Sin vuelto y con garras

¿Cuántas veces hemos escuchado en tiendas, merenderos, mercados  u otros puntos de venta que «no tienen vuelto» y la evacuación de nuestras necesidades se limita a comprar y dejar una propina forzada o regresar a casa con las manos vacías?

Claudia Yera Jaime
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De niños, en la escuela primaria, aprendemos las subdivisiones de los billetes o monedas, y sus valores correspondientes. ¡Qué lúcidos nos sentimos cuando llegamos a casa y le explicamos a la abuela que un billete de diez lo podemos dividir en dos de cinco y estos en varios de a uno; que llegan a convertirse en pesetas, centavos y kilos!

Irremediablemente, ese, nuestro primer descubrimiento en materia económica trae consigo una petición: la alcancía, pieza tradicional alfarera que guarda nuestros esfuerzos infantes al almacenar el vuelto proveniente de algún mandado o la compra del pan. «Cirilo a contar los kilos», rezan los mayores.

Mas cuando pasan los años y la edad y las obligaciones nos hacen repasar preocupados lo que tenemos en el bolsillo y actuar como agentes que consumen, ahorran, invierten y ofrecen servicios de trabajo remunerados; ese sobrante de capital producto de alguna compra se valora aún más y deviene motivo de ahorro para el cliente y franca evaluación moral de quien actúa detrás de la caja registradora, el volante de un vehículo o protagoniza cualquier otro acto de transacción.

¿Cuántas veces hemos escuchado en tiendas, merenderos, mercados  u otros puntos de venta que «no tienen vuelto» y la evacuación de nuestras necesidades se limita a comprar y dejar una propina forzada o regresar a casa con las manos vacías?

¿En cuántas ocasiones han insultado su inteligencia devolviéndole menos dinero de lo que toca? Usted en un determinado momento no se da cuenta, en otro se hace cómplice de la pequeña estafa o exige su vuelto a expensas de ser tildado de «tacaño»; es en ese momento cuando la muchacha que vende se disculpa diciendo: «no soy muy buena en matemáticas», y al parecer tampoco asimilando el número que devela la calculadora.

¿Le ha pasado que monta a un ómnibus Yutong o urbano y si paga con un billete de cinco o de tres, raramente le devuelven cambio? Al margen de los que estipula la pequeña pizarra de precios, casi imperceptible sobre la ventanilla del chofer, la ley de oferta y demanda ha invadido, ilegal, el transporte estatal y en muchas ocasiones se impone «dar esos pesitos de más si queremos irnos». Los choferes lo imputan y quienes sufrimos largas esperas al sol para llegar al trabajo, el hospital, la escuela o regresar a casa en el menor tiempo posible; lo acatamos en franco menoscabo de nuestros derechos.

Contar con una base monetaria diversificada que le permita cambiar dinero con precisión y rapidez; constituye un deber de los centros comerciales o de prestación de servicios, que demanden una transacción financiera entre quien ofrece y recibe las prestaciones.

Si bien los choferes esgrimen que en las guaguas el dinero va hacia la alcancía y ellos no tienen por qué tener cambio; quienes están en un eslabón superior en la cadena de mando deberían apostar por entregar un fondo que les facilite desarrollarse mejor.

Desgraciadamente el fenómeno pende más de las mezquindades individuales que de las voluntades de organismos o instituciones. La propina bien merecida constituye un agradecimiento que el cubano profesa ampliamente pese a sus vicisitudes económicas, pero los hurtos disimulados de desconocimiento o impuestos por «la ley de la calle» tajan esas muestras de cortesía.

Al cubano promedio no le queda de otra que hacer malabares con su salario y «escurrir los kilitos», y muchas veces ese vuelto que le pertenece ya está destinado al transporte del día siguiente o a la compra de parte de la merienda.

No escapan de la crítica quienes pretenden pagar la tarifa de un ómnibus local con un billete de cien pesos o comprar un café con uno de cincuenta. En este entramado socioeconómico no podemos aplicar la receta «el hombre es lobo del hombre» sino que nuestros valores y civilidad deben vencer a las garras.

Se han publicado 4 comentarios

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  • Issel

    No puedo pensar como un chofer en el momento de montar en una guagua, pero creo que si estuviese desempeñando esa labor en el momento que estoy recibiendo la población para cobrarle el pasaje de la guagua, entre el tiempo que se emplea en tener que dar vuelto a una persona, que a lo mejor , serian varias y la salida en tiempo de la guagua, es engorroso tener que estar dando vuelto. Son un peblo de gente para un chofer, lo veria como una desconsideración. Si las personas saben que tiene que viajar, lo mas logico es que se preparen, busquen su menudo, sus pesos sueltos, etc. Ayudan al chofer, al tiempo de otras personas que quieren llegar en tiempo a los lugares y es bienestar de todos

  • yovc

    de acuerdo con ud. le echan la culpa al chofer, pero es que este no esta para dar el vuentos incluso de 10 pesos, eso atrasa, los que vamos a coger guagua tenemos que ir preparados y seria mas facil para todos

  • Miguel Angel

    Es una obligacion del cliente pagar por el servicio recibido o por recibir, como mismo constituye una obligacion del prestador de servicio tener vuelto para todos los clientes

  • Rafael Perez

    Eso se termina si venden ticket o papeletas o como quieran llamarlo para pagar el precio del pasaje y se venden en diferentes lugares. Al no haber dinero nadie puede robar y nohay que dar vuelto. Aqui en houston en la guagua se puede pagar con tarjeta o con menudo. si eso lo extienden a todo lo que pueda ser se acaban la mayor►1a de losproblemas de robo y cambio...