Sin vértigos y con el Hada Azul

Cuba requiere más que nunca movilizar la inteligencia, el esfuerzo y el compromiso de cada cubano. Y no existe mejor instrumento que el buen periodismo. Lo nuevo son las circunstancias, que colocan al periodismo cubano ante el grande y oportuno reto de comunicar desde los datos y hechos las urgencias y victorias cotidianas.

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Antes de ser Nobel, García Már­quez fue periodista raso, «el má­ximo peldaño de la profesión» a los ojos del colombiano, que siempre vivió con la duda de si él era escritor o reportero, pero con la certeza de que le abría «paso en la vida al mejor oficio del mundo». Y aunque eso lo dijo en «los tiempos del có­lera», desde entonces no en­cuen­tro expresión más cabal para definir la profesión con la que me gano el pan diario.

Vincular al Gabo con el periodismo no es nada nuevo. En todas las biografías que he leído primero se le define periodista, y luego, escritor de novelas. Lo que viene al caso este Día de la Prensa en Cuba es el compromiso del oficio en los tiempos actuales, donde abunda la información, y lo que se escribe hay que diferenciarlo por la calidad de su contenido y la amenidad de la forma.

Quienes nos leen no tienen por qué conocer el intríngulis de nuestro trabajo. No tienen por qué saber si somos redactores, reporteros, periodistas o escritores, si tenemos o no un título de licenciado colgado en alguna pared de nuestras casas. En última instancia, ellos nos perciben en las palabras, esas que han de ser como uno mismo para que no suenen falsas ni discordantes, para que todo lo profundo se vea claro desde la superficie.

Caricatura de Martirena sobre retos de la prensa cubana.

Ese es el primer desafío, sig­nado en la actualidad por el de evolucionar a la par de los nuevos tiempos, si se quiere trascender las fronteras de lo rutinario, para que nadie se queje de lo que publican nuestros medios ni tengamos que echarles culpa a los socorridos gajes del oficio.

Un día, mientras me entrenaba en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana para dar clases de Periodismo en la carrera que se abriría en la Universidad Central, Julio García Luis me preguntó qué importancia tenía para mí la labor del periodista como profesional. Y más o menos, pensando que debía responder al profesor y no al colega y amigo, le respondí:

«Lo primero que tengo claro es la razón de ser del medio y del periodista. El periódico tiene una misión de carácter social y todo lo que en él se publique tiene que dirigirse a garantizar el flujo de trabajo en beneficio social. Lo que vaya en contra de esta necesidad vital de la prensa tenemos que combatirlo, aunque hay veces el propio periodista se autocensura y prefiere irse por la tangente(...)»

—Esa no es Mercedes, respóndeme menos doctamente.

Mi discurso tenía la retórica experimentada de la academia, y no revelaba en lo más mínimo ni mi estilo ni sentimiento auténtico de periodista rasa.

Y como el magnífico pedagogo que siempre fue, reformuló la interrogante.

—¿Cómo tú sabes lo que tienes que escribir para que no te censuren?

—Me pongo del otro lado de la computadora y pienso que le estoy hablando a una persona, diciéndole lo que siento, lo que le interesa al otro; como decía el Hada Azul a Pinocho, dejando que la conciencia me guíe.

No volvió sobre el tema, e imagino que le agradó lo de Pinocho. Años después, en su tesis doctoral aparece, a modo de exordio, el diálogo, tal como lo escribió Collodi, el autor de la fabulosa historia del muñeco de palo. Y sí —para los suspicaces— algunas veces me he autocensurado; no por miedos, más bien por prudencia, que no es condición peyorativa del periodismo, sino muestra de sensatez, cordura, juicio, discernimiento, madurez.

Nuestro oficio es difícil, pero eso a nadie le importa. Oficio de intruso, le llamó alguien. Tiene mucho de juez: nos asiste autoridad y potestad para calificar y arbitrar; de fiscal: representamos y ejercemos el ministerio de la opinión pública; y de policía: estamos obligados a observar y guardar el cumplimiento de lo legislado para el mejor gobierno. El periódico —escribió Martí— «[...] Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender al bien público».

El periodismo no es trabajo para lucrar, se gana poco y se sacrifica mucho, se da demasiado sin pedir nada a cambio. ¡O te corrompes! Al final sacas cuenta y abundan más las reprimendas que las felicitaciones. Como dice el refrán: «Palos porque bogas y palos porque no bogas». Mas, quien lo lleva en la sangre vive feliz ejerciéndolo, mucho más si sabe que lo ha hecho de manera responsable y con calidad, en aras del desarrollo material, espiritual y moral del ser humano, a favor de una conducta cívica consciente, fundada en el cono­ci­miento de las realidades de su pa­tria y del mundo.

No, no somos tan obedientes ni complacientes como pudieran pensar algunos. Y pienso en esa herencia que nos legaron Rubén Martí­nez Villena y Pablo de la Torriente Brau, dos de los más paradig­má­ticos, herejes e iconoclastas perio­distas de quienes guardo referen­cias, y que deberíamos imitar sí es que la imitación, además de revo­lucionaria, nos toca en letra y espí­ritu.

Será peliagudo por las circunstancias en las que se desenvuelve la Cuba actual, sumida en hondas transformaciones y sin hacer concesiones a los que nos las piden.

Pero sí, tenemos que representar mejor los intereses de nuestra gente, para que nuestra gente nada tenga que buscar fuera de nuestro periodismo. «Sin despin­tarnos», como acertadamente ha dicho Antonio Moltó Martorell, presi­dente de la Unión de Periodistas de Cuba.

Desde el punto de vista revo­lucionario no importan las discrepancias; lo que importa es la honestidad con que se opine, escribió Fidel hace ya unos años a los periodistas cubanos. Y eso tienen to­davía que introducirlo en sus cere­bros y colocarlo entre las primeras tareas de su agenda «ejecutiva» directivos y funcionarios, sean o no del gremio.

Cuba requiere más que nunca movilizar la inteligencia, el esfuerzo y el compromiso de cada cubano. Y no existe mejor instrumento que el buen periodismo, aunque ello se ha dicho muchas veces de ma­neras dis­tintas y en variados esce­narios.

Lo nuevo, repito, son las circunstancias, que colocan al periodismo cubano ante el grande y oportuno reto de comunicar desde los datos y hechos las urgencias y victorias cotidianas. Y habrá que asumirlo pa­ra juntar y amar, sin retórica ni triunfalismo; hurgando en la llaga hasta encontrar el forúnculo; chapeando la maleza, pero dejando las flores que crecen dentro de lo fragoso.

Ya lo hemos experimentado: en los errores y vacíos de nuestra prensa viene a pescar quien no es amigo. Al menos, no le facilitemos el anzuelo y, mucho menos, la carnada.

Se acercan tiempos para probarnos una vez más, y no hay espacio para la fatiga o el mareo.

El periodismo —con o sin in­ternet— seguirá siendo un trabajo difícil, espinoso, pero también «el oficio más hermoso del mundo». ¡Pura adrenalina! para mantenernos vitales y caminar briosos esa cuerda floja por la que habrá que avanzar, con vara o sin ella para mantener el equilibrio. Quien pa­dezca de vértigo, que no se suba, y si lo hace, que consulte primero al Hada Azul de Pinocho.