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El hombre de la mata de mango

Hoy José Rafael Santín Hernández da sus pasos apoyado en el andador y cuenta su historia.

Paciente José Rafael Santín Hernández junto a su hija.
«Yo nací ese día, y agradezco a todo el personal de Salud el trato de excelencia recibido. Hicieron un trabajo de arte al unir todos los huesos», sustenta José Rafael Santín Hernández, el bisabuelo que trata de olvidar la odisea junto a Marlene Santín Paredes, una de sus hijas. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
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Dos días antes del suceso, José Rafael Santín Her­nán­dez celebró sus 75 años. Por entonces, recibía fi­sio­terapia en el policlínico Juan Bruno Zayas, de Cifuen­tes, debido a los caprichos de una columna vertebral que no soportó el peso de algunos sacos de cemento sobre su septua­genaria anatomía. Aun así, el anciano confiaba en que sería algo transitorio y con pronta recuperación.

Memorándum

♦ Las fracturas en la rodilla resultan frecuentes y a la vez bastante complejas. Pueden afectar a uno o a los tres huesos (fémur, rótula y tibia) de forma conjunta, sin descartar daños en meniscos y ligamentos acompañantes.
♦ Ocurren como consecuencia de impactos muy fuertes que demandan cirugía para su solución. En muchos casos con el uso de piezas de acero, placas y tornillos.
♦ Según los especialistas, la quiebra de la rótula se produce por caídas con impacto directo sobre este hueso. Tiende a dejar fragmentos que pudieran causar limitaciones en la movilidad de la articulación.
♦ El hueso femoral o el correspondiente al muslo también admiten rupturas. Por lo general se requiere de mucha fuerza o de un acto contundente para fragmentar el fémur.

Como de costumbre, se levantó para emprender el camino hacia la institución de salud; sin embargo, un arrepentimiento inexplicable lo invadió y declinó asistir a la sesión. Lo que nunca imaginó Rafael Santín fue que permanecería un año en cama debido a una historia inusual.

«Eran cerca de las 11:00 de la mañana del 5 de marzo del pasado año cuando regresé a la casa luego de otras gestiones. Mi esposa fregaba y de pronto vi una jabita en el piso. Pregunté, y pertenecía a unos compañeros que podaban la mata de mango existente en el patio».

Las labores continuaban, y San­tín salió a buscar café para brindarles a los operarios. El tronco estaba bien sujeto a la soga y, poco a poco, comenzaron a bajarlo luego de la acción de la motosierra. Tanto el nieto como un vecino advirtieron que nadie saliera al patio, mas el anciano no oyó, y en escasos segundos cambió el curso de los acontecimientos.

«Al darme cuenta estaba boca­rriba en el patiecito. En ese momento no sentía dolor, pero apenas podía pensar, la mente estaba en blanco, los ojos otro tanto… Mi yerno y un amigo me levantaron e introdujeron en un vehículo. En medio de todo yo les decía: Vayan despacio, no hay prisa.

Inicio de la odisea 

Aquel tronco pesaba entre 70 y 100 libras, en una mata cuya altura alcanzaba de cinco a seis metros. Según el relato de Santín Her­nán­dez, no cayó sobre su cuerpo.

«De haber sido así, esta historia carecería de protagonista. El árbol solamente me rozó», afirma es­te jubilado del Combinado Rolando Morales (fábrica de baldosas), donde trabajó 32 años.

Tronco de la mata de mango que provocó el accidente.
Lo que queda de aquella mata de mango sembrada, en 1960, por Zoila Hernández Castellanos, la mamá de Santín. Daba frutos muy dulces, mas por la frecuencia de los ciclones decidieron podarla sin imaginar las consecuencias. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

 

Una vez en el policlínico iniciaron las valoraciones. La doctora Mileidys Álvarez Romero estaba de guardia y recibió el caso que, dadas sus características, fue remitido de inmediato a Santa Clara.

Durante el trayecto el equipo especializado dudaba de que Santín llegara con vida a su destino, y una vez en el hospital universitario clínico quirúrgico Arnaldo Milián Castro se incentivaron los procederes. Exámenes varios y la junta especializada para determinar los pasos a seguir. Una fractura de cráneo lineal y la sospecha de un neumotórax que después fue descartado, además de la quiebra de cinco costillas, daños en el pulmón derecho y una fractura de fémur bastante crítica.

«Todo provocó tres operaciones en el día, incluida la exploratoria para corroborar o no la presencia de hemorragia interna», precisa Marlene Santín Paredes, una de sus hijas.

Después vino el acto quirúrgico sobre el cráneo, y seguidamente el de la pierna.

Unos 20 galenos de diferentes especialidades estaban en el salón: fue una verdadera intervención multidisciplina.

