Del voto, el sombrero y las urnas

Crónica de las elecciones en un poblado rural.

Sombreno campesino.
(Foto: Tomada de Internet)
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El cantillo del gallo sorprende a Darío despierto. La vaca ya está ordeñada y el carretón listo. Con las botijas llenas, Freida, su mujer, espera al acarreador en el portal.

Darío no puede detenerse, aunque el alba despunta normal, sus obligaciones este domingo van más allá de atender los animales, la siembra o «darle una vuelta a los viejos».

El productor camajuanense miembro del grupo «90 por 90», que nació en homenaje al decimonoveno onomástico del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y aglutina a campesinos destacados en su labor, debe votar por quien lo represente, por los más idóneos para darle voz y solución a los problemas del pueblo. Además, velará desde la mesa electoral por la transparencia de un proceso democrático que en las zonas rurales deviene júbilo y encuentro, fiesta de comunidad.

Pancha y Gudelia coinciden en la fila carnet en mano, y tras meses sin verse, el saludo cariñoso trae el recuento familiar. Aunque los pioneros y responsables del ejercicio electoral pudieron llegar hasta sus casas para evitarles el dolor de las piernas cansadas y casi inertes, ellas, octogenarias, prefieren votar directamente en las urnas como homenaje y tributo a una Revolución que les permitió «soñar, comer, trabajar, superarse», conocer las bondades de una isla que, a sus ojos, antes de 1959 no iba más allá de la cerca del patio o el platanal colindante.

Con el uniforme nuevo, más planchadito que nuca, Grethel y Greily, asumen una pose casi militar, se sienten responsables, dignas, premiadas ante la oportunidad de, con solo 12 años, custodiar el momento en que Villa Clara elige, decide, libre y voluntaria, sin timos ni amenazas, sin dictámenes comprados o mancillados.

Desde el portal de la escuelita primaria Julio Pino Machado, del Crucero de Carmita, devenida este 11 de marzo templo electoral, José Higuera comparte sus anécdotas de combatiente. Los crucereños lo escuchan, se deleitan ante las historias quijotescas de la lucha clandestina.

A Nieves la esperan el fogón y la lavadora, más sigue ahí, disfrutando del café que ya nadie recuerda quién trajo, conversando con los vecinos, riendo, especulando sobre las proyecciones de los futuros delegados de la Asamblea Provincial y diputados de la Asamblea Nacional.

Margaro se quita el sombrero para entrar al cubículo, dobla con cuidado las boletas y le dedica una mirada, un instante de silencio inmóvil, a la imagen de Fidel.

Y es que a los cubanos, ejercer el sufragio sin importar sexo, raza, filiación religiosa o nivel de ingreso los hace sentir protegidos, tomados en cuenta, valiosos constructores de una Cuba mejor.

A las seis de la tarde se conocerá el veredicto popular, y Darío volverá a casa. Disfrutando de un buen plato de yuca con mojo y viendo Palmas y Cañas, se sabrá útil y representado. 

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