Kamikazes de la Buena Fe

Una crónica a propósito del concierto de este 11 de abril en Villa Clara.

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No recuerdo exactamente qué fue lo que me llevó a escuchar por primera vez una canción de Buena Fe. Probablemente, en ese tiempo mis oídos no respetaban los innumerables solfeos, ni andaban convictos de los manifiestos de Euterpe.

Probablemente, nunca los creí devotos de mis sentimientos, de mis corazones rotos, de mi papel en blanco, de mis consignas. Probablemente, primero solo los haya despreciado. No sé.

Mi primer concierto me salvó de aquella indiferencia por acercarme a esa música que no era la pegá en los reproductores MP3, ni la bombardeada por los bafles de la discoteca, ni la anunciada en Colorama.

Mi primera foto. Mi primera intimidad con aquellas letras forasteras y piratas, ladronas de mi púber reflexión, mi primera «Intimidad», ocurrió en aquel pedazo de plataforma de mi Consejo Popular, donde apenas asistimos 200 personas…y sin dejar al tiempo parpadear comenzó mi viaje «del placer al priapismo».

Quizás por el solo hecho de haberlos dejado entrar, fue que me tildé de simple caminante, de mediocre agonizando en estado de coma, de Neanderthal. Como dictador de una psicología al día, multipliqué mi deseo de ser adicto de aquellas melodías orientales y descendientes de la gran obra de los gigantes desconocidos por mi peripatético universo musical.

Y fui preso de los celebérrimos cantos de Sindo, de Varela, de Nicola, de Silvio, de Pablito, de Feliú; pero para llegar ahí, tuve que hacerlo de la mano de Buena Fe.

Aún no sabía si una buena canción provenía de un poema o era un resultado prosístico del discurso. No sabía si una canción era un beso o una caricia o el filo de una daga. Apenas imaginaba cómo ser de un ser o que un corazonero garantizaría unir mis pedazos revueltos. Mis lemas dictaban lo que era, lo que Soy, «un ángel unicelular», un espermatozoide capaz de llegar con todas mis angustias y fecundar la realidad que impera en mis calles.

Crecí cargando un arsenal de propuestas musicales, la música cavó en mi sien y se sentó para siempre en mi silla turca. La música comenzó a reflejar mis incomodidades, mis buenos viajes, mi intimidad, mis axiomas de vida: «nunca digas nunca». La música eliminó los fantasmas, las dudas, la parsimoniosa cautela sobre el futuro, sobre las puertas abiertas. La música tiene ese poder, puede ser inicio de caminos o fin de fiesta.

El eco de las plazas traía a mi vida los presagios formadores de mi ideología. Encontré la historia, el respeto por mis héroes, el amor por mi bandera, la muralla abierta para preguntar quién es, encontré las premoniciones socioculturales de un país, encontré la fuerza necesaria para dar más y agradecí por el fuego que prendía en mis ganas juveniles.

Mis decisiones comenzaron a usar lentes ajustados a la graduación de mi cosmovisión del mundo. A veces, incluso, necesité de un catalejo para observar más allá de las nubes. Por primera vez aprendí a andar en cueros, a sentir lástima por mis cercanos, a entender que cada país es distinto y que el mío no podía ser esclavo de ninguno. Y mientras decidía cuál era mi aire pasé todos los viernes, sábados y domingos tratando de adivinar cómo fuera el mundo «si no hubiese que sacarle presión a la caldera».

Vi a Buena Fe crecer en la voz de mis amigos, en el silencio de mis noches melódicas, en la humildad de sus gestos, los vi comenzando por Guantánamo, otro día por Pinar del Río. Los vi reflejar, como un espejismo, la realidad sobre la que caminábamos. Los vi afanados, contentos de convertir en realidades sus sueños simples. Los vi junto a Frank, rindiendo honores a la trova, a su «otra orilla», a su «trovatur»…Los vi convertidos en cubañolitos, en extremistas nobles, en pescadores de sonrisas. Los vi lanzando hacia afuera los prejuicios y miedos que no nos dejan soñar en azul.

Buena Fe se convirtió en mi constante de preuniversitario, en el Pi que abría mi diapasón de libertades.

Ahora, lo siento más que nunca. No fue casualidad encontrarme con Buena Fe. Buena Fe se adueñó de mi destino. Ancló la cumbre de sus manifiestos en mi dial, me advirtió mediante un ojeo sobre la absorción del homo sapiens por la tecnología. Botó a matar todos los males, los infortunios y trajo un barco lleno de esperanzas de proa a popa.

Buena Fe se convirtió en 16 años de carrera artística, en la música que más ha influenciado la cotidianidad de los jóvenes cubanos, de los que se saben deudores de la Patria, de los que ven los errores y buscan soluciones, de los que se sienten agradecidos del tiempo, de los de aquí y de ahora.

No sé si mañana las nuevas generaciones crezcan escuchándolos. No sé si persistan en el tiempo; pero seguiré creyendo en ellos, seguiré creyendo que me transforman y me hacen crecer.

Seguiré escuchándolos, hambriento de nuevas pistas, de nuevos conciertos, de nuevos encuentros, de nuevos diálogos, de nuevos abrazos. Y aunque continúo distante de todos los fieles hipercultivados hijos de la élite musical, creo que podré seguir sintiendo en la desesperación de mis poros erizados, la sencillez y la imperfección de los bienaventurados kamikazes de la Buena Fe.

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