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¿Y por qué «clandestinos»?

La infidelidad se compara con una tronera en el pecho que te drena la alegría. Es como morirnos con los ojos abiertos.

Infidelidad
(Foto: Tomada de Internet)
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Ya son pocos los fenómenos asociados a las conductas humanas que no cuenten hoy con un respaldo teórico que, de cierta manera, los justifique. Sucede, incluso, en situaciones límite y/o repudiables por cualquier ser mínimamente sensible. Y no solo hablo de las «lógicas» psicosociales tras tendencias como la violencia de género, el racismo, la prostitución o la discriminación en cualquiera de sus manifestaciones. La infidelidad, considerada a nivel global como la principal causa de ruptura de las relaciones amorosas estables, tiene tras sí tanto de actitudes y decisiones consientes, como de argumentos reiterados a lo largo de la historia, aunque básicamente biologicistas.

Sin embargo, amén de la aparente —y odiosa— legitimidad de estos, también refuerzan la idea una y mil veces demostrada de que incluso la ciencia inclina la balanza a favor de «ellos», mientras que a nosotras nos colocan en el paredón de la opinión pública.

Háblese de fidelidad, y serán muchas las coincidencias sobre su real sentido y relevancia como garantía de un vínculo sentimental sólido. Quienes resuelven mantener una pareja en el tiempo no solo lo hacen para coexistir juntos y disfrutar de las alegrías que proporcionamos y recibimos. Digan lo que quieran, pero en algún momento de nuestras vidas todos necesitamos levantar algo propio, ya sea pensando en un futuro con hijos o en una familia de dos. Llegan entonces los tiempos de prometernos sueños y de construir en el aire lo que pretendemos nos hará felices, pues en ese estado de plenitud, la única idea que predomina es la de pensarnos únicos para el otro. Cualquier «apéndice» se admitirá entonces como una declaración de guerra: desprecio instantáneo para la/el adúltero y la/el «añadido», y la certeza de que pocas penas lastiman tanto como el engaño.

En el artículo Factores psicológicos asociados a la infidelidad sexual y/o emocional y su relación a la búsqueda de sensaciones en parejas puertorriqueñas, publicado en el Volumen 20 de la Revista puertorriqueña de Psicología, los autores establecen que «la infidelidad puede representar la violación al supuesto fundamental de exclusividad en aspectos de intimidad emocional y/o sexual. La mayoría de las personas que tienen relaciones de compromiso, ya sea una relación de matrimonio, convivencia o noviazgo, tienen la expectativa de que sus necesidades emocionales y sexuales serán satisfechas con exclusividad por su pareja (Boekhout, Hendrick, & Hendrick, 1999, 2003; Weiderman, 1997)».

En resumen, lo que interfiera en un mundo pensado para dos, pasa a convertirse en, quizás, la agresión más violenta a la que nos exponemos todos los que apostamos por convivir en pareja. Por ello, la gente describe este tipo de experiencias con imágenes que, aún repetidas, no dejan de ser ciertas: autoestima cero y miseria extendida a cada ámbito cotidiano. Amor escarchado. Semanas de 5000 horas. Luto.

Claro, la intensidad y extensión de la jornada «Fulano/Mengana in memórian», como bautizó una amiga a estos trances sentimentales, dependerá en un 150% de la voluntad individual. Siempre ha sido muy fácil engordar la tragedia y engavetar la dignidad, lamentarnos por el puñetero día en que nos enamoramos y vaticinar que «más nunca me pasa esto». Inocentes.

Sin embargo, el penúltimo Sexeando del 2018 no se dedicará a inflar lagrimones ni a escarbar en las angustias de los decepcionados. Me parece menos dramático si nos centráramos en conocer —o comprender, si se consideran lo suficientemente reflexivos—, cuáles son los motivos biosicosociales tras la decisión de ser infieles. Solo les aseguro algo: ni la aparente tolerancia de los «bien educados», ni la esperada hiperbolización histérico-violenta de los engañados «periféricos», son garantía para presagiar posibles reacciones.

