Exaltar el monte cubano

Una paz momentánea encontraron los insurrectos cubanos para proseguir en la batalla por la Patria Libre.

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Languidece,  después de la partida de Gómez,  la invasión a las regiones villareñas. El brío de los insurrectos al mando del mayor general Carlos Roloff apenas tiene desenvolvimiento. En noviembre del 76* hay relativos éxitos en Nuevas de Jobosí, mientras los brigadieres Francisco (Pancho) Jiménez) y Ángel Maestre, por territorios espirituanos y cienfuegueros, respectivamente, y la patrulla volante del comandante Emilio Núñez, por Sagua la Grande, tratan de sofocar la arremetida española. El regionalismo impone una nefasta huella.

Ramón Leocadio Bonachea
El coronel Ramón Leocadio Bonachea Hernández, el inconforme con el Pacto del Zanjón, siempre dijo que en Cuba «estaba su puesto de combate». (Ilustración de Linares)

Enrique Collazo, en Desde Yara hasta el Zanjón (1967), aclaró que «Empezaba a delinearse en el ciclo de nuestras esperanzas una siniestra nube, anuncio de desgracia […] El motín militar de Las Villas puede decirse que inicia el último período y el primer síntoma de muerte de la revolución».  Otros apuntes, despojados de pesimismo,  porque parten de hombres apegados a la independencia, coinciden en similar apreciación. Incluso, Teófilo Ochando, en El general Martínez Campos y su última campaña militar en Cuba (1878), acotó que, a pesar de todo, los «insurrectos tenían innegables y preciosas cualidades militares; los que han llevado durante diez años una vida de fatigas enormes, privaciones increíbles, arrostrando peligros inminentes y diarios, han acreditado sobradamente su resistencia y sobriedad, su constancia y su valor». El libro recoge los últimos años de la Guerra Grande, la primera de nuestras gestas, y enaltece los innegables valores de las tropas cubanas por conquistar la independencia.

Pero, un preludio del fatal desenlace anotó antes Gómez, entonces jefe del 3er Cuerpo del Ejército Libertador, en su Diario de campaña (1940), al decir que «no me parece posible, el triunfo de la Revolución, que hace poco lo pensé asegurado […] Y perdido el orden, no hai [sic] concierto ni armonía ni unión, desaparece la fuerza moral i material; principia la revolución por estacionarse nuevamente i corre inminente peligro, pues el enemigo deberá aprovechar la desavenencia entre los mismos cubanos». El tiempo dará la razón.

Desde finales de 1876, entre oficiales y veteranos españoles que regresaron a la península ibérica, se esparció la opinión de desgaste y pérdida de la guerra, así recogió el periódico La Voz de la Patria, de Nueva York, en la edición del 15 de diciembre.

El general Arsenio Martínez Campos —reseñó el diario a mediados de septiembre del siguiente año— dejó un escrito a  Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros de España, en el cual alegó al político:  «Déjese Ud. de mandar más gente […]; es lo mismo que mandar reses al matadero; yo conozco aquello […]; Cuba está perdida para nosotros hace cuatro años, todo lo que se haga para volverla a someter a nuestra dominación es trabajo perdido. Cuba es inconquistable. Trate Ud. de hacer un arreglo con los independientes cuanto antes y lo mejor que se pueda, y retirémonos de allí para siempre». El premio, al entonces capitán general en Cataluña, fue enviarlo en noviembre a Cuba para arrinconar a las huestes independentistas, dividirlas con proposiciones de tratos y sustentar reformas de gobierno.

Apaciguar con benevolencia

Martínez Campos no tuvo en cuenta los embistes lluviosos de primavera. Con campos anegados lanzó las tropas a la manigua. Crítica era la situación de los cubanos. En Las Villas quedaban algunos grupos, mientras en Camagüey las partidas son dispersadas y en Oriente, aunque se batalla sin descanso, carecen de auxilios de todo tipo. En diciembre de 1877, Gómez escribe en su Diario: «los ánimos todos están sobrecogidos; tanto por las operaciones constantes del enemigo como por la división […]; todo está en desconcierto y el pavor cunde por todas partes, de tal modo que hay quien opina que debía arreglarse la paz aun prescindiendo de la Independencia». El camino era resistir, pero ¿hasta cuándo? en medio de titubeos y opiniones dispares.

