Orgullo campesino

Ranchuelo ganó la sede del acto provincial por el Día del Campesino Cubano, celebrado el 15 de mayo, en el poblado de Esperanza.

Finca El Esmero, ubicada en el kilómetro 287 de la Carretera Central, en La Rosita, inmediata al poblado de Esperanza
El Esmero, la finca de Danilo Rubio Olivera, ubicada en el kilómetro 287 de la Carretera Central, en La Rosita, inmediata al poblado de Esperanza. (Foto: Arelys María Echevarría)
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Ya quedan vivos pocos de los campesinos beneficiados con la Primera Ley de Reforma Agraria, firmada por Fidel Castro en La Plata, Sierra Maestra, el 17 de mayo de 1959. De aquellos hombres humildes, que al decir del Comandante en Jefe habían «estado sufriendo en el abandono y en el olvido, y que fueron los que en el 68, en el 95 y en esta última gesta libertadora hicieron los mayores sacrificios».

Sin embargo, sus hijos y sus nietos han heredado no solo las tierras entregadas por la Revolución, sino las cualidades que siempre han distinguido a los hombres del campo cubano, cuya hospitalidad y bondad ponen de manifiesto apenas usted llega a su finca o a su casa.

Así nos sucedió en El Esmero, la finca de Danilo Rubio Olivera, ubicada en el kilómetro 287 de la Carretera Central, en La Rosita, inmediata al poblado de Esperanza, y, de igual manera, en la vivienda del productor Martín Ávalos Machado, de cultivos varios, donde también nos esperaba Rafael Martínez Lago, un ganadero y porcicultor de los buenos a quien todos conocen como Bigotes.

Danilo en su sembradío de yuca
Danilo en su sembradío de yuca, en el que emplea, como en el resto de los cultivos, técnicas agroecológicas. (Foto: Arelys María Echevarría)

Nada más llegar, y las atenciones sobraban. Con una diferencia respecto a sus abuelos, entonces analfabetos o semianalfabetos, los tres son hombres cultos, hasta con maestrías cursadas, llanos y francos al hablar.

Tales atributos, unidos a su laboriosidad y perseverancia, los hace sobresalir entre los 293 asociados de la Cooperativa de Crédito y Servicios Marcelo Salado, una CCS ranchuelera destacada, que desde el año 2002 dirige Nelvis Noa Fonseca. Mujer, también con estudios universitarios, conoce al detalle los oficios del campo y las buenas maneras para dirigir.

Danilo fue durante ocho años cuadro de la UJC, director de Comercio del municipio y gerente del ServiCupet 259. Martín Ávalos trabajó durante décadas en la industria azucarera y llegó a administrar el central Ifraín Alfonso. Bigotes además anduvo más de 30 años atareado en la producción de azúcar.

No obstante, a los tres los haló más el campo. Descendientes de campesinos, decidieron regresar a los orígenes. Igual le pasó a la presidenta Nelvis, quien cambió el uniforme de enfermera por el traje de guajira-dirigente.

En «El Esmero» de Danilo

En la finca El Esmero, de Danilo, todo reluce, y cada faena agrícola se hace con el celo y cuidado que requiere.

Hombre meticuloso y con habilidades manuales desarrolladas, tiene bien diversificada su finca, en la que emplea técnicas agroecológicas de avanzada, en aras de elevar los rendimientos y asegurar la sustentabilidad del medio ambiente:

«Son tierras de mucha explotación, pero con buenas simientes y atenciones culturales adecuadas, los rendimientos en la yuca, boniato y granos son buenos. Llevo ocho años trabajando la finca, y los resultados superan a los de mis tíos y otros productores de mayor edad, quienes llevan 60 años laboreando los surcos. ¿Por qué? Pues porque pude estudiar gracias a la Revolución. Son las consecuencias visibles de los conocimientos que se nos ha dado a los campesinos y a todos los cubanos, a lo largo de estas seis décadas».

Pero el esmero de Danilo va más allá de los cultivos varios. También se manifiesta en la cría de animales, tanto de ganado mayor, con unas 70 reses, como en el casi centenar de carneros que mantiene bien alimentados.