Con la calma de una santa, una amiga abogada ni siquiera levantó la vista del papel que firmaba para responder a mi pregunta. «¿Que qué le haría a mi marido si me entero que me es infiel? Lo que merece: bañarlo en alcohol y prenderle un fósforo, para que él sepa lo que es jugar con candela».

Otra, sin más título que el de secundaria básica,  me miró de frente, con la vista húmeda y la voz ronca. «Yo pensaría que, como ser humano, vale muy poco».

Las pistas del adulterio

Les aseguro que la selección de los testimonios anteriores no resultan más que puros ejemplos y no una sutil provocación contra el género masculino. No obstante, las estadísticas internacionales que se manejan desde hace más de medio siglo, corroboran la alta prevalencia de hombres infieles —fundamentalmente entre los 16 y los 60 años— llegando a triplicar la tasa de incidencia femenina.

Infidelidad
Infidelidad
Y puede que las investigaciones coincidan en que el género biológico tipifica comportamientos —el hombre busca emoción y goce en un intercambio sexual básico, mientras que las mujeres apuntan a la intimidad a nivel emocional—. Sin embargo, lo cierto es que las expectativas sexuales y las necesidades individuales serán las que, a la corta, determinen los porqués. (Fotos: Tomadas de Internet)

En el artículo Las causas que llevan a la infidelidad: un análisis por sexo —de la autoría de un grupo de psicólogos investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de México y publicado en 2013 en la revista especializada Acta de investigación psicológica— se enfatiza en que «[…]en cuanto a las causas de la infidelidad masculina, se ha reportado que ellos presentan con más frecuencia esta conducta debido casi de manera exclusiva a eventos de tipo biológico, pues se hace referencia a la gran cantidad de células sexuales que producen, y a la necesidad de aparearse con más hembras, como una medida que favorece la sobrevivencia y la conservación de la especie (Buss, 2005; Giusti, 1982; Punset, 2007).

«Lo interesante de este argumento de corte biológico es que ofrece una explicación para entender la infidelidad masculina, que se ve apoyado por la permisividad y aceptación velada o incluso abierta de esta conducta en las más variadas psicosocioculturas, donde al varón (ubicado como macho) se le permite, en contraste con las mujeres a las cuales se les limita y castiga por presentar el mismo tipo de conducta (Strean, 1986; Valdez-Medina, Díaz-Loving & Pérez, 2005)».

No obstante, en el mismo trabajo se expone que, durante los últimos siete años y sobre todo en las culturas occidentales, cada vez resultan más comunes los casos de damas adúlteras. Relevadas de su clásica condición pasiva gracias al incremento del nivel cultural y la asunción de conductas sexuales más libres y espontáneas, las mujeres ya superaron desde hace mucho las condicionantes tradicionales tras la decisión de ser infieles. Es decir, ya no las mueve el resentimiento hacia quien las traicionó, sino el básico deseo de hacerlo.

«[…] Las mujeres van más a la infidelidad por el abandono y rechazo al que son sometidas por sus parejas o incluso por venganza hacia ellos (Tordjman, 1989). En contraste, Romero (2012), encontró que las mujeres jóvenes con alta escolaridad y un medio urbano competitivo, son más proclives a cometer una infidelidad, debido a que tienen una personalidad sexual abierta, mostrada en el deseo de tener un mayor número de parejas, una mayor diversidad en la práctica sexual y una actitud positiva hacia la infidelidad, lo cual, habla de un cambio importante respecto de las razones de fondo que subyacen a la conducta de infidelidad femenina, puesto que ya no se llegaría a ella exclusivamente por venganza, sino por una decisión personal».

Es bueno que sepas que:

El politólogo y psicólogo sirio Izzat Haykal, desarrolló un estudio que le permitió identificar rasgos reiterados del perfil psicológico de las/los infieles, lo cual favoreció que pudiese determinar, en cinco líneas generales, cuáles son sus rasgos de comportamiento.  

