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Las leyes de la atracción

¿Es lo mismo belleza que sensualidad? ¿Depende de ellas el éxito en nuestras relaciones? ¿Acaso una define a la otra, o se complementan?

Ángeles de Victoria´s Secret
Los famosos ángeles de Victoria’s Secret, la reconocida marca internacional de ropa interior, no solo deben mantener una figura perfecta. Sus desfiles resultan especialmente glamorosos por la actitud sensual de las modelos, quienes interactúan con el público y les hacen saber que, bajo el «maniquí», laten mujeres vivas que disfrutan la belleza. (Foto: Tomada de Internet)
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Lo que a algunos les «licúa» el alma, a otros les resulta indiferente: así de simple y categórico. La vida en sociedad nos ensambla para que el consenso resulte más frecuente que la divergencia, aunque sobra decir que no todos los aspectos de la convivencia admiten balances y simetrías.

Definitivamente, es de ilusos confiar en que lo bello y lo valioso constituyen categorías inamovibles por estar empotradas en los cimientos de la opinión pública. Si no lo cree, indague en las razones de esos miles que, en nombre del amor, cambiaron «la vaca por la chiva», o de los que no se sabe bajo cuántas capas ocultan el misterio de su sex appeal, porque, a pesar de una fachada ordinaria, las mujeres les corretean atrás como hormigas africanas.

Obvio, sobran las explicaciones cuando media lo hermoso entre el deseo sexual y la atracción física, pero la vida me ha demostrado —como a tantos más— que en el momento en que confluyen la química y la actitud, las posibilidades de éxito están prácticamente garantizadas.

Adoro la lógica de Mon, uno de los personajes principales de la novela Príapos, del inigualable Daniel Chavarría, para justificar su asalto semikamikaze al corazón de una muchacha inalcanzable para él: «lo que pasa es que los feos no tenemos nada que perder, y nos lanzamos por todo o por nada». ¿Alguna objeción al respecto? Que levante la mano quien no conozca, al menos, una historia cercana de parejas tan desiguales como habría sido la de Helena de Troya y el cíclope Polifemo.

Debo confesar que el siguiente relato me arrancó una carcajada, sobre todo, porque en el intento por establecer algún vínculo de solidaridad con una madre que prefirió el anonimato, me visualicé a mí misma dentro de algunos años, cuando me convierta en la suegra de alguien.

«Soy una mujer de creencia, como casi todos los cubanos, por eso le digo que si la brujería en verdad existe, mi hija de 21 años tiene que ser una víctima».

En ese punto de la lectura, ya me había raptado: «¿Qué es lo único que quiere una madre, no es la salud y la felicidad de sus hijos? Entonces nadie me puede exigir que consienta que mi única hija, que hasta le han dicho mil veces que ganaría en un concurso de la Belleza Latina, haya elegido como novio a Belcebú, ya que esa tiene que ser la facha del mismo diablo. Casi me da un paro cardiorrespiratorio el primer día que visitó la casa y se presentó como el novio, porque no puedo entender cómo si yo soy casi una vieja y me gusta lo bonito, ella, con esa juventud preciosa, hiciera una elección así.

«Qué es lo que tiene y dónde lo oculta, es la pregunta del millón de pesos. Me consuela ver que la trate muy bien, y es evidente que mi hija lo quiere, pero me da un disgusto tremendo pensar que él pueda ser el padre de mis nietos, ¡o peor!, de mis nietas. Usted pensará, con razón, que le escribe una señora histérica. En realidad, lo único que quiero es saber si la ciencia dice algo que explique esta situación».

Sin palabras.

¿Qué responderían ustedes? ¿Se trata de hormonas, de percepciones o de sentimientos? ¿Y acaso en una relación no echamos mano a todo tipo de «materiales» con tal de mantener el amor en pie? Desafortunadamente, lo hermoso se concibe a modo de título nobiliario que privilegie a unos sobre otros, a la vez que constituye uno de los mecanismos de manipulación más eficaces de la naturaleza. La modernidad establece una fórmula básica para estos asuntos: lo bonito y lo bueno, para la linda; lo que quede, que se lo repartan como mejor puedan.

Ministro canadiense Justin Trudeau
El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, está considerado actualmente el gobernante más sensual del planeta, según la revista Vogue. Sin embargo, la imagen del político no es la protagonista real, sino su simpatía, extroversión y la naturalidad de su proyección pública. (Foto: Tomada de Internet)

Lo que en realidad me sorprende de todo este embrollo, radica en el idealismo con que tantas veces asumimos un análisis semejante. Cuando se han vivido algunas décadas y ya se resolvió el misterio de la quinta pata del gato, sobran ingenuidades en el terreno de la sexualidad. El «qué es lo que tiene» queda para uso y disfrute de la pareja y no se extiende a complacer la curiosidad de terceros. ¿Les suena la palabra sensualidad? Bendito concepto que no todos aplican, aunque defiendo la idea de que lo traemos incorporado a nuestro ADN, pero en dosis diferenciadas.

En la balanza de la seducción, la belleza y la sensualidad guerrean por la primacía. Habría que determinar cuál triunfó en las peores batallas.

Perfume bueno, pero picante

Tomás de Aquino definió lo bello como todo aquello que agrade a la vista (quae visa placet); es decir, que la belleza constituye una construcción subjetiva cuyo leitmotiv radica en procurar sentimientos de satisfacción o placer a través de una experiencia sensorial. Por vías similares accedemos a la sensualidad; sin embargo, en este caso la diana de impacto reside en las reacciones asociadas con el sexo, mientras que el dardo providencial se lanza desde manos diestras y, fundamentalmente, osadas.

