Vanguardia

¡Qué bola!

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(Foto: Tomada de Internet)

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Fui a Coppelia y me tomé
una bola de vainilla
con un pan con mantequilla
que en mi cartera llevé.
Luego disfruté un café
y cuando doblé la esquina
sentí la primera espina,
no sé lo que me pasó.
¡Esto no lo aguanto yo!
¡Qué bola tan asesina!

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Me sentí recuperada
y entré en la librería,
cuando mejor me creía
estaba desbaratada.
Fue la segunda punzada
que llegaba de imprudente.
Con el esófago ardiente
tomé aire y me calmé.
¡Caballeros! ¿qué yo haré?,
tengo que perderme urgente.

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Bajé hasta la calle Unión
con el ánimo cortado
y pensando en el helado.
Al tercer retorcijón
cada tripa de un tirón
parecía que saltaba.
El buche se me crispaba,
en eso pasó Mateo:
—Mi amiga, qué bien te veo,
y le dije: ¡Aquí, encantada!

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Emprendí la retirada,
y con tremenda carrera
llegué hasta la Carretera
de Camajuaní nombrada.
Al fin me sentí salvada
cuando entré al campo sport.
Me bajé el botón del short
y eso fue una maravilla,
en la primera cuclilla
me despedí del dolor.