisco le gusta lo que hace, y su compromiso con el Che lo ha mantenido apegado a la fábrica, la cual  considera su «vida y primera casa».

Con medio centenar innovaciones e inventivas Francisco es considerado un verdadero galeno de máquinas y herramientas, muchas de ellas en plena activad, gracias al «cariño que les tengo y lo mucho que las conozco, porque son como mis brazos y mis piernas, una prolongación de mis manos, parte de mi corazón y de mi cerebro, aun cuando pueda tener alguna que otra insatisfacción».

—Francisco, en varias ocasiones ha expresado que si el Che viviera «esto», que si el Che viviera «aquello», pero no concluye la idea, ¿por qué?

—Bueno, a veces me pongo a especular sobre el asunto, y creo que de haber vivido en estos tiempos, el Che nos hubiera criticado y sancionado por muchas barbaridades cometidas, llámense improvisación, despilfarro, chapucería. Pero también pienso que el Che no ha muerto, que vive en mucho de nosotros y en fábricas cómo la nuestra, que no se han rendido, que han sabido capear el temporal, como se dice, y salir adelante.

«Hoy andamos caminos más objetivos, aunque no menos difíciles por lo complicado de la economía mundial, y otras cuestiones que dependen de nosotros. Pero si trabajamos, bien y con la productividad, calidad y exigencia que él Che requería, las cosas serían mejor.

—¿Cuál sería su mejor homenaje al Che en el 45 aniversario de su muerte?

—El que no he dejado de hacerle ni un solo día porque me he formado en sus principios de responsabilidad y disposición al trabajo, no creo en otra manera sentirlo vivo, de verdad.