Hablemos de la cotidianidad

Una mirada al día a día en el amor, ese sentimiento complejo que nos hace tanta falta para vivir.

Amor
(Foto: Tomada de Internet)
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Dicen que el día a día es fatal para el amor. Cursa como un pequeño resfriado al que no se le presta mucha atención y al paso de los años colapsa el corazón y los pulmones, de tal forma que quieres correr en estado de shock, en busca del aire que no logras conseguir.

Dicen que la rutina es pésima y como casi nadie le dedicará unas líneas en esta semana tan cargada de corazones rojos y ositos de peluches, hablemos entonces de la cotidianidad.

Hablemos de la sucesión de hechos que conforman los meses y los años, como la línea de producción en las fábricas automatizadas que nos recuerdan al Chaplin de Tiempos Modernos. El mismo beso de por la mañana que se repite en las noches, la misma pose al dormir, las mismas mañas y defectos que aburren.

Hablemos de la cotidianidad: de esa cama tan grande que un día fue pasión, con una temperatura mayor a la registrada en el estallido de una supernova.

Ahí está, ese cuadrado que se sostiene sobre cuatro pequeñas y frágiles patas de madera. La sábana, floreada y tan bien tendida que se nota que nada o casi nada ha pasado en ese lugar en los últimos días.

Llega él, como siempre, y mueve la sobrecama hasta la mitad y crea una línea casi perfecta, divisoria, una línea imaginaria que han decidido no violar.

Ese es el momento en el que te preguntas: ¿Y yo qué hago aquí? Mientras ahora él es un total desconocido.

Sin embargo, esa noche sientes un pie, que como intruso en una tierra que hace rato no visita, cruza la frontera y te toca. Te toca y explotas con tantas ansías archivadas por colores, sabores, formas…

Ahí estás, amando a ese que parecía un extraño, con el que has protagonizado locas peleas al estilo de: «el congrí no lleva ají cachucha» y aunque sabes que sí, lo lleva, eres terca a la n + 1 y no estás dispuesta a perder.

Entonces recuerdas la forma en la que te ayuda a abrocharte el ajustador por la mañana, con esas manos gordas y frías que al terminar recorren la espalda, acarician el surco de la columna para luego besarte en la nuca y despedirte con unas nalgaditas cariñosas.

El mismo que te observa mientras llevas el short con el que nunca saldrías a la calle, ese que le sobran centímetros a la regla para medirlos. Estás de espalda, recostada a la meseta, deshaciendo alguna receta culinaria (y digo deshaciendo porque lo sabes, eres pésima en la cocina) cuando llega y a pesar de saber que esa tarde la comida será «pura creatividad» te abraza de una forma tan apasionada como nunca vas a olvidar.

A ese extraño con el que ya no podías vivir lo conoces con tan solo mirarlo, sabes cuándo ríe de verdad y cuándo lo hace por quedar bien. Entonces la que sonríes eres tú, con picardía, cuando recuerdas esos secreticos que solo los dos comparten y localizas en tu mente aquellos lugares, incluso los que no le revelarías a nadie, que guardan la historia de los dos.

De repente pensaste en la vez que estuvo lejos, en la desazón de las noches de domingo, incluso, en la falta que te hace, aunque sea para pelear, porque hasta tenían sus encantos aquellas peleas locas que se volvían tan absurdas que terminaban en risas.

Entonces, mientras el pie transgrede la línea imaginaria de la cama y la sábana de flores se convierte en un burujón en la esquina del cuarto, te das cuenta de que hay felicidad en el día a día. Siempre ha estado ahí, como los espejuelos que buscas y llevas en la cabeza.

Y sabes que no tienen razón los que dicen que la cotidianidad es fatal para el amor, porque ese, el más verdadero de los sentimientos, no viene en el empaque de las películas rosas.

El amor puede llegar lleno de miedos y dudas. Muchas veces, el amor es lo que estás viviendo mientras observas a esa persona que se acuesta a tu lado en la cama y te preguntas: ¿y cómo es que vivo con él?