Vanguardia

El calor que nos abraza

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Ilustración de Roland sobre el calor en verano
(Ilustración: Roland)

Desde que amanece la atmósfera tiende a ponerse como resistencia de hornilla eléctrica conectada al sol. El cielo puede notarse despejado. Pero a medida que van sumándose las horas, se agolpan los cúmulos y nimbus, y más atrás no puede faltar el aguacero de verano.

Y aquí está el calor sacándole a la gente el sudor a gota gorda. La temporada es la indicada para andar ligero de ropas: pulóver refrescante, sandalias y pantaleta, y coger la calle aunque el pavimento reverbere. Nadie escapa de la canícula que está a pululu. Y no dudo que en cualquier momento formaremos colas para coger las sombritas de los portales y aleros. 

Aquellos caminantes de boulevard, sin tener a mano un paraguas, pueden soltar el pellejo cuando, a las doce del día, el sol se dispara sin contemplaciones.

El ambiente está seco y los hoyos que una vez fueron charquitos reúnen a las ranas croando por patalear un poco de humedad.

El calor es irresistible, al extremo de que las vacas dan la leche hervida. El rocío matutino es vapor en el vértice de las hojas, los rieles del ferrocarril pueden derretir sus tornillos y abrazados fundirse en amasijo, el sudor puede recolectarse como medio básico, pero todo el mundo sale de sus casas detrás de un hálito de frescor, si es que aparece.

Es nuestro verano y le damos la bienvenida. Ya en este mes de julio empiezan las fiestas populares y el aniversario de nuestra ciudad. Entonces tendremos la oportunidad de refrescar a gusto con varias cervecitas para que se nos evapore el dinero.