Aunque constituye un privilegio, la simetría física que justifica lo que la sociedad cataloga como hermoso o perfecto, resulta más asequible que la capacidad de violentar sensaciones y despertar placeres. Cualquier mujer le añade dos tallas a su busto y cualquier caballero pacta con los esteroides y la disciplina atlética para cuadricular el abdomen e inflamar el ego…, pero la perspectiva cambia cuando el atractivo no se lleva en el exterior.

Mario Javier Bravo, de 29 años, se rinde ante el espectáculo de una mujer sensual.

«Las he conocido de ojos verdes y cuerpo perfecto, pero desabridas como un pedazo de pan viejo, y las he visto en apariencia comunes hasta que las escuchas hablar y te percatas de que si se les mete «cabeza», te desarman en diez minutos. Es la forma en que pronuncian tu nombre o un gesto al arreglarse el pelo, no sé, las mujeres son un misterio enorme. Opino que todos tenemos dentro a un ser sensual, lo que sucede es que los hombres podemos ser muy acomplejados y no nos atrevemos a mostrarnos de ese modo. A ellas les sale con más naturalidad, también las ayuda lo físico y hasta la ropa que usan».

El famoso investigador polaco Zygmunt Bauman, autor de varios títulos esenciales para la sociología de la cultura contemporánea, esboza una hipótesis innovadora respecto a lo bello y su significación social.

«La belleza ha sido siempre paradójica, pero en estos tiempos es además fluida, escurridiza, evanescente. Porque no hay formas estables que la contengan. Porque ya no es el rasgo de un objeto, sino de un acontecimiento. El viejo ideal de perfección y permanencia es hoy un hecho efímero que baila con la moda y el consumo sin fin.

«Cuando uno dice ‘‘esto me gusta’’, está haciendo un juicio individual. Pero si dice ‘‘esto es bello’’, supone que ese juicio será compartido por otras personas en distintos tiempos y lugares. La belleza está en algún punto entre esos dos extremos: es más que el gusto individual, pero no llega a ser tan universal como los conceptos de lo bueno o verdadero, a los cuales es posible acceder a través de una serie de reglas. No hay reglas tan claras para persuadir al otro de que tal o cual objeto es bello».

María Felix
La mítica actriz mexicana María Félix, conocida en todo el continente como María Bonita, redefinió los conceptos de belleza y de feminidad en su país. Se negó a protagonizar papeles de damas en apuros y mujeres frágiles, y con ello dejó una impronta de voluntad e irreverencia que impactó en toda una generación: «No le tengo miedo ni a las canas ni a las arrugas, sino a la falta de interés por la vida. No le tengo miedo a que me caigan encima los años, sino a caerme yo misma». (Foto: Tomada de Internet)

Con frecuencia, se escucha que la belleza está en el ojo del observador; por supuesto, más allá de escenas y situaciones evidentemente sobrecogedoras y que califican como sublimes por las reacciones placenteras que promueven. Sin muchos titubeos me adscribo a tal sentencia: ¿cuántas veces hemos defendido un criterio por el hecho de que se le ridiculice al no concordar con el de otro? En la viña del Señor hay de todo, y lo que es bueno para unos, no tiene por qué serlo para la mayoría.

La terapeuta, sexóloga y psicóloga tijua­nense Robertha Medina, muy conocida en América Latina por su labor educativa a través de los medios de comunicación, atribuye a la sensualidad un rol decisivo en la respuesta sexual humana.

«La sensualidad está desde el principio de la historia, creo que personajes de esa historia, desde su capacidad y sus habilidades la han abordado de una manera diferente. Hay quienes lo han hablado desde su capacidad de hacer poesía, desde su capacidad de las artes plásticas, desde sus escritos, desde sus investigaciones de índole científica […]. Ya lo decía Freud, el deseo es una pulsión hacia la vida, es estar vivo; entonces, el deseo erótico es de importancia porque también nos lleva a un encuentro que puede ser placentero, que justo nos genera endor­finas, a percibir la vida y estar en un constante crecimiento, deseo y bienestar».

Desde Sagua la Grande, Yanibis Domín­guez Lima opina que una actitud sensual provoca inferencias sociales altamente sesga­das por la discriminación de género.

«Un hombre sexi es visto como un plato fino, mientras que una muchacha con las mismas características recibe todo tipo de comentarios sexistas y cargados de machismo. No sé si será que a nosotras se nos nota más, si provocamos un efecto superior o si los prejuicios sociales se mantienen como en el siglo xix, pero la verdad es que la sensualidad es una actitud inherente al ser humano, y también una aptitud ante la vida, que no tiene por qué tener como único objetivo atraer a alguien».

Es cierto que mucha gente adora el «betún» —por eso del lustre público— y se encarga de dedicarse, en cuerpo y alma, al engorde del narcisismo; es cierto también que uno de los mayores actos de injusticia reside en equiparar la belleza con el seso hueco y la banalidad, o lo sensual con el amor fácil.

Al final, lo hermoso a la vista y lo impac­tante al oído obedecen a lo que sentimos y no a lo que la sociedad consiente. Ambos dependen nomás del prisma con que se les mire.

  • Juan Antonio Hernandez Caraballo

Magnífico trabajo, solo puedo decir que las damas se enamoran por los oídos y los hombres por los ojos.