Logo de Sexeando

Magnolias de acero

A petición de varios lectores trataremos la historia de cuatro mujeres empoderadas y a la vez amantes, madres y esposas, pero incomprendidas.

Marie Curi y Paul Langevin.
Marie Curie y Paul, junto a un grupo de mujeres. La foto fue tomada en 1910. (Foto: Tomada de Internet)
Visto: 2943

La rencorosa disputa por el poder privilegió a la testosterona desde tiempos bíblicos, a la vez que intentó legitimar, como certeza tácita, la supuesta tendencia femenina de «sazonar» las decisiones con más drama que sentido común. 

Nos enseñaron a valorar la historia desde una perspectiva puramente moralista, en la que héroes y heroínas vivieron y actuaron como santos y vírgenes, con un único y virtuoso propósito, ajenos a los deseos, la pasión y la necesidad de ser queridos.

Para las mujeres inmensas, sin embargo, las dificultades arrecian. Los mismos convencionalismos —extrapolados de siglo en siglo— levantaron el cadalso donde serían juzgadas. Siempre resultó más conveniente condenar a Eva. Adán, al fin y al cabo, es el hombre.

Ana Bolena

En 1522, con 21 años y grandes pretensiones, la hermosa Ana —hija de un respetado diplomático— regresaría a su patria luego de más de una década de ausencia. Entró, imperiosa, en la corte del monarca inglés Enrique VIII, conocido por sus caprichos, sus «bríos» de alcoba y la escasa tolerancia frente a la desobediencia.

Ana Bolena.
Ana Bolena. (Foto: Tomada de Internet)

María Bolena, la hermana de Ana, figuraba en ese entonces como una de las amantes del soberano, quien a su vez estaba casado con Catalina de Aragón. Durante un baile con la realeza, y haciendo gala de estratega, Ana se le insinuó provocativamente a Enrique y puso tierra de por medio para incrementar sus ansias. La obsesión del monarca aumentaba por hora, y justo cuando supo que lo tenía en su puño, Ana dio el golpe de gracia y le exigió que se separara de Catalina.

Por ella, el rey le solicitó al papa Clemente la anulación de su matrimonio, desheredó a su única hija y anunció el fin de su unión con Catalina de Aragón. Luego desposó a Ana ante el asombro y la crítica de la corte, dado su avanzado estado de gravidez. Tres meses después, en septiembre de 1533, la joven acunaba en sus brazos a una preciosa niña de cabello rojizo. Isabel, como la llamaron, fue recibida por su padre con desprecio y enfado.

En 1536, el ansiado príncipe llegaría al mundo. Muerto. Enrique VIII ni siquiera visitó a la reina. Por ese tiempo había encontrado entretenimiento en otra cortesana, Juana Seymour. Ana tenía que desaparecer.

Adulterio e incesto fueron los cargos que la llevaron al patíbulo, aunque luego se demostraría que las confesiones de los supuestos amantes se hicieron bajo tortura. Era 19 de mayo de 1536. El sufrimiento y el miedo marchitaron a la reina en cuestión de semanas, a pesar de tener solo 35 años. Defendió su inocencia hasta el último momento.

Ana Bolena pasó a la historia entre calumnias y mitos, pero su intervención en la vida de Enrique VIII giraría para siempre el timón político de Inglaterra. Su presión sobre las pasiones del monarca fue la clave para que la nación rompiese los vínculos con la iglesia católica y asumiera una nueva doctrina religiosa, el anglicanismo, e Isabel, su única hija, se convertiría en una de las soberanas más estables, controversiales y sorprendentes de la monarquía inglesa.

Anita Garibaldi

El 30 de agosto de 1836, la madre de Ana María Ribeiro de Jesús lograba quitarse una preocupación de encima. El mismo día en que la hija cumplía 15 años, prácticamente la obligó a desposar a un zapatero que le doblaba la edad, pero le ofrecía cierta seguridad económica. Se llamaba Manuel Duarte. Lo conocían por bebedor, abusivo y mujeriego, y ni siquiera el matrimonio con una de las muchachas más bellas de Laguna (Brasil) logró apaciguar sus defectos.

Tres años después llegarían a la ciudad las tropas que luchaban contra el poder imperial. Giuseppe Garibaldi, italiano y capitán del Río Pardo, la nave insignia de la flota republicana, fue de los primeros en arribar.

