Pasaje al sur villareño

Las tropas invasoras dirigidas por Máximo Gómez encontraron en las montañas un abrigo natural para el futuro avance hacia Occidente.

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A las regiones noroccidentales, primero, dirigió Gómez la insistente mirada durante las jornadas iniciales del año 75* cuando plantó el acoso al territorio villareño. Allí residían los sostenes azucareros de Remedios, Sagua la Grande o Colón. Diferente a esa estrategia, decidió que las fortunas estaban hacia el sur, más abrupto y virgen, expuesto por sus similitudes geográficas  a las exitosas campañas que un lustro atrás, en zonas de Guantánamo y Baracoa, abrieron los resquicios del tránsito de insurrectos y acoso a comarcas orientales.

El conde de Valmaseda, capitán general, asentado ahora en provisional cuartel en Las Cruces, jurisdicción de Cienfuegos, conocía con exactitud la osadía y pericia de Gómez, un enemigo que, después de tomar el poblado de Jíbaro, en Sancti Spíritus, lanzó una proclama a los «¡Villareños!» para sumarlos al ejército. 

Enrique Collazo
Enrique Collazo, cronista y ayudante de Máximo Gómez en los primeros años de guerra en zonas orientales. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)

Así recordó Enrique Collazo, el ayudante en la zona oriental del mayor general dominicano, al delimitar historias en Desde Yara hasta el Zanjón (1967), texto que sitúa a los incorporados como «soldados de la libertad, los defensores del derecho, los trabajadores incansables por la redención de un pueblo oprimido». El bando español también hizo una arenga.

Blas de Villate y de la Hera, conde de Valmaseda, recién llegado a La Habana, en marzo de 1875 —en sustitución de José Gutiérrez de la Concha—, previo a su establecimiento en Las Cruces,  lugar en el cual situó contingentes de tropas, estaba decidido a no dar tregua al Ejército Libertador y a las fuerzas que se alistaban a su paso incontenible por campos y ciudades.

El primero, en su tercer mandato como capitán general, desde marzo de 1875,  llamó «A las jurisdicciones de Sagua, Villa Clara, Cienfuegos, Remedios, Trinidad, Sancti Spíritus y Colón» para infundir aliento y frenar una guerra que ya tocaba «las ricas zonas donde la agricultura y la industria alcanzaban su mayor desarrollo para reducirlas a cenizas», como advirtió.

Una diatriba, después del relevo, implantó Gutiérrez de la Concha en su Memoria del Capitán General Marqués de la Habana sobre la Guerra de Cuba (1877), caracterizada por el intento de sacudirse el polvo dejado luego de los primeros meses de invasión de Las Villas, cuando un «grande peligro había […], y era el de que destruyesen su riqueza incendiando sus valiosos ingenios […] Esto bastaba para que […] produjese la alarma, no solo en aquel territorio, sino hasta en la misma población de la Habana, que hasta entonces no se preocupaba de la guerra a pesar de los reveses sufridos por nuestras tropas».

Acciones bélicas de la caballería mambisa. (Foto: Autor Desconocido)

En reiteradas ocasiones hay una mención a las osadías de los jinetes que comanda el mayor general cienfueguero José (Pepe) González Guerra, entonces brigadier en los inicios de la invasión cuando, por órdenes de Gómez penetró en la región centro-sureña, agrupando fuerzas mambisas de Trinidad y Santa Clara en las cercanías de Manicaragua, Manaquitas, Potrero Quiñones, Alacranes, o Colón, y con «400 caballos se presentaba en la parte de Ranchuelo, sobre el camino de hierro de Santa Clara a Cienfuegos, empezando a quemar valiosos ingenios que allí se encontraban», precisa la narración de Gutiérrez de la Concha.

Asedio de fuerzas cubanas a un fortín español según grabado del historiador Rafael Guerrero. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)
Tropas insurrectas concentradas en la manigua. (Foto: Autor Desconocido)

Aquel viejo proyecto del general Gómez de llevar la revolución a  Occidente, invadiendo Las Villas, casi pacificadas antes de su llegada, según expone en el Convenio del Zanjón. Relato de los últimos sucesos de Cuba (1878), tomaba fuerza años después en la serranía villareña, lugar sobre el cual lanzó ofensivas hacia Ranchuelo, Potrerillo, Guayabo, Manicaragua, Lomas Grandes y Santa Rosa, así como asaltos a los fuertes de María Rodríguez, Barajagua, Viajacas, Tamarindo y Mandinga. Ya el jefe del 3er Cuerpo del Ejército Libertador no contaba con aquellos primeros 464 caballos y 700 infantes, y un total de 1164 hombres que inicialmente lo acompañaron en el cruce de la trocha de Júcaro a Morón. Las fuerzas, los animales y las provisiones de guerra aumentan por días.

Abrigado lomerío

Collazo indica que el «efecto causado por la invasión de Las Villas había sido extraordinario; el incendio, arma terrible con que castigaban los cubanos la avaricia de los partidarios de una zafra más, era terrible: sobre el territorio invadido había siempre una nube de humo y cenizas». Durante los dos primeros meses del año 75 no hay enemigos que se resistan a la arremetida insurrecta.

