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Moda para volar, no para caer

Las primeras impresiones dicen mucho. Por experiencia o por predisposición, pronosticamos el tipo de personalidad de acuerdo con la forma en que vestimos.

Sexualización de la moda infantil.
La sociedad de consumo educa a las niñas para un fin supremo: entrar al «mercado» del éxito valiéndose más de la imagen que del intelecto. Esta idea se ve reforzada por la industria de la moda, que cada vez acorta más el concepto de infancia. De hecho, la línea de ropa interior Victoria’s Secret comenzó a producir prendas íntimas para pequeñas de cinco a 12 años, y Abercrombie and Fitch provocó un escándalo mayúsculo tras el lanzamiento de sostenes push-up dedicados a «consumidoras» con dientes de leche. (Foto: Tomada de Internet)
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La elegancia es una cualidad física. Si una mujer no la tiene desnuda, no la tendrá vestida.

Karl Lagerfeld

Toda forma de imitación rasa me resulta un tanto irritante o, mejor dicho, incoherente. Con esta filosofía muy personal —y no necesariamente compartida, ¡claro está!— tiendo a evaluar la generalidad de lo que me rodea: personas, sucesos, comportamientos… modas. No sé si les habrá sucedido, pero con creciente frecuencia he podido coincidir con formas de expresión estética, en su mayoría vinculadas al público joven, que prácticamente piden a gritos un «exorcismo» en el cual se incluya, además, a la familia del o la «pepilla».

Hoy, se muestra lo que se puede, y lo que no también. Pasaron los días de insinuar tras una transparencia y jugar con los límites. De hecho, en la anulación de los límites reside el problema. La industria textil que abastece los mil y un establecimientos cubanos para el «alquiler»  de ropa —lo último que trajo el barco, dicen— debe estar en franca quiebra. Lo digo porque los «recortes» en el presupuesto de la materia prima son muy muy evidentes.

Si el objetivo es exhibir, lo estamos logrando, y en un sentido masivo. Short de mezclilla que no airee el trasero de su propietaria = short de mezclilla para abuelas; blusa sin espalda, sin frente y sin laterales (sí, es posible) para adolescentes de 13 años o damas climatéricas; aberturas y brevedad a la orden, luzcan como luzcan. Que Cuba es un país de gente osada no me lo tiene que recordar nadie, pero establecer un comportamiento imitativo —casi como un cardumen de sardinas— y rayano con lo obsceno, no se justifica ni se comprende. No en este país, al menos, no en el que prefiero pensar. Sin embargo, resulta inevitable.

La lógica del mercado echó mano al mejor aliado posible para publicitar cualquier tipo de producto. El sexo vende, no lo dude. Ni siquiera se concentra en promover reacciones específicas, solo en atraer. Y la conquista, amigos míos, está garantizada.

La sexualización paulatina de la moda no constituye una oleada revolucionaria dentro de la industria. Década tras década, cada tendencia eliminó y agregó tejidos y accesorios, y cual espiral de reciclaje subió y bajó cinturas, estrechó y amplió costuras, se atrevió a enseñar más… y más. En todo momento, aun entre crisis o ciclones, muy pocos han renunciado a vestir lo que sea que se lleve. Los jóvenes —punta de lanza al fin y al cabo— son generalmente los primeros maniquíes, y si el objeto en cuestión recibe el consentimiento público, la adquisición hemorrágica no se hará esperar.

Mandy y Heidy saben de lo que hablo.  Suprimen sus nombres por obvias razones, pues, como otros tantos miles, hallaron en la ruta La Habana-Georgetown una vía libre de visa para abastecer el siempre próspero mercado de la «pacotilla».

«Vamos a Guyana a buscar la ‘‘metralla’’, porque allá la ropa es muy barata —aunque ya no tanto como al principio, aclara Heidy—, y la enorme demanda de los compradores cubanos los ha adaptado a garantizarnos lo que queremos. Si traes 200 jueguitos de esos de short cortico que se pone por debajo de una blusa larga abierta por el costado, te aseguro que se venden en menos de 48 horas. No importa que sean prácticamente idénticos, que solo se diferencien por el color o que los usen por igual niñas o tembas, la cosa es que a las mujeres les encanta.

«El secreto está en que las hace sentirse jóvenes y sexis. A veces se los ponen a la fuerza, porque tienen sobrepeso. Yo les digo que lucen de 15, ¡lo mío es vender!, y salen por la puerta engañadas, apretadas como tamales, pero contentas. El cliente siempre tiene la razón, y si la moda del mes que viene es envolverse en un trapo transparente, eso les traeremos. En este negocio se invierte mucho y las pérdidas pueden ser muy grandes, así que vamos por lo seguro, sea lo que sea».

