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Los hijos rotos

La «resaca» post divorcio elige a sus favoritos —jóvenes, adoloridos— y, en silencio, les puede torcer el futuro.

Divorcios y familias
(Foto tomada de Internet)
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«La vida de mi madre es justamente lo que no quiero para mí». Una no se acostumbra a ciertas ideas, mucho menos cuando las defiende una niña de 14 años.

«Ningún hombre me va a maltratar porque prefiero morirme sola. Ella estuvo casada con mi papá durante mucho tiempo y a pesar de todo lo que lo quiso e hizo por él, la engañó con no sé cuántas mujeres. Los hombres no quieren a nadie ni respetan a la familia. Yo no voy a cometer el error de enamorarme, porque ese es el momento en que se aprovechan y te destruyen».

José Antonio también sobrevive a su propia tragedia. Lo crió un padrastro desde los ocho meses, «pero no creo que haya otro ser humano tan bueno como él. Nuestra relación es tan fuerte que no necesitamos el vínculo de la sangre. Sin embargo, mi mamá ya no lo ama, y no me di cuenta porque siempre se encargaron de ser los mejores padres durante mis casi 20 años de vida.

«Jamás hubo peleas en mi presencia, pero él la recrimina con los ojos. En fin, que me siento estafado. ¿Y si todo fue una farsa para que yo creciera en un hogar feliz? ¿Y si solo había amor de una parte? No creo que la gente pueda dejar de quererse de un día para otro. Estoy viviendo un infierno. Nunca antes, como ahora, entendí lo cierto del refrán: en la confianza está el peligro».

Quizás, por su condición de adulta, a Ailyn le tocó el rol incómodo en el divorcio. La madre inventarió en pocos días los defectos de su matrimonio y les encuentra una aplicación práctica  y perfectamente adaptable a cualquier circunstancia que en la vida de la hija involucre a un hombre. El padre tampoco ayuda. Ailyn se ha convertido en su muro de los lamentos, terapeuta y mensajera.

«Los dos pensaban que estaban listos para vivir separados porque, realmente, su unión no resistía un problema más, pero se olvidaron de las trampas de la convivencia y ahora se critican y se extrañan a rabiar. Yo no soy Suiza para mantenerme imparcial. Están tan metidos en sus líos que olvidaron que, en esta situación, soy una de las más perjudicadas.

«Sin embargo, a ninguno se le ocurrió pensar en mis sentimientos. Fui muy ingenua al suponer que la edad me eximiría del impacto psicológico de su divorcio, y hoy me descubro valorando mi propia relación desde otra perspectiva. Los celos y la desconfianza que antes no experimentaba ya me resultan habituales y por ese motivo no puedo evitar el guardarles rencor».

Las aguas del divorcio...

Divorcios y familias
En Cuba, los matrimonios que superan el decimoquinto aniversario son los más propensos a concluir. O sea, cuando las evidencias apuntan a la firmeza de la relación y ya se tiene, al menos, un hijo. (Foto tomada de Internet)

El drama de las separaciones constituye  el condimento por excelencia de nuestras interacciones sociales, algo así como la sal que acentúa el gusto público por el cotilleo. En tiempos menos ligeros de compromiso la gente evitaba a toda costa agredir la estabilidad de los suyos, y aun cuando a muchos no les quedara otra alternativa que darle el tiro de gracia a un vínculo sentimental moribundo, la ruptura no se vivía con la espontánea ligereza de quien explota un globo y sigue su camino.

Hoy, las redes sociales insisten en conocer el estado civil de sus usuarios,  los «amigos» felicitan al/la recién divorciado (a), las mujeres aplauden el poder adelgazante de una buena temporada de depresión  y las páginas de citas on-line ofrecen el aliciente de localizarte a la pareja perfecta —con porciento de compatibilidad sexual incluido—. Vamos, que nos la han puesto fácil.

La protección legal de los menores tampoco constituye un dilema: con papeles o sin estos, matrimonio al fin y al cabo y, por tanto, amparo garantizado para niños y adolescentes. Al menos, en Cuba, por lo que no habría de asombrarnos el hecho de que, desde el 2013,  las parejas de 15 y más años de unión sean las que capitanean en las aguas del divorcio.

El Anuario Estadístico de Cuba, en su edición del 2016, establece en 33 174 la cifra total de divorcios, y nuevamente ratifica a los matrimonios que superan el decimoquinto aniversario como los más propensos a concluir. O sea, cuando las evidencias apuntan a la firmeza de la relación y ya se tiene, al menos, un hijo, puede fallar el concepto de obviedad.

Pero este no constituye el espacio para conferenciar sobre los motivos de los padres; tampoco pretendemos tasar la vulnerabilidad de una familia rota, porque el sufrimiento tiene sus propias máscaras, víctimas y verdugos. Sin embargo, la «resaca» post divorcio elige a sus favoritos —jóvenes, adoloridos— y, en silencio, les puede torcer el futuro.

Recuerden siempre que no a todos los condenados se les sometió a juicio.

Frente al espejo

La consecuencia de extrapolar las experiencias propias hacia la vida sentimental de nuestros hijos constituye una práctica teóricamente valiosa. Algunos actos y malas decisiones resultan atemporales, y cuando conocemos de antemano el gusto agrio de los errores, lo más humano reside en intentar evitarles el mal momento. Pero ahí viene el conflicto: la historia personal de cada quien no es un guion inalterable con aplicación infinita. Lo que no funciona para algunos, no tiene por qué repetirse con otros.

Sin embargo, Olidia, madre divorciada de una adolescente de 17 años, no comparte el mismo criterio. Es más, mantenerse al margen le resulta una negligencia imperdonable.