Recuerdo de 1926
Hornos de Cal, en 1926, un recuerdo a los protestantes contra el Zanjón. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx, Fondo Garófalo del Archivo Histórico de Villa Clara)

El jefe militar español, ¿qué hizo? Desde el principio reorganizó las operaciones en ocho comandancias que sumaban unos 80 000 efectivos, ubicados en batallones de infantería, caballería, artillería e ingenieros, así como una guardia civil. Todo se situó, en esencia, al oeste de la Trocha de Júcaro-Morón, lugar desde el cual se aglutinan las mayores cantidades de ingenios del país. Dio por orden «salvar» la Hacienda Pública, garantía de los fondos necesarios para proseguir la guerra.

El río Hanábana fue una barrera que aseguró las riquezas de las jurisdicciones de Colón, Cárdenas, Sagua la Grande y  Cienfuegos. En tanto rastrearon la Ciénaga de Zapata, Sancti-Spíritus, Remedios, Villaclara y Trinidad. Unas 800 leguas cuadradas recorrió Martínez Campos para evaluar los procedimientos.

Hacia Sancti Spíritus y Remedios se agruparon tropas, en pequeños distritos, y en marchas continuas y ligeras de cargas y artillería. Los Anales y efemérides de San Juan de los Remedios y su jurisdicción (1931), de José A. Martínez-Fortún y Foyo, apuntan que, con escaramuzas leves de los insurrectos,  la zafra de 1877 asegura prosperidad al reconstruir «el ingenio Refugio, La Luz […], Caridad […], Reforma […], y El Cubano, de Isabel Armenteros, en Taguayabón […] En los 8 partidos judiciales de Remedios y sus distritos municipales (Caibarién, Yaguajay, Guaracabulla, Güeiba, Taguayabón, Mayajigua y Camajuaní), reconstruyen fuertes militares, principalmente el ubicado en Tetuán, camino a Puerto Príncipe, y Viñas». También esa rica zona azucarera tiene autorización para la «construcción de vía estrecha entre Caibarién-Placetas […], y abarcará en su recorrido los territorios de Caibarién-El Seborucal-San Agustín-La Guacacoa-San José-Caridad-Zaza-Placetas […]; beneficiaría a los ingenios Zaza-Flor del Cayo-Tahón-San José-Caridad-Altamira-San Manuel-San Agustín, productores de unos 30 mil bocoyes de azúcar y de elevados volúmenes de alcohol».

El Gobierno de la República en Armas anda errante, sin punto fijo, por las vicisitudes de la guerra. El intento por reorganizar el Gabinete y la Cámara de Representantes nada aportan, y el villaclareño Eduardo Machado Gómez hace dejación de su cargo, y en la manigua de Hoyo Colorado cae en combate como otro soldado de la libertad. Eran las secuelas del avance del ejército español por Camagüey.  Entonces, en la manigua, machete en mano y fusil en ristre, había unos 40 000 insurrectos y colaboradores.

Ascenso militar a Teniente Coronel conferido a Juan García, según propuesta del Brigadier Bonachea. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx, Museo Histórico Francisco Javier Balmaseda, Remedios)

El cansancio, las enfermedades y el hostigamiento abrieron camino a las «presentaciones» de los mambises ante autoridades españolas. Las propuestas de Martínez Campos de indulto a los desertores españoles (quintos), recompensas monetarias a los que abandonaran las armas,  prohibición de represalias y socorros a las familias cubanas, amnistías a los procesados por delitos políticos desde el oeste de la Trocha, suspensión de destierros, levantamientos de embargos de bienes, mostraron los primeros y efectivos resultados.