«Yo no recuerdo el traslado a Santa Clara ni las preguntas que me hicieron en el policlínico. Solo sé que abrí los ojos ya en Terapia Intensiva, donde estaba intubado, con una cámara de oxígeno y una tos tremenda», argumenta Santín.

Él se convirtió en el «inquilino» de la cama 13 de dicha unidad durante cinco días. Después pasó otros diez en Intermedia, y el resto en Ortopedia hasta las jornadas previas al egreso.

«El doctor Alfredo Hondal Álvarez asumió la operación de la pierna. Sin duda, resultó compleja. Antes de que me pusieran el yeso la herida estaba abierta y tuvieron que situar mechas contentivas de potentes antibióticos. Eran curas respetables, pero no quedaba otra opción».

—¿Dicen que Ud. es el hombre de las suturas?

—Bueno,15 puntos en el abdomen, ocho en la cabeza y cuatro en la pierna.

La pupila médica

Ha pasado justamente un año y el doctor Hondal Álvarez recuerda los pormenores del caso. Cumplimentaba su guardia el día que el paciente arribó con un poli­trau­ma­tismo severo.

«No había tiempo que perder y en medio del estado de shock se decidió llevarlo al salón».

Doctor Alfredo Hondal.
El doctor Alfredo Hondal Álvarez pasó un susto en el salón al ver que la tensión arterial de su paciente no subía de 60. «Por la magnitud del hecho y el estado en que llegó nos parece que el impacto del árbol fue más allá de un simple roce». (Foto: Ramón Barreras Valdés)

Ante el hecho se pensó que era un caso incompatible con la vida. No respondía a ningún estímulo, pero había que darlo todo a fin de rescatarlo.

«Los cirujanos evaluaron el abdomen en busca de algún sangra­miento, también examinaron el sistema pulmonar debido a las fracturas costales que pudieran dañar el pulmón o inducir a un trauma comprometedor para la ventilación del paciente. Por suerte no hubo lesión intrabdominal y se solucionó lo referente al pulmón».

A partir de ese momento entró en acción el equipo de Ortopedia y Traumatología.

«Lo primero que hicimos fue lavar la herida por la que el hueso salió al exterior. Una vez desinfectada, lo llevamos a su posición y cerramos la lesión parcialmente, luego de si­tuar mecanismos de tracción. Por el estado de Santín se hicieron estos procederes de manera reme­dial.

«La fractura era de gran magnitud, con múltiples fragmentos cercanos a la rodilla que comprometían dicha articulación. Entonces aplicamos un método restaurador mediante alambres incluidos en el yeso a fin de reducir la fisura».

En esa etapa medió el compás de espera. Era preciso aguardar por la evolución de la cirugía abdominal y los traumas respiratorios; hasta pasados unos 21 días no retornó al salón para actuar de manera definitiva sobre el fémur.

Mientras tanto se realizaban placas de control y una semana o dos antes de retirar el yeso trataron de incorporar al paciente apoyado en el andador.

Contrastes

Desde un enfoque global el costo de los traumatismos musculoesqueléticos es alto y aparecen como causa principal de muerte y discapacidad entre el primer año de vida y hasta los 34; sin embargo, ocupan el tercer escaño al compararlos con todos los grupos de edades.

Estas contusiones rebasan los 8000 millones de dólares anuales, pero resultan incontables los gastos indirectos sobre la familia y la sociedad.

Baste decir que la praxis de una cirugía de reemplazo de rodilla necesita entre 30 000 y 70 000 dólares si la persona carece de seguro, por lo que constituye una de las intervenciones más costosas en los propios Estados Unidos.

Ni José Rafael Santín Hernández ni su familia abonaron un centavo, a pesar de los múltiples procederes a que fuera sometido, sin incluir el consumo de medicamentos y la estancia por hospitalización.

Así se cierra otro capítulo en el que un septuagenario sigue sumándole años a su existencia.

¿Tenemos o no nuestras Razones?

«Le advertí que de sentir dolor debía cesar el intento. En realidad no pudo. Lo que hacía el convaleciente era pararse sin dar pasos. Las propias molestias y el débil estado se lo impedían».

Luego de varias semanas se le retiró el yeso y comenzó la terapia reha­bilitadora.

«Vale decir que si existían respuestas ante los antibióticos, manteníamos las curas en la sala; de lo contrario, había que recurrir al salón las veces que resultaran necesarias para evitar infecciones de gérmenes agresivos».

Más de una hora duró cada uno de los episodios quirúrgicos ejecutados por un equipo de especialistas, anestesiólogos, residentes, téc­nicos y personal de enfermería, entre otros. A pesar del tiempo, la odisea llegó a un feliz final. Hoy José Rafael Santín Hernández da sus pasos apoyado en el andador y cuenta la historia, esa que fue bautizada por su médico como el hombre de la mata de mango. 

