¡Cuántas historias hemos escrito los cubanos desde el umbral del dolor! Con los hombros doblados y el alma encogida por las más feroces penas, sabemos que el alivio yace detrás de un muro coronado con alambres, cuyo límite se oculta más allá del alcance de los ojos.
Frente a la pared, los pacientes aquejados por la enfermedad de Parkinson sintieron prolongarse la rigidez muscular, los temblores y los espasmos, porque una línea aérea se negó a transportar la Carbidopa-levodopa hacia Cuba. Las parejas sometidas a tratamientos de reproducción asistida vieron de cerca la amenaza del aborto o el parto prematuro, cuando una compañía retrasó el envío de Progesterona 50 mg a la isla.
La misma muralla, que ataca en lugar de defender, priva a las personas sordas de las prótesis auditivas con más de un 10 % de componentes norteamericanos, prohíbe la entrada de donativos para limitados físico-motores e impide el acceso al equipamiento para desobstruir las arterias del corazón mediante procederes mínimamente invasivos.
La tapia se oscurece aún más con la angustia de familias en las que niños o adultos luchan contra el cáncer, privados de recursos para el diagnóstico temprano y el tratamiento efectivo. Usted, su vecino, una compañera de trabajo o un conocido saben y sufren anécdotas similares, porque ni el informe más detallado muestra toda la desesperación añejada durante casi seis décadas.
Como si semejante agresión confiriera un puesto en el libro Guinness de los récords mundiales, entre abril de 2019 y marzo de 2020, el daño económico ocasionado por el Gobierno de Estados Unidos a la mayor de las Antillas superó por primera vez los 5000 millones de dólares. Persecución financiera y comercial, intimidación extraterritorial, limitación de los suministros de combustible y campañas de descrédito hacia la colaboración médica cubana integran la fórmula obsoleta.
En los informes que presenta nuestro país cada año a la Asamblea General de Naciones Unidas para exigir el fin del bloqueo, constan las privaciones de tecnologías, materias primas, reactivos, medios de diagnóstico, medicamentos, dispositivos, equipos y piezas de repuesto imprescindibles en el sector de la Salud.
Lejos de tocar la vena humana de la administración de Donald Trump, la pandemia desatada en marzo de 2020 exacerbó el hostigamiento. Dos bancos suizos se negaron a transferir fondos procedentes de organizaciones solidarias de la nación helvética y una compañía se rehusó a transportar ventiladores pulmonares mecánicos, kits de diagnóstico, mascarillas y otros insumos médicos donados por China.
Una vez más la crisis desató la inventiva de científicos e innovadores, y la soberanía se manifestó en medicamentos y protocolos de atención reconocidos a nivel internacional por su efectividad, ventiladores mecánicos, tecnologías de diagnóstico, mascarillas sanitarias e hisopos para muestras de PCR con sello nacional.
En meses de tantas carencias, no escatimamos solidaridad: 56 brigadas médicas llegaron a 40 territorios para poner conocimientos y humanismo en función de la vida, sin reparar en ideologías, credos, formas de gobierno ni poder económico. Mientras Estados Unidos lanza acusaciones sobre la trata de personas, el mundo pide un Premio Nobel de la Paz para el contingente Henry Reeve.
Sobre el hito de cinco candidatos vacunales —dos de ellos, en la fase III de ensayos clínicos— queda poco por decir. Hasta el periódico español El País reconoció que «Cuba es el primer país de América latina que llega tan lejos en el desarrollo de una vacuna propia», aun cuando no recibió un centavo de los 2000 millones de dólares en ayudas internacionales destinados a tales investigaciones.
Al frente permanece el muro inamovible. Ha servido de balsa hacia el sueño americano, puente traicionero del acercamiento con condiciones y cama de tortura para los que se atreven a acompañarnos del lado de los justos; pero nunca será lápida para la dignidad de un pueblo. ¡Antes lo derribamos!