Los Anales y efemérides…  sintetizan que el 1.o de marzo de 1878, según todos «los partes recibidos la paz en esta Isla es un hecho; que la guerra ha terminado en el día de ayer a las tres y media de la tarde en que la Junta Cubana que representaba al Gobierno enemigo depuso las armas en Puerto Príncipe, así como el cabecilla Pancho Jiménez con toda su partida en Sancti Spíritus; y que dentro de unos días lo efectuaría Francisco Carrillo encargado de las fuerzas enemigas en esta jurisdicción, los cuales se están reuniendo con dicho fin […]; en  “El Mamey”, Buenavista, en el partido de Güeiba […], están  las fuerzas allí concentradas: Roloff, Maestre, Carrillo, ¿coronel Esteban? Arias, Tomás Sánchez», refiere la cronología. Reina tranquilidad en la jurisdicción y unos 40 ingenios, aunque con carencias de mano de obra, hacen zafra.

Fuerte español en las cercanías de Remedios. (Grabado de La Ilustración Ibérica, 1897)

En páginas del periódico El León Español, refieren los Anales y efemérides…, aparece un «Importantísimo. Telegrama. Buenavista, Marzo 18. Al Comandante Militar. Remedios. Con esta fecha el Comandante militar dice que a las seis de la tarde de hoy ha terminado la capitulación de las fuerzas de la Segunda División y parte de la Primera reunidas en el campamento del Mamey, con el Mayor General Carlos Roloff,  Brigadier  Maestre». El texto lo firman el coronel español Martínez Fortún y Erlés y el teniente coronel Teófilo de Faramendía. Eran las consecuencias del Pacto del Zanjón, firmado el 10 de febrero en el departamento de Camagüey. Así  terminó, en apariencias, la contienda armada en las jurisdicciones centrales. Después, en Sagua la Grande, depondría las armas el comandante Emilio Núñez. A finales de mayo, en la región oriental, lo hace el mayor general Limbano Sánchez, y en junio Vicente García. Después Martínez Campos da por concluida la guerra. Despachos españoles anuncian que, en marzo, en regiones villareñas se mantenían en armas más de un centenar de insurrectos, la mayoría diseminados y con escasa comunicación de sus mandos.

Zonas llanas y montañosas del centro-este cubano, constituyeron el asiento natural de las fuerzas insurrectas. (Grabado de La Ilustración Ibérica, 1897)

Ochando alerta de que desde «el principio de la guerra ha sido costumbre de nuestros publicistas aparentar un profundo desprecio por los soldados cubanos y tener muy en poco su valor y condiciones militares. Los que tal han hecho, si obraban de buena fe, no conocían la insurrección, o la conocían poco y mal […] Ganosos algunos […], falsifican los hechos y extraviaron la opinión, sin reflexionar que debía valer tan poco un enemigo que tanto nos costaba vencer, que en las guerras civiles se baten hermanos contra hermanos […] Desterrados de las ciudades […],  monte ha sido su patria y su morada […] El monte no ha tenido secretos para ellos, y de día y de noche, en medio de bosques monótonos por su espesa frondosidad, se dirigen sin vacilar hacia el punto deseado, con tanta seguridad como se arrumba el marino en las extensas soledades del Océano». El campo, las sabanas, los lomeríos empinados, y las ciudades alejadas lo constituyen todo. Son el alma de la libertad, según aprecia el general español asistente de Martínez Campos.

El indomable Bonachea

Eduardo Machado Gómez, el patriota villareño. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx)

Proseguir  la lucha, hasta la independencia absoluta, fue la declaración de un grupo de revolucionarios. La Protesta de Baraguá, protagonizada por Antonio Maceo, «es lo más glorioso de nuestra historia», indicó Martí. Las hostilidades quedan suspendidas de momento durante una entrevista con Martínez Campos, en la cual también intervienen otros oficiales cubanos. Ante las propuestas halagadoras del militar español, Maceo añadió que «no queremos nada», y la batalla, aunque en tiempo breve, continuará a pesar de la política pacifista y la falta de recursos suministrados por la emigración.

Similar protesta, el 15 de abril del siguiente año, protagonizó el teniente coronel Ramón Leocadio Bonachea Hernández. En la manigua se mantuvo, con las armas en la mano, junto a otros 100 patriotas. Por un año y un mes, después de Baraguá, el villaclareño estuvo acosado por 20 000 militares españoles.