Marajá, pura raza árabe
Marajá, el pura raza árabe, obsesión de Danilo y prueba de su amor por los animales. En su finca, abundan los perros que acoge al ser abandonados por sus dueños. (Foto: Arelys María Echevarría)

«Cada año me preparo para 12 meses de sequía. Así que nunca falta el alimento. Siembro king grass y caña, y como todas mis cercas son de postes vivos, poseo unas 160 000 matas entre almácigo, ciruelón, bienvestido y guásima, cuyo follaje me sirve también de comida. Es maravilloso ver nacer, criar y crecer a un animalito. Ninguno de ellos pasa hambre nunca. Los cuido con amor y dedicación».

Danilo tiene sembradas también matas de guayaba, y ahora experimenta con un clon de plátano burro proveniente del Instituto Nacional de Investigaciones de Viandas Tropicales (INIVIT), en Santo Domingo. «Dicen que estas tierras no son de plátano. Voy a demostrar que es posible. Estoy utilizando abono natural y te aseguro que los racimos serán enormes».

Este campesino esperanceño cuenta, además, con unas 60 colmenas para la cría de abejas reinas.

Como afición, pero prueba irrebatible de su amor por los animales, posee un bello caballo semental de raza árabe, llamado Marajá.

«Es mi pasión. Su padre es un pura sangre adquirido por Cuba para procrear y mejorar la raza. A Marajá lo traje de potrillo desde Camagüey. Nadie lo ha montado jamás y solo yo puedo tomarme ciertas atribuciones con él, que de olerme, nada más, sabe que soy su dueño. También conoce mi chiflido. Tiene casi un centenar de hijos, con los que se ha mejorado la raza en esta zona de la Esperanza».  

De las manos hábiles de Danilo salen bellas espuelas, adornos para sillas de montar y hasta volantas. «Todo porque me gusta, no por lo que me pueda reportar económicamente. Amo y disfruto mi trabajo».

Martín y Bigotes

Martín Ávalos es de hablar pausado y reflexivo; Rafael Martínez, Bigotes, más temperamental y desconfiado. El primero es productor de cultivos varios en su finca Santa Ana, en las laderas del río Sagua la Grande, a unos cinco kilómetros del poblado de Esperanza. Bigotes entrega al Estado cada año entre 45 y 50 toneladas de carne de cerdo y más de 35 000 litros de leche. A lo que suma otras 15 toneladas anuales más de carne vacuna.

Martín tiene una vivienda confortable que comparte con su esposa. Sentados en la sala, conversamos sobre la rutina diaria. «Cada año produzco entre 12 y 14 cultivos: yuca, tomate, calabaza, maíz, frijol, ajo, cebolla, por citar algunos. Además de sembrar caña para mis animales.

Martín muestra la cosecha de ajo
Martín muestra el ajo producido en la actual cosecha. (Foto: Arelys María Echevarría)

«Realmente la cosecha de este año no ha sido todo lo buena que hubiera deseado, pues todavía arrastramos los daños del huracán Irma. Perdí toda la yuca, el maíz, los frijoles y el semillero de tomate. Aún no me he repuesto del todo.

«El  trabajo es duro. Madrugo todos los días y no tengo sábados ni domingos; hay que subordinarlo todo a lo que el cultivo solicite. En un solo día, cualquier plaga puede arruinar el esfuerzo de meses, sobre todo, en la cebolla y el ajo, muy sensibles a las enfermedades.

«Soy hijo y nieto de campesinos, desde pequeño aprendí de los rigores del campo, pero también me enamoré de sus encantos y bellezas. Ahora mismo estoy preparando seis hectáreas de terreno para sembrar maíz».

Bigotes dice sentirse deudor ciento por ciento de la Revolución. «Solo un hombre me ha ayudado: Fidel», afirma.

Bigotes, ganadero
Bigotes, ganadero por excelencia, y hombre consagrado por entero al trabajo que ennoblece. (Foto: Arelys María Echevarría)

Campesino de inteligencia y estudios, todo lo cavila bien, y por estos días andaba medio preocupado por el impuesto que debía pagar a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) por las utilidades del año, algo nuevo para el sector campesino:

«Vivo enamorado de mi trabajo y no estoy en contra del impuesto, pero necesito que me expliquen la cuantía a pagar para saber cómo poder hacerlo mejor. Yo le vendo todas mis producciones al Estado y seguiré haciéndolo. Conocer el dinero que debo abonar como impuesto resulta muy importante para mí.

