Las Parrandas como el remedio existencial de todo un pueblo

A la altura del año 2021, cuando no se celebrarán, estas ceremonias paganas se mantienen vivas en el imaginario, creando una cultura resiliente que las enriquece, las hace más diversas, amplias en su abanico estético.

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Cuando las Parrandas de Remedios se nombraron Patrimonio de la Humanidad, varios fueron los valores reconocidos por las instancias internacionales, pero la capacidad de resistir y reajustarse al paso del tiempo es, sin duda, el secreto de la sobrevida de una fiesta que va más allá del jolgorio de un pueblo, pues entraña una de las tantas manifestaciones de lo cubano en el alma de la nación.

A la altura del año 2021, cuando no se celebrarán, estas ceremonias paganas se mantienen vivas en el imaginario, creando una cultura resiliente que las enriquece, las hace más diversas, amplias en su abanico estético. Así ha sido en el pasado, cuando tantas veces los remedianos debieron levantar su tradición contra viento y marea.

En 1899, por iniciativa del folclorista español radicado en Remedios, Don Facundo Ramos y Ramos, se realizó una distribución más equitativa de la demarcación. (Foto: Museo de las Parrandas)

La guerra de 1895 provocó que entre 1896 y 1898 no se realizaran parrandas, las cuales desde aproximadamente 1820 venían sucediéndose sin interrupciones. Los barrios ya se habían agrupado en dos grandes bandos, El Carmen y San Salvador, a partir de una frontera imaginaria trazada en el centro de la ciudad. Los elementos competitivos estaban formados y funcionaban como leitmotiv en las distintas entradas de los parranderos a la plaza: la hora de los trabajos, la salida de las carrozas, el recorrido de triunfo con los faroles.

El cese de la guerra, en la cual participaron grandes parranderos como el propio General Francisco Carrillo (ilustre sansarí), hizo que para 1899 volvieran las fiestas con más ímpetu y que la prensa local se hiciese eco de grandes convocatorias de pueblo a los bailes, los coros realizados en torno a la plaza, los juegos y demás atracciones que conformaban el entramado festivo. Una nueva era surgía y las parrandas siempre reflejaron los tiempos: un trabajo de plaza de San Salvador, llamado Viva Cuba Libre, representaba el fin del yugo colonial y tenía como descubrimiento a una muchacha que encarnó a la Patria. Carlos Roloff le hizo guardia de honor al monumento, cuya imagen aún resplandece en la memoria popular.

Como fenómeno de la cultura de masas, las Parrandas siempre fueron caras en su producción. Por ello, las crisis económicas las afectan, por ejemplo otro momento en que no hubo fiestas fue en 1932. Ya en medio del desastre del machadato, Cuba vivía inestabilidad política, huelgas. Remedios no fue la excepción. La villa no pudo costear la hechura de las piezas para la plaza y los simpatizantes colocaron, en son de protesta, una mata de plátano en el lado de San Salvador y una de naranja por El Carmen. «Algo había que hacer», se cuenta que fue la frase de uno de los que participó en aquel gesto. Eran momentos durante los cuales los festejos se hacían mediante colectas públicas en bailes o a través de incursiones por las calles remedianas con un repique de tambor y gangarrias y una latica a manera de alcancía.

A cada uno de los que colaboraban, se le daba un bono con un gallo o un gavilán según fuese su barrio y ello era motivo de orgullo. En 1933, si bien el país seguía convulso, los remedianos volvieron a sus celebraciones, que se recuerdan como una de las mejores del siglo pasado no solo por la belleza de las piezas expuestas, sino por el uso de pirotecnia.

Durante la república, las fiestas dependieron exclusivamente del pueblo, con algún que otro apoyo del ayuntamiento local. No había una estructura a nivel de país que reconociera el aporte de estos sucesos a la cultura. Sin embargo, ya personalidades como Fernando Ortiz y Emilio Roig de Leuschering, a su paso por la ciudad, reconocieron la valía de las Parrandas. Incluso en un artículo publicado en la revista Carteles por aquellos años, Roig se refería al turismo y la necesidad de imbricarlo con las fiestas remedianas, pues observó cómo los establecimientos comerciales prosperaban durante los días de jolgorio. En ese año de 1933, Guillermo Duyos hizo, para San Salvador, el trabajo de plaza «Tras el Kremlin surge un nuevo sol», de temática revolucionaria, a propósito de la efervescencia que vivía el movimiento socialista y obrero en Cuba y el mundo.

A la altura de 1958, Remedios se hallaba sitiado por las fuerzas rebeldes, las cuales entrarían de un momento a otro. Minutos de tensión política se vivían en la urbe. Quienes lo recuerdan, hablan de la cara asustada de los guardias de la tiranía de Batista. A nadie se le ocurrió sacar un farol a la calle o una banderola, por el peligro de los disparos. El 26 de diciembre, las tropas de Ernesto Guevara liberaron la villa y tomaron los principales edificios del gobierno.

