Maestra como ninguna

Forjadora de sueños y personalidades, moldeadora de actitudes y aptitudes, así es ella: maestra como ninguna.

Maestra con alumnos.
(Foto: Ramón Barreras Valdés)
Visto: 625

Forjadora de sueños y personalidades, moldeadora de actitudes y aptitudes, así es ella: maestra como ninguna.

Nunca la vi inactiva, ociosa o con desgano. Sus cabellos casi blancos revoloteaban entre los pupitres. En un balbucear de vocales, consonantes, sumas y restas, cotizaba caricias, consejos, elogios y algún pellizquito de oreja. Pero nunca hubo afrentas, solo alabanza y respeto.

A su imagen y semejanza nos trastocábamos todos en un combate escuela-hogar, siempre ganado por  ella, guerrera de tizas y borrador. Esa que buscaba la belleza del alma, y cuesta arriba llevaba nuestros anhelos en un impulso titánico de vernos grandes de intelecto, bondad y realización personal.

Estuvo ahí cuando aprendí a leer y puso en mis manos El principito. Clara como un sol y fuerte como un muro me acunó tras aquella torpe caída que me hizo sangrar y enjugó mis lágrimas con un beso en la sien.

Maestra recibe felicitación de sus alumnos.
(Foto: Ramón Barreras Valdés)

Habitó a nuestro lado mientras nos identificábamos con pañoletas de rojo y azul, y más de una vez llenó la jabita vacía con merienda. Nos impulsó a cultivar las artes, el deporte, la ortografía; revisó cada día la lección extracurricular de leer un buen libro, sembrar un árbol y sentirse útil.

Maga, excepcional y única la sentíamos nuestra, y cada flor tenía su nombre. Paciente, nos regó con sabiduría y afán generoso, sin miedo a la inminente partida. «El germen de los conceptos que aplicará en la adultez se forma desde que el niño nace»; dijo en aquella reunión de padres que escudriñamos detrás de la puerta.

Cada jornada se engalanaba de pequeños e instintivos abrazos y las tonterías infantiles de quienes la imitábamos hasta en el caminar. No necesitábamos de diciembre para homenajearla. Siempre adoramos su paciencia para desterrarnos de culpas y sacar la enseñanza en cada desacierto, para pintarnos de colores la mañana triste.

No sabíamos entonces que tiempos atrás se había arrancado la prisa y la había echado a volar; que se escurrió las mezquindades propias del humano y revistió de altruismo y virtud sus pecados. Ávida de afecto y con un corazón tan grande como para que cupiera un enjambre de infantes; efusiva y a sabiendas de encontrar su felicidad mayor en la superación y el progreso de otros, se hizo maestra.

Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembra besos, sentenció José Martí; y así expresaba ella al acunar sus locos bajitos devenidos médicos, ingenieros, constructores, artistas, abogados, periodistas.

La llamaría Nereida, Teresa, María Esther, Caridad, Frank, Grisel, María Isabel, Mercedes o Pedro y no acertaría. Así es ella, o ellas (os). Intento recordar su nombre y las letras se desdibujan. Hoy solo alcanzo a sentirme agradecida y deudora.

No hay publicado ningún comentario. Sé el primero en empezar el debate.

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social.