Anita Garibaldi.
Anita Garibaldi. (Foto: Tomada de Internet)

Cuenta la leyenda que Garibaldi descubrió a Anita mientras oteaba el horizonte con su catalejo. Ella se acababa de asomar a la ventana de su casa, y notó que alguien la miraba desde un barco. Sonrió con una dulzura que creyó olvidada y saludó levantando un brazo. Él adoró la imagen de aquella belleza pura y, sin pensarlo demasiado, desembarcó y fue a buscarla.

«Usted tiene que ser mía», fueron sus palabras de presentación. Huyeron aquella misma noche hacia el Río Pardo. Anita no supo que Duarte, ebrio como acostumbraba, tardó en percatarse de su ausencia, y que en el pueblo todos la condenaron por infiel y pecadora.

Junto a Giuseppe aprendió a disparar como el mejor soldado y a manejar la espada con sutileza y efectividad. Luchaban de día y se amaban de noche.

En marzo de 1840 les nació Menotti, su primer niño. Luego tendrían otros tres pequeños: Rosita, Teresita y Ricciotti. Los cuatro Garibaldi se engendraron y vinieron al mundo en campamentos del ejército, mientras sus padres soñaban con ideales de soberanía, justicia e igualdad.

Cuando esperaba el quinto hijo, en plena retirada de Roma a San Marino, en Italia, Anita contrajo la fiebre tifoidea. Sin atención médica y con el enemigo pisándoles los talones, la bella muchacha de Laguna no logró resistir. Solo faltaban 26 días para su cumpleaños 28.

Garibaldi escribió en sus memorias, décadas después, que descubrir a Anita le había cambiado la vida.

Los sepulcros de ambos están juntos, en la colina romana del Janículo, donde sendas estatuas ecuestres recuerdan la unión de Anita y Giuseppe en la lucha y en el amor.

Marie Curie

En 1903, la científica polaco-francesa Marie Skladowska Curie se convirtió en la primera mujer en la historia en ganar un Premio Nobel. Ocho años después repetiría la proeza, doblemente significativa por el hecho de que nadie había obtenido dos Nobel, y mucho menos en ciencias diferentes (Física en 1903, Química en 1911). 

Marie enviudó en 1908, y al pasar el tiempo comenzó una relación con un antiguo discípulo de Pierre, su esposo. Monsieur Paul Langevin lo tenía todo para enamorar a una mujer con sus características: talento, genialidad, elegancia y un futuro asegurado. Sin embargo, también existía una madame Langevin, dispuesta a defender su matrimonio y a destruir la imagen de la científica.

Marie Curie,.
Marie Curie. (Foto: Tomada de Internet)

Lo de Paul y Marie, sin embargo, trascendía lo momentáneo. Se querían, se necesitaban y se entendían como quien mira en un espejo su propio reflejo. Jeanne Langevin calculó el momento justo para lanzar la «bomba»: tres días antes de que Marie viajara a Estocolmo para recoger su segundo Nobel, declaró ante la prensa que su esposo la engañaba con una «arpía manipuladora». El apellido Curie, célebre en la comunidad científica internacional, nunca se vio tan enlodado. Lo menos que dijeron sobre Marie fue que era una «vagabunda intrigante que había hechizado a un hombre casado».

Los puritanos de Estocolmo se pronunciaron de inmediato. Todos temían los inconvenientes públicos de su nefasto ejemplo. Solo Albert Einstein la animó a presentarse: «Si la chusma sigue molestándote, deja de leer esas estupideces. Déjaselas a las víboras para las que fueron escritas».

Marie Curie viajó a Suecia, recibió su premio y cenó luego junto al rey. Nadie hizo comentarios desagradables y la velada transcurrió sin sobresaltos.

Paul y Jeanne se separaron definitivamente al poco tiempo, pero las heridas infligidas por la amenaza, el temor y las presiones sociales, lapidaron las esperanzas de Marie. El único vínculo que los unió a ambos, hasta la muerte de ella, en 1934, fue el de su pasión por la Física.

Marilyn Monroe

Cuando Norma Jeane Baker aún no soñaba con convertirse en Marilyn Monroe, se casó con James Dougherty, un obrero aspirante a policía. Solo tenía 16 años, pero sabía que si no formalizaba su situación la volverían a llevar a uno de los terribles orfanatos que ensombrecieron su infancia.