  • Juan Antonio Hernández Caraballo

Aquí se toca el espinoso tema de las deserciones de los médicos, pero ese es un tema que conozco muy bien. Estudié medicina siendo hijo de un obrero agrícola porque nací en Cuba, en ningún otro país lo hubiera podido hacer. He estado en dos misiones internacionalista como médico, en Etiopía y en Guatemala y pude conocer bien lo que es estudiar medicina en un país subdesarrollado y también pude contactar lo que gana un médico en ese país, gran diferencia entre una cosa y la otra, un joven en esos países necesitan una fortuna para hacerse medico y contradictoriamente puede hacer una fortuna después que es médico. Conocí que un paciente en esos países no puede recibir una atención médica adecuada sino tiene el dinero para pagarla, el diabético no puede adquirir la glibenclamida si no tiene dinero para comprarla, el hipertenso no puede tener sus medicamentos y así sucesivamente. Pienso que abandonar el país después de ser médico es una posición cómoda y oportunista.
Les transcribo una copia de una breve crónica que escribí en Guatemala en el Año 2011 y me publicaron varios medios de prensa cubanos:
CRÓNICA A UNA VERDAD
Por Juan Antonio Hernández Caraballo
No soy periodista, sino médico, pero sigo de cerca la política nacional e internacional, soy revolucionario convencido y irreversible, fiel seguidor de las ideas de Fidel, Raúl y del Partido Comunista de Cuba y me encuentro como médico comunitario en Guatemala. Salgo temprano en la mañana con un técnico de la salud guatemalteco, en una moto, visitamos 18 aldeas cada mes, y llevamos en la moto mochilas con medicamentos, vacunas y jeringuillas, tallímetro, pesas y otros medios para atender a los niños, adultos, mujeres embarazadas y ancianos. Habitualmente vamos a una comunidad cada día. Varias de estas comunidades se encuentran en plena selva guatemalteca y a dos de ellas tenemos que entrar a pie o sobre caballos o mulos, con viajes que duran desde 45 minutos hasta 2 horas de ida y lo mismo de vuelta, por lo que quiero decir que es difícil llegar a esos lugares.

Ésta es una Brigada Médica llamada Ernesto che Guevara, tiene 14 miembros, y cinco trabajan en el Hospital en diferentes especialidades y los otros nueve lo hacemos en las aldeas, por terraplenes que o tiene mucho polvo, y si llueve mucho lodo. Lugares a los que solo llegan los médicos cubanos y no lo hacen los de ningún otro país, porque fuimos educados y preparados por nuestra revolución, con las enseñanzas de Fidel, y esto no solo sucede en Guatemala, sino en muchos países del mundo, como un gran ejemplo de solidaridad e internacionalismo, propio de nuestro pueblo, como lo hace también en el deporte, la cultura y la educación. Para este primer comentario, quería precisar bien la naturaleza de estas tareas y lo que significa para nuestro pueblo y para los revolucionarios cubanos y del mundo. Mientras Cuba lleva a los países del mundo educación, salud, deporte, y cultura, los países desarrollados y ricos llevan la muerte y la guerra a los pueblos mas sufridos de la tierra por su ambición de riquezas y desprecio a la vida humana
— with Miriam Velázquez Rodríguez, Ana Martha Panadés Rodríguez, Aída Quintero Dip, Dalila Alfonseca Salas, Miriam López, Armando Corona Castellanos, Maricel González Suárez y Miriam Mijares.

  • El Indio

De acuerdo, simpre estan con las comparaciones, pues comparen, pára que nose vaya mas nadie de Cuba, cuantos profesionales medicos a emigrado de Cuba, No es lastima que despues de hecho un especialista se vaya, por que no le alcanza el dienero para vivir. Suerte para el señor. No comparen mas, no tiene sentido

  • Agustin

Muy buena historia.Pero al igual que Mario no entiendo pq empiesan a comparar con EE.UU.

  • Yusy

Bueno como decia mi abuelo todavía no te tocaba Santin, creo que tendrás una larga vida y mucho tiempo para seguir contando tu historia, Cuba es grande y su revolución más, nos sobran muchas razones para agradecer cada día haber nacido aquí, larga vida Santin, gracias por compartir esta historia

  • Ricardo González

Así es Omar Y de seguro sobradas razones. Un abrazo.

  • omar Hernández rivero

Esas son las cosas que nos hacen grande. Claro que hay que comparar con el costo en otros países, donde ese pobre hombre quizás hubiese muerto por no tener con que pagar el servicio. Claro Ricardito que tenemos nuestras razones.

  • mario

muy bonito relato pero se desgracia cuando empienzan las comparaciones de los costos en EE.UU....se me quitaron las ganas de seguir leyendo.....