Un nuevo comienzo quedó marcado por las fiestas de 1959, famosas por el trabajo de plaza «El Arbolito» de San Salvador, que pasara a la historia por su juego de luces, movimiento y diseño. (Foto del autor)

Un nuevo comienzo quedó marcado por las fiestas de 1959, famosas por el trabajo de plaza «El Arbolito» de San Salvador, que pasara a la historia por su juego de luces, movimiento y diseño. Fue la primera pieza parrandera que se expuso en La Habana, durante el intercambio cubano-soviético. El monumento estuvo varios meses en el Paseo del Prado, lo cual aumentó su celebridad.

Eran tiempos de cambio y la fecha de las Parrandas pasó al verano, acercándolo al 26 de julio. Así, en 1969 y debido a la Zafra de los 10 millones, no se celebraron las Parrandas, pues el país estaba inmerso en el colosal esfuerzo. Ello llevó, una vez más, a que en 1970 la efervescencia fuera mayor, con la característica de que dicho año se produce el ingreso de la monumentalidad a las fiestas, con trabajos de plaza gigantescos, así como carrozas más largas y altas.

Los temas de las piezas se fueron refinando, volviéndose cada vez más sofisticados, al punto de la fidelidad histórica. En cuanto a los fuegos artificiales, se recuerda dicho año como uno de los más prolíficos. A partir de entonces, el tamaño va a ocupar un sitio preponderante en la hechura de los elementos artísticos, además de que se hace patente el apoyo estatal decisivo, lo cual se traduce luego en la creación de infraestructuras como naves de trabajo para alojar toda la maquinaria artesanal y la técnica que se iba perfeccionando.

Tras ese periodo fecundo, en el cual se recuerdan las obras de grandes maestros, Cuba sufre la crisis del Periodo Especial y ello conlleva a la parálisis de las Parrandas entre 1991 y 1992. Un movimiento genuino y respetuoso de remedianos preocupados por su historia y tradiciones, se fomentó en la ciudad. El Museo de las Parrandas atesora cartas dirigidas a los despachos de Armando Hart y Abel Prieto, con las peticiones de que la villa pudiese retornar a sus andanzas de antaño. En ese torbellino participó muy activamente Rafael Farto Muñiz, Historiador de Remedios, uno de los fundadores del Museo de las Parrandas en 1980.

Así, en 1993 se produjo todo un brote de creatividad que duraría varios años, en los cuales se innovó a través de estructuras atrevidas en los trabajos de plaza, como fue el caso de «Génesis» en El Carmen. La sostenida crisis económica, sin embargo, trajo consigo que a la altura de 1997 se extinguiera la tridimensionalidad de los trabajos y solo se hicieran piezas lumínicas frontales. No era posible seguir costeando el lujo y el fasto con que las fiestas volvieron a la palestra pública, pero se logró que retornasen. La fecha original, el 24 de diciembre, se restaura, así como el vínculo histórico y sacro que originalmente tuvo este hecho de la cultura.

Las Parrandas cerraron el milenio con una festividad de las más grandes que se conozcan. Dos trabajos inmensos, «Adagio» por San Salvador y «Ecología» por El Carmen, alcanzaban más allá de los 100 pies de altura. Asediadas por la lluvia, las celebraciones se postergaron hasta el 28 de diciembre. De ese año 2000 se recuerda, además, el rescate de los llamados entierros, o sea ceremonias simbólicas hechas en días posteriores a las Parrandas, en las cuales cada barrio le realiza un sepelio a su contrario.

«El Arbolito» fue la primera pieza parrandera que se expuso en La Habana, durante el intercambio cubano-soviético y estuvo varios meses en el Paseo del Prado, lo cual aumentó su celebridad. (Foto del autor)

En el siglo XXI, las complejidades del país siguieron marcando la existencia de este fenómeno, así a la altura del año 2016 y por el fallecimiento del líder de la Revolución Fidel Castro, el pueblo y su gobierno decidieron no realizar la fiesta en diciembre, sino en enero del 2017, lo cual marcó que dicho año se hicieran dos Parrandas. Curioso caso, para un suceso cultural que no solo se adapta a las condiciones, sino que asume la historia con responsabilidad y sabe sopesar la magnitud de los hechos más trascendentes.

Las Parrandas son la suma simbólica y real de la resistencia de toda una cultura, de una identidad, la remediana. Erick González, especialista del Museo de las Parrandas, prefiere hablar de las crisis como oportunidades creativas, en las cuales el imaginario ha tomado mayor fuerza, debido a la contención y también al amor hacia las tradiciones por parte de la gente.

En el año 2020 no se hicieron las tradicionales piezas de lujo, ni se lanzaron fuegos artificiales; sin embargo, hay que decir que ambos barrios supieron dar lo mejor de sí en el orden del vestuario, del recuerdo a su memoria histórica. Se cumplía el 200 aniversario y nadie quería pasarlo por alto. En medio de aquel jolgorio, de esa noche mágica que homenajeó a tantos grandes del pueblo, la dama de honor fue una vez más nuestra cultura cubana.

La pandemia no pudo silenciar a Remedios, la villa que ha vencido tantos otros demonios y enfermedades reales e imaginarias. Esta pelea, a la que ya se refirió Fernando Ortiz, es de todos los que aman y sueñan, de los que imaginan la luz de los trabajos de plaza en medio de la oscuridad, de aquellos que colocan en la carroza o junto al fuego sus anhelos personales. Las Parrandas son existencialmente imprescindibles para esta ciudad, y el mundo lo sabe.

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