Contigo pero sin ti

Me empino para merecerte dentro y fuera de estas páginas. Te extraño, te necesito, te siento.

Fidel Castro Ruz, foto Juvenal Balán.
(Foto: Juvenal Balán)
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Te me fuiste en un parpadear del tiempo, en una fracción de segundo que me dejó inquieta a media noche. Quedé con el alma tronchada y el amor a flor de labios. Quería atraparte sobre el papel, hacerte poema o canción para no dejarte ir.

Me vi en retrospectiva recolectando cada matiz, cada detalle apenas perceptible, cada deseo contenido en tantos años de verte olivo, fuerte, sabio, barbudo y humano. ¿Como si pudiera apresarte para mí en un abrazo del alma? ¿Como si no pertenecieras a todos aquellos que llevan bajo el brazo la tarea titánica de sanear el mundo? ¿Como si no te quedaras en el coro de los inconformes, de los críticos y edificadores que linchan con su ejemplo a ruines y granujas?

Mas no podía perderte. Te busqué en el pueblo, en los niños, en las pañoletas azules, en las nubes y en los libros. En las flores y los pechos revolucionarios, en los jóvenes y sus pasiones, en la trova y la vigilia, en el grito ahogado y el saludo póstumo.

Te encontré corpóreo en las manos que techan futuro y se crecen ante el desastre. Te vi hecho fuerza y sudor en un pueblo de pescadores; simple e inmortal, desterrando la congoja y la desolación, haciéndote voluntad y  esperanza, fe y optimismo.

Te descubrí en un quirófano, en un surco, en la industria y a pie de obra, con ese ímpetu eterno de redescubrirte y entregarte a toda una isla; con la fuerza de quien lleva consigo la bondad del universo y se hace altruismo a cada paso.

Te sentí hecho conocimiento y espiritualidad, lágrima y consuelo, charla de universitario y poema infantil; desvelo femenino que asalta los sueños en busca de tu figura gallarda, varonil, intensa.

Te lloré en silencio, acurrucada en la almohada. Sufrí la pérdida colectiva de un líder, de un amigo sagrado. Me declaré libre de límites imaginarios para abrigarte y atrapé bocanadas de fidelismo que se esparcían al viento.

Coseché afanes e inspiraciones y te esperé en la Plaza. Codo con codo, sopesando divergencias, el pueblo ávido de ti, se hizo comandante y cabalgó contigo. El Che, a mis espaldas, invocaba, en un lenguaje secreto de almas imantadas en el camino de ser ara y patrón ético, de predicar con el ejemplo y desterrar lo imposible.

Huésped inoportuno de la muerte, honorable y soñado te presentaste. Santa Clara lloró. La fe se propagó en insondables susurros, y en instantes de intimidad atrapé fragmentos, flashazos para saberte eterno.

Temí a la soledad y me cuestioné el futuro. Repasé los principios y dogmas que me encadenaban a ti y me supe fiel, austera, militante de tus filas en tiempos de blasfemias, transgresiones morales y ánforas vacías. Supe que estarías siempre para mitigar injusticias y ayudar a sortear cumbres borrascosas.

Te percibí seguro e inmaculado, a salvo de olvidos y traiciones, hecho  valentía, gloria, optimismo, multitud. Mío, nuestro, no necesitabas culto, pues solo te despojabas de carne y hueso, monolítico caguairán.

Hoy busco que estas letras amanezcan en almas imprevistas, en corazones que también sienten tu ausencia física. Procurando tu orgullo te llevo en verbo y sustantivo, en la pluma flagelante y conciliadora. Me empino para merecerte dentro y fuera de estas páginas. Te extraño, te necesito, te siento. Un año ha pasado, contigo… pero sin ti.

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