Estudio crítico de Máximo Gómez sobre los acontecimientos últimos de la Guerra del 68. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx tomada del Fondo Garófalo del Archivo Histórico de Villa Clara)

A finales de enero, en su Diario de campaña Gómez escribe: «aún no bien orientado de la topografía del territorio por donde primera vez vengo a hacer la guerra […] no entran en mis planes presentar combates formales al enemigo […]. Además, creo conveniente formar una sólida base de operaciones en Sancti Spíritus que sirva para apoyar las otras Villas». Es una guerra relámpago, de muerde y huye, siempre que pueda, con el ánimo de salir airoso en las confrontaciones y recorridos por zonas de montaña que incluyen parte de Trinidad, Villaclara y Cienfuegos. En La campaña de Cuba. Recuerdo de un soldado (1876), Juan V. Escalera, joven voluntario de Cádiz alistado en el ejército español, hace una sorprendente evocación de los enfrentamientos con fuerzas cubanas en la región del sur.

Advierte el alférez que Potrerillo es el primer punto del centro del país en el cual se estacionan las fuerzas de Aragón y Andalucía dispuestas a sosegar la temeridad de los insurrectos. Declara que el «pueblo […] había quedado casi desierto. La mayor parte de sus familias se hallaban en la insurrección, y nuestro mayor y más constante deseo era encontrar al enemigo, empresa no siempre fácil». No hay otro libro, excepto la exactitud del detalle del Diario de campaña de Máximo Gómez, que, desde la perspectiva del soldado contrario, contenga datos precisos para la historia regional en un trecho definido de la contienda entre fuerzas cubanas y españolas deseosas de dominar un combate, una escaramuza guerrillera y un fuerte militar. 

Los detalles de Juan V. Escalera aumentan cuando aborda las acciones desencadenadas por la caballería cubana que dirige el brigadier José (Pepe) González Guerra  por el sur villareño, primero que penetra en la «jurisdicción de Santa Clara», esclarece. El jefe insurrecto se asienta en la zona de Arimao y el nacimiento del valle de Siguanea (bajo aguas del embalse Hanabanilla),  Ranchuelo, San Juan de los Yeras y Encrucijada, donde crecieron los estragos a las propiedades ferroviarias y azucareras. 

Defensa de un fortín español ante el ataque insurrecto. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)

El combate de Cafetal González adquiere descripción subliminar.  Por horas fue «reñido como ninguno […], y los insurrectos llamaban su triunfo de Manaquitas, en los cerros del Jíbaro, entre el Hoyo de Manicaragua,  Barajagua […], suceso que desde antes de la noche del 19 ¿febrero del 76?, los tenía envalentonados», refiere la narración de Escalera, justo cuando, un mes antes, el conde de Valmaseda, imposibilitado de sofocar la rebelión independentista, cedía el mando español, por segundo período de gobierno, al general Joaquín Jovellar y Soler.

En abril, ya con la primavera, se reciben una parte de los refuerzos, principalmente de villareños, dejados antes en Camagüey, muy solicitados por Gómez al Gobierno en Armas cuando asumió la jefatura de la invasión. Sin embargo, esas fuerzas no bastan, y apenas conocían la guerra en territorios serranos. En mayo, bajo temporal lluvioso, cuando el general jefe dominicano está a punto de trasladarse a Remedios, proyecto que desestima, llegan informaciones «fatales. El general Vicente García, poniéndose al frente de una sedición que desconoce la actual administrador, se ha opuesto al envío de los refuerzos, así, y como es natural, se ha trastornado todo mi nuevo plan de campaña», acota en el Diario de… Otros sinsabores vendrán. Por un instante no se asemejan a las proposiciones «indecorosas de Valmaseda», precisa, cuando solicitó en cierta ocasión respetar las realizaciones de la zafra y hasta una posible autonomía.

Mapa de la provincia de Santa Clara surgida después de 1878. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)

En julio, añade Escalera, «nos incorporábamos a nuestro batallón en Villa Clara. A los pocos días salíamos de allí conduciendo un convoy de 50 carretas para Manicaragua […]. Volvimos a emprender de nuevo las operaciones por La Moza, Hoyo de Manicaragua, Barajagua, potrero del Francés y Loma del Vizcaíno […], continuando nuestro batallón sus operaciones hasta Cumanayagua, en cuyo punto descansó […], regresando a Villa Clara», cuando el 20 de julio, en horas de la noche, fuerzas al mando del mayor general Manuel de Jesús (Titá) Calvar Oduardo, atacan y toman pertrechos de guarniciones de la capital de la jurisdicción central. Un hecho que, con control absoluto de los mambises por una hora, no tuvo antes precedentes por el grado de concentración de fuerzas militares, fuertes y trincheras que allí existían.