1.    El riesgo: los que en su vida cotidiana  muestran un mayor gusto por la aventura y tienden a tomar decisiones arriesgadas, resultan más propensos a ser infieles en comparación con quienes tienen una actitud más moderada y temerosa. Es muy probable que exista un componente genético mediando en las conductas de riesgo, ya que el hecho de ser infiel incluye una alta posibilidad de fracaso.

2.    El poder: las personas en una posición de poder son mucho más propensas a ser infieles. Los «poderosos» tienen más probabilidades de establecer contacto visual directo, pararse con poses de confianza (lenguaje corporal) y mostrarse como un amante potencial.

3.    El deseo sexual: los niveles de libido tienen un componente genético difícil de controlar. Algunos individuos tienen un interés alto en el sexo mientras que otras personas proyectan menos interés en el asunto. Al ser un componente puramente físico, algunas personas son más fáciles de ser inducidas por su deseo sexual. 

4.    La psicopatía: algunas personas valoran las relaciones sentimentales como la oportunidad de manipular y tener poder sobre el otro, lo cual es muy típico en los individuos con un alto grado de psicopatía. Quienes ven el amor como un juego son mucho más propensas a tener múltiples intereses amorosos; el engaño y la mentira es sólo otra manera de obtener el control del cónyuge.

5.    El nivel económico: quienes tienen mejor educación, mayores ingresos y carreras exitosas son más proclives a desarrollar un perfil infiel que los individuos con menos poder adquisitivo o acceso a la educación, fundamentalmente, porque están más expuestas al tipo de personas que reúnen más características consideradas atractivas de forma superficial.

No obstante, las motivaciones de unas y otros sobrepasan lo que las encuestas puedan resumir. De la misma manera en que el hambriento busca las vías para saciar su apetito, las personas son infieles lo mismo por motivos de distanciamiento e incomunicación de la pareja, que por conflictos irresueltos, fallas afectivas, como excusa para romper la relación o, sencillamente, por placer, puro y egoísta, pero placer al fin y al cabo.

Y puede que las investigaciones coincidan en que el género biológico tipifica comportamientos —el hombre busca emoción y goce en un intercambio sexual básico, mientras que las mujeres apuntan a la intimidad a nivel emocional—. Sin embargo, lo cierto es que la autoregulación no resulta la mejor lograda entre las virtudes humanas, pues las expectativas sexuales y las necesidades individuales serán las que, a la corta, determinen los porqués.

«Se ha encontrado que la infidelidad le puede proporcionar a la persona que es infiel, momentos placenteros—se plantea en el artículo Factores psicológicos asociados...— entre ellos: 1) satisfacción emocional, personal y sexual, 2) sensaciones frescas, vibrantes y de placer; difíciles de sostener en una relación de larga duración y 3) experiencias de variedad sexual y de excitación (Lawson, 1988). Algunas personas reportan que a través de la infidelidad han combatido la soledad; se sienten escuchadas, atractivas, especiales, valoradas y deseadas.

«No obstante, la infidelidad puede tener consecuencias negativas en la pareja (Atkins, Eldridge, Baucom, & Christensen, 2005; Gordon, Baucom, & Snyder, 2004; Shackelford, Buss, & Bennett, 2002). La mayoría de los matrimonios consideran la infidelidad como el colmo de la deslealtad, una conducta inaceptable, que puede conducir a un daño permanente que justifica el divorcio. […]De hecho, Cano y O’Leary (2000) han documentado que de todos los eventos negativos posibles en una relación de pareja, las infidelidades y la violencia física son los más relacionados a desarrollar una depresión clínica, un mes luego del evento».

Y nadie está preparado, aunque por crueldad asumamos en ocasiones que algunos lo merecen, pero hasta el día de hoy no conozco a nadie, mujer u hombre, inmune a esa clase de sufrimiento.

Se le compara con una tronera en el pecho que te drena la alegría. Se llega a asemejar, incluso, a la sensación de morirnos con los ojos abiertos, ardiendo en rabia. Al menos, así lo confirman los que han amado y perdido.

Yo creo en el karma y en el retorno cíclico y seguro de nuestras acciones, pero confío ante todo en una ley universal: amor con amor se paga.

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