Cronología

Casi dos años después, aún sin contagios con la COVID-19 en mi familia, solo tengo palabras de gratitud para todo el que arriesga su vida día a día para que el resto permanezca sano.

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El Día de la Medicina Latinoamericana nos provoca remembranzas que involucran a uno o varios profesionales de la salud. Esta periodista recuerda estos casi dos años de confinamiento y solo puede agradecer a los héroes de batas blancas por su tranquilidad y aplomo en tan difíciles circunstancias. 

Mi primer acercamiento al nuevo coronavirus fue totalmente irrespetuoso. Aquel 11 de marzo en el que tres turistas italianos resultaron positivos a la COVID-19 parecía tan lejano a mi persona y a mi familia, que pasó desapercibido.

El 18 fallece el primer paciente italiano a causa de la enfermedad, y el gobierno cubano, días antes, había autorizado el arribo de 136 profesionales especializados en epidemiología, virología, terapia intensiva y clínica médica a Venezuela con el fin de brindar asesoría para un efectivo control de la enfermedad.

Para el día 20 se regula la entrada al país; aumentan las historias en los medios cubanos sobre miembros del contingente Henry Reeve; observo reportes internacionales con elevadas cifras de enfermos y fallecidos y, entonces, con una culpa inmensa por mi despreocupación, comienzo a inquietarme.

Ya en abril, el número de pruebas positivas de residentes cubanos estremecía; implanté un régimen absoluto de lavado de mano y cambio de ropa en la entrada de la casa y el doble nasobuco hacía ya estragos en mi capacidad para respirar y en mi olvidado acné juvenil.  

Sin embargo, hasta el momento, solo había sido espectadora de esta triste realidad. Enero de 2021 llegó a mí con un aislamiento obligatorio provocado por el contacto con un colega periodista positivo a la COVID e ingresado bajo tratamiento. La incertidumbre y el sentimiento de culpa por el posible contagio de mi familia me hicieron un manojo de nervios.

El tan esperado «negativo» sonó como una melodía en mis oídos. No obstante, los nervios habían desaparecido días antes con las noticias esperanzadoras que recibía de conocidos dados de alta en los hospitales y centros de aislamiento de la provincia.

Muchos padecían aún las secuelas de la enfermedad; otros los efectos adversos de la medicación; ninguno manifestó haber sufrido desatención del personal médico; todos me decían: «Gracias a Dios por el doctor/a».    

Cuando en junio me citaron para la vacunación con el candidato vacunal Abdala, no dudé un segundo en aceptar. En aquel entonces, muchos cuestionaban la efectividad del fármaco; yo solo pensé en el desvelo de tantos científicos y en sus esfuerzos ininterrumpidos para completar el ansiado antídoto.

Casi dos años después, más de 100 nasobucos lavados y relavados, aún sin contagios con la COVID-19 en mi familia, solo tengo palabras de gratitud para todo el que, en una labor u otra, arriesga su vida día a día para que el resto permanezca sano.

Mi diario de sucesos vinculados al SARS-CoV-2 cerró recientemente con muchas anotaciones. Espero que la cronología haya llegado a su fin.

Se han publicado 1 comentario

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  • RP

    Muchas gracias por tu artículo Victoria Beatriz,bonitas palabras,YO he sentido lo mismo,Y sobre todo mucha gratitud a esos valientes q también tengo en mi familia,te deseo felicidades y éxitos en el 2022