«Me costó mucho trabajo levantar mi finca Las Mercedes, de unas cinco caballerías de extensión. Como porcicultor entrego al Estado cada año unos 800 animales, y como ganadero poseo un rebaño de 243 cabezas, que dan anualmente más de 30 000 litros de leche. También, en convenio con el propio Estado, vendo toros de ceba, capaces de aportar unas 15 toneladas de carne vacuna».

Cifras nada despreciables las de este productor, cuyo día empieza a las 4:30 de la madrugada y concluye, por lo regular, 14 o 15 horas después, entre las 6:00 y 7:00 de la tarde-noche:

«Lo mío lo cuido y mantengo a mi manera. Los monteros que trabajan conmigo saben cómo me gustan las cosas y tienen que hacerlo como les digo, con mis métodos.  Recorro casi a diario cada lugar de mi finca, y de solo pasar la mano por una canoa de comida, sé la cantidad y las proporciones que les echaron a los animales. No me descuido nunca.

«Mis rebaños no pasan hambre. Les hago yogur de yuca, de boniato, y les siembro caña y king grass. Están bien alimentados. Mantener estables los ritmos de producción cuesta años de labor, y puede desbaratarse en poco tiempo. Por eso hay que permanecer atento a todo, y con las cuentas y los números claros».

Por suerte, para Bigotes y, también, para Martín, con nosotros estaba el miembro del Buró Provincial de la ANAP Arney Martínez Chongo, quien había recibido el seminario capacitador de la nueva medida impositiva. Arney, con sabiduría y palabras de «guajiro a guajiro», le explicó la metodología y le sacó las cuentas de lo que debía pagar al fisco: «Eso es lo que me hacía falta saber», dijo complacido Bigotes. «Ahora ya sé lo que me toca y cómo puedo hacer para pagarlo».

Nelvis, jefa y amiga

Nelvis Noa Fonseca dirige la CCS Marcelo Salado desde 2002, y ha sabido conducir con mano firme y sensibilidad femenina a los casi 300 asociados bajo su mando.

Son en total 639,42 hectáreas; de ellas, 433,68 dedicadas a cultivos varios, y las restantes, a la ganadería.

Hija de campesinos, asegura que las mujeres tienen dotes que las diferencian y hacen que dirijan con mayor grado de sensibilidad. «Eso compromete más a los hombres. Fíjate que el huracán Irma me arrancó parte del techo de la casa, y mientras llegaba el subsidio, se me apareció Bigotes con un maletín de dinero y me dijo: “Coge, resuelve, y me pagas cuando puedas, sin apuro”. Una prueba  de su gran corazón, pero también del cariño y la consideración que me he ganado.

Nilvia
Nelvis, mano firme y suave de mujer dirigente, orgullosa de su origen campesino y defensora de las tradiciones del hombre de campo. (Foto: Arelys María Echevarría)

«Soy defensora del Movimiento de Mujeres Creadoras y de fortalecer los Círculos de Interés de Tradiciones Campesinas como vía de mantener vivas las costumbres del campesino. Intento atraer a sus hijos para que les guste el labrantío, sus orígenes. Fortalezco el trabajo con los alumnos de la ESBU Javier Calvo Formoso, en Esperanza, y de la Escuela Primaria Rural Eduardo René Chibás; allí está el relevo de Danilo, Martín, Bigotes y los demás asociados. También abogo por el rescate de las Ferias Agropecuarias y Expositivas, pues es lo que más les interesa y motiva a esos muchachos ».

Por gente trabajadora y entusiasta como Nelvis, Danilo, Bigotes y Martín, entre tantos, Ranchuelo ganó la sede del acto provincial de la ANAP. Lauro merecido de un municipio eminentemente productor de granos, que cuenta con 28 cooperativas; de ellas, 26 CCS y unos 4862 socios; con 11 mujeres ocupando cargos de dirección.

Al despedirnos de Nelvis, queda grabada en nuestra mente una frase que nos dijo al inicio: «Cierto que es un trabajo abnegado y duro, pero ser campesino es un orgullo. Todos los que lo somos no dejaremos de serlo jamás».

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