El esplendor de Martí

La caída en combate del Apóstol cubano, hace 124 años, desde la mirada de observadores del trágico suceso.

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Ilustración sobre José Martí.Al tocar la costa oriental de Playitas de Cajobabo, aquella noche oscura de abril de 1895, el general en jefe Máximo Gómez narró en el Diario de campaña (1940) que sus acompañantes abrieron la marcha loma arriba, y «caminamos a puros esfuerzos». En su relato indica que «Nos admiramos, los viejos guerreros acostumbrados a  estas rudezas, de la resistencia de Martí —que nos acompaña sin flojeras de ninguna especie, por estas escarpadísimas montañas». Lógico, era el paso firme del ideólogo del Partido Revolucionario Cubano, el trazador de objetivos y medios para establecer la República soñada.

Vendrían después los primeros encuentros con las fuerzas insurrectas, y La Mejorana, o las discrepancias con Maceo. Decidió Martí continuar al lado de Gómez. De aquella acalorada discusión apenas quedó rastro. Los guerreros, con machete y revólver en mano, venían a conquistar la independencia.

Era el sueño para «fundar la patria [...] cordial y sagaz», tal como dijo Martí. A pesar de todos los entuertos, hay siempre en él los tiempos de júbilo que se describen en Héroes del destierro. La emigración (1904), según el reverendo Manuel Deulofeu Lleonart. Desde Estados Unidos, en especial el sur de la Florida, y las repúblicas latinoamericanas, Martí prepara la guerra necesaria o las labores de espionaje frente a los servicios de inteligencia españoles e incluso norteamericanos. En todo instante hace un llamado a la unión y a la urgencia de recaudar fondos monetarios que garanticen la táctica y estrategia de la revolución que se fomenta y propaga.

 En febrero del año del desembarco, cuando en zonas orientales ya se baten los mambises, recuerda: «Estamos haciendo obra universal», criterio que entronca con lo expuesto a su amigo Manuel Mercado, en la víspera de la tragedia de Dos Ríos.

 Habla entonces: «Estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos, y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América». Es el fundamento de una testamentaria política.

De aquellos días, en Mis primeros treinta años (1943), evocaciones de la guerra de independencia del general Manuel Piedra Martel, el cifuentense señala: «Pronto vamos a reunirnos con Martí y Máximo Gómez», según el texto que leyó en La Gloria el general Bartolomé Masó. Después aparece la descripción de Martí, visto por vez primera aquel 18 de abril, cuando oscureciendo llegaron a La Bija, el campamento insurrecto. Desde ese lugar, «en las primeras horas de la siguiente mañana nos trasladamos a un potrero próximo, llamado Vuelta Grande. No fue sino hasta aquella mañana que, no habiendo tenido antes ocasión de acercármele y verle a plena luz, pude yo examinar la fisonomía de Martí. La última noche había sido oscura y el bohío aquel de La Bija sólo estaba alumbrado por la llama de una vela de cera que, fijada en un rincón del mismo, dejaba en confundible penumbra a todos los que allí nos cobijábamos».

Ilustración sobre José Martí.
Ilustración sobre José Martí.
Ilustración sobre José Martí.

Piedra Martel, quien después fue coronel ayudante de campo de Maceo, y testigo de excepción, con prosa suelta añadió que «Martí hablaba mucho y de prisa, como quien necesita expresar muchas ideas en poco tiempo. Y no se estaba quieto un segundo. Tan pronto se ponía de pie como se sentaba, unas veces de cara a Masó, otras dándole su costado derecho, otras el izquierdo; ya acercaba el taburete, ya lo retiraba, y a ratos lo volvía con el espaldar hacia su interlocutor y se ponía a horcajadas frente a él. La mísera bujía, desde el ángulo en que ardía, le enviaba oblicuamente su mortecina luz, que, proyectando su silueta hacia el lado opuesto, la recortaba en la pared, dándole la apariencia de una figura cinemática».

Gómez anda de recorrido por zonas cercanas y llega a Vuelta Grande, y las «tropas, previamente formadas, prorrumpieron en entusiásticos vítores a Cuba, a Martí, al mismo Gómez, a Bartolomé Masó, a los demás generales presentes y a Antonio Maceo […], y por último habló Martí […] Nos exhortó a no esquivar tales sacrificios, porque "es preferible morir en defensa de la libertad que vivir privado de ella". Habló del espíritu de la Revolución: sus procedimientos —según él— debían ser humanos, y generosa su finalidad.