Por el lomerío villareño anda el general peninsular Luis Prats y Bandragen. Ordena construir obras de defensa para resguardar las tropas, y cobertizos y barracones y casas para tranquilizar a la población residente en Las Moscas, Hoyo Padilla, Mamoncillo, Loma del Ternero, Tamarindo, así como en los valles de Siguanea, Jibacoa y Guanayara. También los soldados talan árboles en los potreros de Francés y Vizcaíno, sitios de guaridas mambisas.

En diciembre de 1875 Gómez apunta en su Diario de campaña que «los españoles están bien fortificados y la gente de infantería con que cuento, no es apropósito para una sorpresa». Los españoles construyen otros fuertes, entre los que sobresalen Ojo de Agua y Mandinga, ubicados en la tenencia del partido de Cumanayagua. Desde el último, el alférez Juan V. Escalera escuchó con reiteración el «sonido ronco y destemplado del clarín que usaba el enemigo en sus ataques», y  acopió detalles para componer su historia de siete años de permanencia en Cuba.

Roen las angustias

Henry Reeve
El Brigadier Reeve muerto en Yaguaramas. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)

Arsenio Martínez Campos, general en jefe desde el 9 de octubre de 1876, al igual que Valmaseda y Jovellar, plantaron su cuartel militar en las jurisdicciones centrales. Era la acostumbrada maniobra por cortar el paso a las fuerzas insurrectas que, ya en agosto, arribaron a las zonas de Yaguaramas, lugar donde murió el brigadier Reeve, hombre de probada confianza de Gómez.

La indisciplina, el resquebrajamiento de la moral y el caudillismo entre los jefes insurrectos villareños en contra de Gómez, y los estrategas venidos antes desde Camagüey, comenzaron a mellar, a pesar del arrojo independentista, las decisiones de los combates. Una organización segregacionista, y secreta, según los rangos militares, la «Unión Republicana», de la cual hay pocas consideraciones, impuso boquete al regionalismo. Primero fue la negativa de aceptar al «Brigr (sic) Antonio Maceo, jefe de reconocida pericia y notable fama […]; lo reemplazará el coronel Gabriel González que antes de dos meses sufre la misma suerte […], y la oposición que algunos jefes de Las Villas hacían al general Sanguily y a varios jefes camagüeyanos que a mi juicio no había con quién reponer de momento», apunta Gómez en el Convenio del Zanjón… , un texto de imprescindible lectura para evaluar los acontecimientos de la guerra.

Fragmento de las Bases de la Capitulación del Zanjón. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx tomada del Fondo Garófalo del Archivo Histórico de Villa Clara)

Después afirma: «Previa que mi situación sería complicada y difícil, que los villareños con su sistemático provincialismo repetían las mismas escenas que al principio de la revolución y que me encontraría en un destino erizado de inconvenientes que neutralizarían mis esfuerzos». La razón trepidó con la sedición del comandante Ángel Mayo, hecho que obligó a que algunos jefes regresaran a Camagüey.

La negativa de una dirección militar que imprimiera «unidad de acción al ejército e hiciera que la disciplina no fuera una ilusión; más, ambiciones por una parte y temores a la dictadura por otra», condujeron al desorden, aclaró el general.

Ya en junio de 1875, ante la renuncia de Salvador Cisneros Betancourt a la presidencia de la República, con una «ofuscada y miedosa Cámara», según acota en el Diario de campaña, y el regionalismo del mayor general Vicente García y también de los subordinados jefes villareños, dos meses después Gómez escribe a Tomás Estrada Palma, secretario de la Guerra y Relaciones Exteriores, y formula su primera renuncia a la dirección del 3er Cuerpo del Ejército en predios villareños. No es aceptada, y la invasión al territorio central sigue su curso. En abril de 1876 va hacia Camagüey a otra conferencia con el Gobierno en Armas —contrariado, refiere en el Diario… «siento una especie de desencanto», mientras deja al mayor general Carlos Roloff al frente de las fuerzas villareñas.

Carlos Roloff
El Mayor General Carlos Roloff Mialofsky, el «Veterano Ilustre» que llamó Martí. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)

Otra vez plantea la renuncia por «las intriguillas» y las indisciplinas que minan las tropas. Ya no regresará durante la contienda bélica a la región central. En marzo del siguiente año el mayor general Vicente García, con un refuerzo del regimiento de Tunas, es designado en comisión para el reemplazo, pero no acata la orden. La Cámara de Representantes, en sesión pública del 3 de octubre, confirmó, según «razones espuestas (sic) por el mayor general Máximo Gómez», acceder a la dejación del cargo de general en jefe.

Teófilo Ochando, general español natural de Santiago de Cuba y asistente de Arsenio Martínez Campos, aclaró que a partir de la llegada de ese jefe del ejército peninsular a Cuba, el 5 de noviembre de 1876, arribaron unos 20 000 hombres, y reunió los cuerpos que debían embarcarse y los «concentró en los puertos de Cienfuegos, Trinidad, Tunas de Zaza y Júcaro del Sur, y en Sagua la Grande y Remedios al Norte», y en menos de un año aparecieron las primeras conferencias de una paz efímera. 

* Se refiere a 1875.

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