Chabacanerías «infantiles»

En materia de lenguaje, los dibujos animados cubanos corren hoy dudosa suerte. Salvo escasos ejemplos, la mayoría se mueven entre la chabacanería y la dudosa dicción de los personajes. Tal vez por aquello de: «O no llegamos o nos pasamos».

Visto: 1996


En materia de lenguaje, los dibujos animados cubanos corren hoy dudosa suerte. Salvo escasos ejemplos, la mayoría se mueven entre la chabacanería y la dudosa dicción de los personajes. Tal vez por aquello de: «O no llegamos o nos pasamos».

Ha transcurrido buen tiempo desde el auge de los dibujos animados de Matojo, Los valientes, Guaso y Carburo, o La pregunta, aquel «muñe» en el que una pionera retrocedía en el tiempo y «ayudaba» a pintar «Abajo Machado» en la pared de un cuartel de policías. ¿Recuerdan?

chabacaneria-productos-audiovisuales-infantiles(Ilustración: Martirena)

Todos tenían un punto en común: la pronunciación incorrecta y la vulgaridad se atribuían a los personajes negativos. Las ratas, por ejemplo, enemigas de los protagonistas, hablaban de «consorte», «asere», «¡qué volá!».

Es posible que ahora muchos lectores rememoren las veces que repitieron, por burla o gracia, aquel parlamento de uno de los roedores de Los valientes, cuando lo apresaban: «Yo vine embacca'o, guaddia, me trajo ejte que es un antisocial».

También recuerdo un caso atípico en los muñequitos de esa época, empleado precisamente para criticar la simplona conducta de una abuela, que indujo a su nieta a cometer un error garrafal en un examen y escribir, por pronunciarlo así, Los «papaticos» de rosa.

Una mirada rápida a los animados de ahora sugiere cierto enviciamiento por ese recurso en la caracterización psicológica de los personajes. El lenguaje apenas distingue al bueno del malo, al niño del adulto.

No se trata de estigmatizar grupos sociales, pero los cortos animados cubanos siempre han seguido una concepción didáctica que defiende estilos y comportamientos para unos y otros. Sin embargo, al analizar facturas como Fernanda, las intenciones se pierden en una neblina lingüística de mal gusto y ramplonería.

Similar impresión causa Historia de las abejas, quizá con una nota más grotesca. En estos animados, el protagonista varón pronuncia ordinariamente, mientras la niña se le opone con un lenguaje pulidísimo, poco común incluso entre adultos. ¿Será este un reflejo verídico de la expresión en nuestros niños? Atinado, al menos, no.

Los adolescentes tampoco se excluyen en este estilo de realización. Basta recordar Pubertad, con sus personajes, personalidades y dialectos diversos.

El cubano no resulta ni tan vulgar ni tan exquisito en la comunicación oral. Y aunque es habitual escuchar por la calle la jerga del «qué volá mi herma», «voy pirando p'al gao», «qué fula», peca de ingenuo quien piense que todos la hacen suya.

Para un producto comunicativo destinado al público infantil, todo cuidado es poco. Tanto el diseño visual como el vestuario, rol y lenguaje de los personajes transmiten un mensaje a los infantes, siempre asido a patrones de conducta específicos.

Ni «Fernanda, mi socia», ni los adolescentes de Pubertad, ni siquiera Dora, la exploradora bilingüe, se acercan a las concepciones dramáticas e intenciones estéticas de unas décadas atrás. Rescatemos lo acertado, sin rozar en los extremos, y dejemos la chabacanería a la «rata inmunda».

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