«La guerra que hacemos —dijo— es necesaria y justa, y nos la han impuesto el desprecio de los gobernantes españoles a las leyes biológicas y sociales, el desconocimiento de nuestros derechos y las ofensas a nuestra dignidad, y no pasiones malsanas e infecundas. No debemos derramar sangre que no sea preciso derramar. Al combatir, debemos pensar que el odio no es cimiento apropiado a levantar sólidamente una sociedad, y que la República que habremos de fundar necesita de la cooperación y del amor de todos para vivir ordenadamente y sin convulsiones».

Martí, afirmó Piedra Martel, «entró luego en consideraciones sobre lo que debía ser la República, poniendo de manifiesto sus geniales dotes de estadista. No quedó ningún aspecto de la vida nacional, tanto en el orden doméstico como en el exterior, que no analizara, dando preceptos de una sabiduría y previsión asombrosas en cada caso examinado. ¡Cuánto es de lamentar que aquella maravillosa pieza oratoria no hubiese sido escrita!».

Ilustración de Adalberto Linares sobre José Martí.
(Ilustración: Adalberto Linares)

Un mes después llegó el instante aciago en Dos Ríos. En «Cosas del día: La insurrección de Cuba», la revista La Ilustración Ibérica, de Barcelona, correspondiente al 1.o de junio de 1895, ofrece detalles en su carácter de semanario científico, literario y artístico: «22.—Recíbese el siguiente despacho oficial: Habana, 21.—A los ministros de la Guerra y Ultramar: “General Salcedo dice ayer combate con partida 700 hombres, entre Bijas y Dos Ríos, orilla derecha Contramaestre, con Martí, Gómez, Massó (sic) y Borrero, encontrados por columna coronel Sandoval. Combate duró una hora y media, siendo enemigo dispersado, muerto titulado presidente República José Martí, cuyo cadáver fué (sic) reconocido, á pesar empeño retirarlo enemigo, que tuvo, además, 14 muertos vistos, muchos heridos, cogiéndole armas, correspondencia Martí, once caballos útiles con monturas. Por nuestra parte, cinco muertos, siete heridos. Prisioneros aseguran que Gómez y Estrada son muertos y heridos, pero falta comprobación. —Arderius”».

Después el rotativo precisa otros elementos del combate. Falso fue la presencia de Estrada Palma, como también el apresamiento de Gómez. Sin embargo, cierta era la noticia, que de primer momento el despacho de prensa corroboró. Martí recibió tres disparos en el enfrentamiento con una columna española, y Ángel de la Guardia, su acompañante, quedó atrapado bajo el caballo herido, pero no pudo rescatar el cadáver de su jefe. Gómez, al conocer la noticia se lanza al campo, pero todo es imposible. El coronel español Ximénez de Sandoval conduce el cadáver de Martí para su reconocimiento médico y sepultura. Es el triunfo grande de sus huestes.

La revista La Ilustración Ibérica, correspondiente al 8 de junio de 1895, cita otros despachos de los últimos días del mes anterior, y expone: «27,—Un telegrama oficial de Cuba dice que la columna que condujo á (sic) Santiago el cadáver del Delegado del partido revolucionario cubano D. José Martí (q. e. p. d.), fué hostilizada por una partida de insurrectos, los cuales tuvieron 9 muertos, resultando por nuestra parte grave mente herido un teniente, y heridos de menos gravedad 5 soldados.

José Martí visto por la revista La Ilustración Ibérica, de Barcelona, en 1895.
José Martí visto por la revista La Ilustración Ibérica, de Barcelona, en 1895.

«28.—Ampliación de la anterior noticia. El cadáver del Sr. Martí, que quedó en poder de nuestras tropas en la sorpresa de que fué (sic) objeto la partida de Gómez junto á la desembocadura del Contramaestre en el Cauto, había sido enterrado en Remanganaguas, habiendo ordenado posteriormente el general Martínez de Campos su exhumación de aquel cementerio, para ser conducido á la antigua capital cubana. Así se hizo, siendo escoltados los restos por una compañía. El cadáver quedó expuesto en Santiago durante veinticuatro horas, al cabo de las cuales se le dio sepultura».

Gómez acotará en su Diario de… «¡Qué guerra esta! Pensaba yo por la noche; que al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del levantamiento!». Duros fueron los días de amargura para el general en jefe y las fuerzas insurrectas. Pero, la Revolución, desde la óptica de Martí por conquistar la independencia absoluta, siguió su curso arrollador.

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  • Dr. José Luis Aparicio Suárez

    Del Maestro aprendimos ayer, aprendemos hoy y continuaremos aprendiendo siempre. ¡Vivan la obra y el ejemplo de José Martí! De él sabemos que “Escribir lo justo es el único consuelo de escribir”.