¿Lo que sea? Sin dudas. Otro testimo­niante, colega de Mandy y Heidy, asegura que, no obstante, mantiene sus escrúpulos al respecto.

«Si yo veo a mi mujer con uno de esos chores con las nalgas afuera creo que me busco una desgracia. Ella sabe que eso es pa’ los cueros de la calle, a quienes no les importa buscarle un problema al hombre que vaya con ellas. No quieren que les griten groserías, pero se visten y se maquillan como… lo que parecen. Y me asombra que la mayoría de las muchachitas van a comprar con la madre o con el novio, y sueltan facilito 18 y 20 cuc para que la chiquita ande medio desnuda. Creo que tienen duro frío en las venas».

—¿Y qué justifica entonces la demanda permanente: pocas opciones, que todas opten por lo mismo o que sean prendas provocadoras?

—Es una mezcla de las tres. Cuando suman muchas usando lo mismo, pienso que se sienten más libres. A mí me daría pena parecer jima­gua con los demás que van por la calle, pero a las mujeres quién las puede entender. Quieren exhibir lo que tienen, aunque no sea necesariamente lo mejor.

Modas, modos y mediaciones

«La sociedad habla. Habla diariamente en sus vestidos, en sus ropas. Quien no sabe escucharla en estos síntomas del habla, la atraviesa a ciegas. No la conoce. No la modifica». Lo dijo Umberto Eco, uno de los más preclaros semiólogos, filósofos y escritores del siglo XX, autor, además, de la inmortal novela El nombre de la rosa

Sustraernos de dicha realidad resulta un acto de desesperada negación, apenas una débil brazada entre aguas turbulentas. Lo que elegimos para cubrir nuestro cuerpo nos identifica como individuos no solo por la calidad del tejido o la naturaleza del estilo; de hecho, socialmente se asimila a modo de segunda piel, indicativa de origen, estatus y nivel cultural.

Modelo de la colección de uido Asenjo Puebla y Pável López Alonso.
Los diseñadores santaclareños Guido Asenjo Puebla y Pável López Alonso, creadores de la marca G.P, no solo se distinguen por el halo clásico y romántico de su obra, sino porque defienden un discurso estético en el que priman la elegancia y una visión heterogénea de la belleza. En recientes declaraciones para el sitio digital Cubasí, Guido manifestó: «[...] en Cuba el diseño de moda se ha visto afectado durante décadas no solo por la consabida falta de recursos, sino también por una mentalidad estrecha, poco culta. [...] Los cubanos nos uniformamos de muchas maneras. Nos vestíamos con patrones de países que poco tienen que ver con nuestra cultura y clima. Ahora soplan nuevos vientos, y cada día nuestra sociedad se diversifica más, es más inclusiva». (Foto: Sadiel Mederos)

La investigadora paraguaya Natalia Ya­nina Rojas, en un estudio publicado en el 2005 propone: «la moda ha sobrepasado su función original, de utilidad (protección contra el clima, el ambiente) y ha pasado a ser una forma de comunicación no verbal. La moda, como forma de expresión, contribuye al diálogo entre los individuos. Es el lenguaje a través del cual damos a conocer nuestra propia identidad, y esto genera una interacción con los que nos rodean. Es el reflejo de nuestra forma de ser y constituye un medio de construcción y estructuración social».

Sin embargo, la sexualización ascendente de los diseños para féminas es un refuerzo natural del sentimiento de falocentrismo descrito por Pierre Bordieu. La presentación de la mujer como plato principal del menú masculino —ataviada, además, con algunos retazos de tela— alude una y otra vez a una suerte de privilegio congénito con el que se engorda el concepto de hombría.

En su artículo «Cibersexo y pornocracia», el escritor mexicano Salomón Derreza expone las pautas del porqué del éxito asegurado. «El sexo no es solo el éxito de ventas más grande de la historia, la explotación mercantil de las imágenes relativas al cuerpo lo han convertido en la envoltura más atractiva que pueda imaginarse para cualquier mercancía […]». No obstante, en la misma salsa de la estandarización de modas y tendencias se espesa un ingrediente fundamental: la repetición.

Ana Martínez Barreiro, socióloga y profesora titular de la universidad A Coruña, se ha especializado en la temática de la moda, su influencia y determinantes socioculturales. Con la sentencia de que «la moderna sociedad de masas de consumo resulta esencialmente móvil, dinámica e incluso igualitaria», la investigadora saca al ruedo un término harto conocido entre los adeptos a las redes sociales.