Norma creció sin padre, violentada, insegura, carente de protección y con ansias de que la quisieran. El matrimonio con Dougherty duraría cuatro años. En ese lapso lo reclutaron y tuvo que marchar a uno de los frentes de la Segunda Guerra Mundial, mientras ella se quedó en Los Ángeles y se convirtió en una cotizada modelo. Lo que siguió fue coser y cantar: Hollywood la descubrió, le tramitó el divorcio y puso en sus manos el primer contrato para filmar una película. No más Norma. ¡Welcome, Marilyn!

Marilyn Monroe
«Los perros no me muerden, sólo los seres humanos», dijo Marilyn en una entrevista. A pesar de su innegable talento, el mundo ha preferido recordarla como la bella seso hueco que triunfó en la vida a golpe de suerte y buenas curvas. (Foto tomada de Internet)
Joe DiMaggio, el astro de los Yankees de New York, la hizo su esposa en 1954 y, con su unión, arrodillaron a América. ¡Dos ídolos juntos! Pero a los nueve meses de convivencia él tiró la toalla. Marilyn sufrió toda clase de ataques verbales y humillantes escenas de celos. DiMaggio no se adaptaba a la condición de estrella de su mujer, y ella eligió su carrera.

Sola de nuevo, como siempre. El dramaturgo Arthur Miller se convirtió en su tercer esposo, aunque aún rondaban comentarios sobre una posible reconciliación de Monroe con DiMaggio. La amó con locura e intentó hacerla comprender que valía y era mucho más que el maniquí predilecto de la industria del cine. Pero Marilyn solo sonreía para las cámaras. Depresiva, obsesionada con tener un hijo, autodestructiva y triste, terminó por abandonar la nave de su último matrimonio en 1961.

La diva de millones se encerró en su soledad crónica. Mientras tanto, se especuló sobre un doble affaire con los hermanos Kennedy (John y Robert), y la relacionaron con tantos otros hombres que nadie tiene el dato exacto de lo real y la ficción.

El 5 de agosto de 1962 la encontraron muerta, bocabajo, en su cama. Una sobredosis del barbitúrico Nembutal le detuvo el corazón.

Hasta el día de hoy, la prensa rosa no le perdona el hecho de que muriera con el cabello descuidado y las piernas sin depilar. 

  • Juan Antonio Hernández Caraballo

Las historias contadas de Ana Bolena, Anita Garibaldi, Marie Curie y Marilyn Monroe son sencillamente muy interesantes y sus odiseas en el amor también lo son, sin embargo estoy seguro que todos estos conocimientos de su vida privada trascienden por el simple hecho de ser mujeres que se destacaron sobremanera en una dirección muy bien definida de la inteligencia y las habilidades del ser humano, porque de ser damas que no tuvieran ese aval nadie conociera tales cosas, cuántas aventuras y desventuras ha sufrido la mujer común, sin que nadie les preste la mayor atención.

  • Ana Ruiz

Juan Antonio Hernandez Caraballo,se reconoce en algunos mamíferos la existencia de homosexuales.Pero como bien le respondieron la orientación sexual no tiene nada que ver con la inteligencia,ejemplo de ello tenemos de sobra.

  • Liena M. Nieves

Hola Juan Antonio!, disculpe, pero no entiendo la naturaleza de su duda sobre la homosexualidad y su vínculo con la inteligencia de los seres humanos....o sea, hablamos de la orientación sexual de las personas, que sea cual sea (homosexuales, heterosexuales, bisexuales) nada tiene que ver, en ningún sentido, con el nivel de razonamiento y lógica.
Saludos y gracias por leernos

  • Juan Antonio Hernandez Caraballo

La Historia de la sexualidad humana debe ser bien interesante, y ahora con el respeto que debemos tener a las diferentes preferencias sexuales, este tema se ha enriquecido. También es cierto que el sexo está muy ligado a la procreación y a la perpetuidad de la especie. ¿Será que la homosexualidad por ejemplo, está ligada con el ser social de los humanos y su inteligencia? ¿Se conoce la homosexualidad en alguna especie animal?, Me gustaría conocer sobre este tema.