Benedetti, compañero y amigo

Mario Benedetti, el escritor uruguayo, o mejor dicho, nuestro americano, a quien celebramos su centenario este 14 de septiembre

Mario Benedetti y Fidel Castro
Fidel impone a Benedetti la Orden Félix Varela de Primer Grado, en 1982. (Foto: Jorge Oller/Granma)
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Nadie, salvo algún que otro minado por los virus de la envidia y la mediocridad, pone en duda la estatura poética ni el calado de la narrativa (La tregua, Montevideanos y Gracias por el fuego, entre otros títulos) ni la brillantez de los ensayos de Mario Benedetti, el escritor uruguayo, o mejor dicho, nuestro americano, a quien celebramos este 14 de septiembre.

Ahora mismo en España lectores muy jóvenes son los primeros en apurar las páginas de la antología poética preparada, para coincidir con el centenario del autor, por Joan Manuel Serrat. El cantautor introdujo la labor con palabras que vale la pena citar: «No es fácil escoger lo más representativo entre la extensa obra de Benedetti, pero confío en que en esta antología estén representados todos los Benedetti que Mario cargaba en su mochila, el oficinista rutinario, el montevideano de clase media, el periodista comprometido, el viajero curioso, el militante de la patria doméstica, el exiliado, el desexiliado y también el luchador político, y, por supuesto, el poeta minucioso y trabajador que nunca dejó de ser…».

Denominador común de tan múltiples faenas es una palabra que el catalán subraya: compromiso. A la que añadiría otra: consecuencia. Aquí diríamos que Mario nunca se despintó. Ni en las buenas ni en las malas. Algo sabido por quienes en Cuba lo tuvimos como uno más en los años de trabajar en la Casa de las Américas. Sus compañeros en la institución lo recuerdan y atesoran valiosas vivencias de su cercanía a la fundadora Haydée y de sus contribuciones a las investigaciones literarias. Y más allá a la formación de jóvenes escritores en los albores de los años 70, como podrían atestiguar y agradecer Víctor Rodríguez Núñez, Alex Fleites, Norberto Codina, Abilio Estévez, Jesús Barquet y unos cuantos más entre los que acudíamos al taller literario Roque Dalton, en la colina universitaria.

Era el hombre sencillo, generoso, cordial, integrado a los avatares de una Revolución siempre asediada pero resistente, y a la vez el poeta y militante que padecía en su interior los horrores de la dictadura que por entonces asolaba a Uruguay, condición que reveló en uno de los textos de la serie Cotidianas: «Desde el octavo piso de mi tercer exilio veo el mar excesivo que me prestan,  pienso en la solidaria terrible dulzura de este pueblo que sabe arrimar sus amparos sin pedir cuentas (...) y ellos golpeando ciegos sordos mudos en cráneos y praderas y carátulas en cojones y úteros o sea procurando destrozar el futuro en cada tallo».

Cuando Fidel cumplió 80 años, envió un mensaje de felicitación y reconocimiento a un líder en quien apreció «la sencillez de sus planteos (…), la franqueza de que hacía gala ante nuestras objeciones y su infranqueable voluntad de defender y mejorar el nivel de su pueblo», afirmó: «He pasado en Cuba varios periodos: la primera vez como invitado y luego varias más como exiliado. Desde su estallido, la Revolución Cubana fue una gran sacudida para nuestra América. En el Río de la Plata, los sectores culturales habían atendido primordialmente a Europa, pero la Revolución nos hizo mirar a América Latina. No solo para interiorizarnos de los problemas del subcontinente sino también para aquilatar el poder y la presión de los Estados Unidos».

¿Cómo entendió el escritor el compromiso? Creación, deber cívico y pasión revolucionaria. Apuesta por la emancipación de su patria, que comenzaba en Uruguay y prolongaba en otras tierras del continente y otros pueblos del mundo.

En 1987 reunió en el volumen  El escritor latinoamericano y la revolución posible reflexiones sobre las que convendría volver una y otra vez por su vigencia. Permanece intacto el llamado a asumir un compromiso que «no debe ser un quiste mental, sino una capacidad en desarrollo, una forma de vitalidad, que oiga, comprenda e interprete la quemante realidad contemporánea, y no se instale cómodamente en un estado de pureza, sobre todo, verbal, desde el cual dicte normas, formule exigencias, juzgue conductas y dictamine cómo deben ser las revoluciones y hacia dónde deben dirigirse». Ejercicio de humildad y vocación participativa que siempre deberíamos tener en cuenta.

Como también esta otra lección que nos legó en una carta enviada al crítico Ángel Rama desde La Habana, en la que discurre sobre el impacto de la Revolución en los seres humanos: «Para el individuo es un entrenamiento pavoroso, que lo mantiene alerta aunque no quiera, y que en el fondo lo va capacitando para decisiones rápidas, para cambios profundos, para planteos originales. Uno mismo no puede evitar la oscilación temperamental entre el pesimismo y el optimismo, pero cada vez que vuelve a este último, uno se siente más en su casa».

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