«En los últimos años se ha observado un gran interés científico por los procesos de contagio en la moda o en la difusión cultural. El hito indiscutible es el nuevo campo de estudio llamado memética. […] Un meme es la unidad mínima de transmisión cultural. El meme pertenece a la dimensión del contagio, la propagación y la infección. La esencia del meme es la replicación. Cualquier idea, moda o concepción que pasa de una persona a otra por imitación, es un meme. […] Hace tres décadas todo era signo, hoy todo parece ser meme».

Claro, no a todos les afecta de manera similar. Danayra Urquiza, de 14 años, no distingue ningún punto negativo en la homogeneidad estética que tanto disfruta y persigue su generación. 

«La moda actual es más fresca y moderna que la de unos años atrás —díganmelo a mí, que pasé por varias temporadas de gamuza y engomado—. Ahora la gente vive mejor, y para los padres no es tan difícil comprarnos lo que se lleva, porque aunque la ropa sea de mejor o peor calidad, lo importante es ponerse lo que se usa. Por supuesto, si quieres usar un short corto y un tope, debes tener cuidado con tu figura, por eso encuentro ridículas a las mujeres de 30 y pico de años y más que quieren vestir como si fueran adolescentes. Cada edad con lo suyo, a nosotras nos queda súper y disfrutamos del momento».

Otros se escandalizan. Algunos manifiestan vergüenza ajena, desaprueban para sus adentros al prójimo o se cuestionan la posibilidad de que la sociedad cubana se abriera de piernas y brazos a lo que no se admitía unas décadas atrás.

Orlando Valenzuela, cienfueguero y abuelo de unas gemelas de 16 años, reprocha toda forma excesiva de tolerancia.

«Las faldas de las dependientas de los restaurantes tienen menos tela que una servilleta, no pueden inclinarse sobre la mesa para  servir el agua sin tener que taparse, pues los comensales podrían degustar otros ‘‘aperitivos’’. Lo mismo sucedió con los uniformes en las secundarias y los preuniver­sitarios, y aunque hoy intentan prohibirlo, vas viendo cómo, a medida que pasan las semanas, suben los dobladillos. ¡Hasta los varones quieren meterse en ropa apretada como un tubo!

«Ha sido una pérdida sistemática de valores. Los padres permiten que sus hijas salgan vestidas como para venderse en una feria agropecuaria, los hombres se atreven a propasarse y les faltan el respeto, porque de todas maneras van medio en cueros, y las niñas crecen pensando que su cuerpo resulta el único atributo que han de cultivar. He criado a cuatro mujeres y sé que uno de los procesos más duros es educarlas en el amor y respeto hacia sí mismas, pero no podemos cansarnos. Para bien o para mal, la apariencia es también una carta de presentación».

Al menos, a mí, no me quedan dudas al respecto. La moda, como las estaciones, varía de manera inevitable, por lo que, más que victimizarnos en su nombre, habríamos de priorizar lo que nos favorece.

Las primeras impresiones dicen mucho. Por experiencia o por predisposición, pronosticamos el tipo de personalidad de acuerdo con la forma en que vestimos: de una cajita de música siempre se esperan melodías, pero resulta difícil crearse expectativas superiores cuando lo externo falsea lo que realmente vale. 

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  • Juan Antonio Hernández Caraballo


    Al pie la primera foto de este trabajo leemos que: La sociedad de consumo educa a las niñas para un fin supremo: entrar al «mercado» del éxito valiéndose más de la imagen que del intelecto. Esta idea se ve reforzada por la industria de la moda, que cada vez acorta más el concepto de infancia. Por tanto, en respuesta a esa aberración de la niñez, yo como cubano digo en tres décimas lo que para nosotros significa el niño en Cuba.

    Cada niño es una estrella
    Que representa el futuro,
    Y es lo más bello y más puro
    De una madre noble y bella,
    Cada niño es la centella
    Hermosa para crecer,
    Y desarrollarse y ser
    Un puntal de la nación
    Patriota de corazón,
    Y luz del amanecer.

    Cuando se habla de infancia
    Con buen amor se consume
    El más preciado perfume
    De delicada fragancia,
    Un mañana de elegancia
    Se presagia con placer,
    Porque ellos van ser
    El intelecto y conciencia
    Con fuerza, con resiliencia,
    En el hombre y la mujer.

    Un niño siempre es encanto
    Con bonitas travesuras
    Con inocentes locuras
    Que a todos nos gusta tanto,
    Lleva siempre el niño un Santo
    Que siempre ha sido bien visto,
    Es un ser hermoso y listo
    Con hermoso corazón,
    Porque ha sido la invención
    Mejor lograda de Cristo.