«Ya tengo la maldad de la vida y veo, antes de que sucedan, las cosas que ella ni siquiera imagina. Su defecto está en que piensa que todo el mundo es bueno. Los hombres vienen cortados por la misma tijera, no importa la edad, y si los acostumbras a “coger los mangos bajitos” se burlan de ti. Por eso intento educarla para que sea una mujer orgullosa y firme, de las que no se dejan engañar por cualquier “pela gatos». La he tenido que criar sola y ese sacrificio valdrá la pena. A mi hija no le van a jugar las malas cartas que me tocaron a mí, ¡para evitarlo estoy yo!».

Nicholas Wolfinger, profesor de estudios familiares y de consumo en la Universidad de Utah, en Estados Unidos, y autor de la investigación Entender el ciclo del divorcio: los hijos de divorciados en su propio matrimonio, expone en su tesis que, efectivamente, el riesgo de ruptura aumenta en un 50% cuando uno de los miembros de la pareja  tiene el antecedente de provenir de un hogar de padres separados.

Pero eso no es lo peor. La probabilidad de divorcio se triplica cuando ambos comparten la misma historia familiar, un hecho cada vez más factible si analizamos la altísima incidencia de este fenómeno a nivel global: las tasas van desde un 70% en Bélgica, hasta índices que superan el 20% del total de los matrimonios de Latinoamérica.

No obstante, las secuelas de una ruptura marital no obedecen a un esquema rígido. Los efectos sobre los hijos adolescentes y adultos pueden variar en dos direcciones opuestas; o bien se proyectan en el esfuerzo por lograr que sus relaciones sean felices y sólidas, o se deforman bajo el peso de las inseguridades y el temor a las relaciones a largo plazo.

En resumen, solo contamos con pronósticos, no con certezas, lo cual advierte el sociólogo norteamericano W. Bradford Wilcox, director del Proyecto Nacional de Matrimonios de la Universidad de Virginia. «El divorcio es un factor de riesgo, pero no hay tal cosa como un factor sociológico único que te predisponga al fracaso matrimonial futuro».

 ¿Firmar y cantar?

La psicóloga Judith Wallerstein, de la Universidad de California, realizó un seguimiento, durante 25 años, a 131 hijos de padres separados. En 1994, las conclusiones de su estudio estremecieron a la comunidad científica internacional: el trauma por un divorcio no se limita a la infancia, sino que prevalece durante toda la vida.

Divorcios y familias
El trauma por un divorcio no se limita a la infancia, sino que prevalece durante toda la vida. (Foto tomada de Internet)

« […] Muchos hijos del divorcio estaban atrapados en un intenso conflicto interior: preocupados por no repetir los errores de sus padres mientras buscaban un amor duradero. Muchos evitaban comprometerse mientras que otros iban impulsivamente de relación en relación con gente problemática que apenas conocían. Los dejé, preocupada por su futuro, pero esperanzada de que encontrarían  una forma de superar sus temores. »

Como factor interesante, la investigadora señalaba «las dificultades que encontraban para creer en la continuidad de la pareja, con lo que su nivel de compromiso con la pareja era mucho menor. Hay que tener en cuenta que el compromiso es un elemento importante tanto en la estabilidad de la pareja como en el grado de felicidad subjetiva que aporta».

Pero el «puntillazo» llegó en febrero del 2004, al anunciarse los resultados preliminares de un estudio de la University College Dublin que planteaban una hipótesis desgarradora: las consecuencias de un divorcio resultan más nocivas para los niños que la muerte de uno de sus progenitores. Según Patricia Casey, investigadora principal, la sensación de pérdida experimentada tras la ruptura de los padres supera el dolor por el fallecimiento de uno de los dos.

«Nadie debería engañarse con la idea de que el divorcio es fácil. Mantener un mal matrimonio juntos es difícil, pero proteger a los hijos después de un divorcio puede ser aún más complicado. Las parejas necesitan darse cuenta de esto».

La egolatría constituye una de las peores epidemias del nuevo milenio. El hedonismo levita sobre la razón y lo individual se privilegia, incluso, por encima de los que más amamos.

Compartir la angustia de dos personas que no se quieren debe ser tan estresante como morir en vida; lo mismo se siente cuando nadie intenta frenar el desastre ni pensar en algo/alguien más que su propio corazón.

Difícilmente lo que se quiebra vuelve a recomponerse, y un hijo «roto» habría de ser la última opción, no la más sencilla.

  • Juan Antonio Hernández Caraballo

No haré realmente un comentario sobre el tema, que está explícito, es de mucho interés, `pero como las personas mayores llevamos muchas vivencias en la mente, hoy recuerdo unas décimas que aprendí en mi niñez, y que de alguna manera tienen relación con el divorcio:
BORRACHERA
Anoche llegué embriagado
A mi casa y la mujer
No me dio ni que comer
Y me dijo descarado,
En bebida te has gastado
El dinero que cobraste,
Ni siquiera te acordaste
De pagarle al tintorero
Ni a tu hijo Baldomero
Un pantalón le compraste

Aquello ira me dio
Y cual si fuera un demonio
Me olvidé del matrimonio
Y de humano era yo,
El diablo se me se subió
Y rompí todos los platos,
Los calderos, los zapatos,
Las ropas y los sillones
Los jarros y los jarrones
Las mesas y los retratos.

Y ahora me pesa todo,
La infamia que cometí,
En qué lío me metí,
Estoy hundido en el lodo,
No encuentro la forma y modo
De acercarme a mi mujer,
Mi hijo no me quiere ver
Por un momento en pintura,
Y ahora estoy en la locura
De poderlos convencer.