Juan J. E. Casasús, en Ramón Leocadio Bonachea, el jefe de la vanguardia (1955), afirma, según testimonio, que entre Sancti Spíritus-Morón-Ciego de Ávila-Trinidad-Remedios, el insurrecto villaclareño asumió una «campaña de extraordinaria movilidad, organizando y reagrupando sus fuerzas, reuniendo armas, equipos y buscando adeptos, extendiendo su labor de patriótico proselitismo».

Revista El Mosaico, de Santa Clara, 1899, dedicada a la patriota Carolina Rodríguez. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx. Fondo Garófalo del Archivo Histórico de Villa Clara)

Bonachea, al igual que detalló Máximo Gómez en su Diario de campaña y en el Convenio del Zanjón. Relato de los últimos sucesos de Cuba (1878), precisó en carta a su primo Eduardo Machado Gómez, del 1.o de julio de 1877, que: «Estamos viendo al Ejército desbandarse hombre por hombre, viciarse completamente la disciplina». Nada de capitulación o de entrega de armas. Decidido, convirtió los montes del oeste de la Trocha de Júcaro a Morón, allá por las cercanías de Sancti Spíritus-Remedios-Morón, en el bastión de sus acciones insurgentes.

Carolina Rodríguez, la patriota de Santa Clara, escribe en febrero de 1879 a su hermano Leandro —acota Casasús—: «Por una carta particular sé lo de Ramón, entre Cabaiguán y Nazareno, una sorpresa, perdiéndose hombres, prisioneros, uno herido, perdiendo todo lo que tenían».

En vano el coronel español Martínez-Fortún y Erlés trató de convencer al mambí durante una conferencia «pacifista» efectuada en las cercanías del ingenio San Agustín, en Remedios, y hasta evadió posibles conjuras de asesinatos ordenados a algunos «sumados» a su tropa. Tampoco aceptó las persuasiones de otros jefes insurrectos. Lo expuesto por Bonachea Hernández era la independencia, solo así cumpliría su propósito final.

Los primeros meses del 79 ya eran insostenibles para los acompañantes de Bonachea. El jefe insurrecto y sus fuerzas no capitulaban. Martí precisó que «El hombre de Hornos de Cal no tiene igual entre los que protestaron por la paz». Un radicalismo independentista era el camino a seguir.

Bonos de recaudación monetaria
Bonos de recaudación monetaria para erigir en Santa Clara un monumento al General Bonachea. (Fotocopia: Luis Machado Ordetx. Fondo Garófalo del Archivo Histórico de Villa Clara)

A principios de abril —indica Casasús— arribó Bonachea a «Bartolomé, con parte de su escolta […], lugar situado a menos de dos leguas de Remedios, desde donde se dirige a los jefes españoles». De inmediato el historiador, según un comunicante, precisa que el «8 de abril, llegó a este punto […] el Brigadier Bonachea […] con el objeto de arreglar asuntos particulares y de la Patria. No te extrañe el saber que este valiente jefe abandone las playas de Cuba, yo debo acompañar su familia hasta dejarla en salvamento, te enteraré de todo de cuanto pueda llegar a tu noticia […] Las fuerzas de Bonachea deben efectuar su presentación en el Jarao, jurisdicción de Sancti Spíritus».

El 15 de abril, en la estación ferroviaria de Jarao, el insobornable Bonachea firmó un acta y entregó, de momento, las armas sin acogerse a pactos pacificadores. Allí se precisó que «de ninguna manera ha capitulado con el gobierno español ni con sus autoridades ni agentes, ni se ha acogido al convenio celebrado en el Zanjón ni con éste se halla conforme bajo ningún concepto», resaltó Néstor Leonelo Carbonell en el General Ramón L. Bonachea (1947). Desde Tunas de Zaza partió de Cuba, y desde el horizonte, casi seguro, con sus acompañantes miró hacia los montes añorados.

En el estudio monográfico El general Martínez Campos y su última campaña militar en Cuba (1878), Ochando dejó una aclaración. Recalcó que las «amarguras y ruinas ocasionadas por la lucha han destruido poco a poco las quiméricas esperanzas de la mayoría de los cubanos, pero no han desarraigado los sentimientos de hostilidad hacia nuestro Gobierno profundamente implantados en nuestros corazones, y la tranquilidad será efímera en Cuba y no habrá verdadera armonía». Era el preludio para una organización superior y de unidad inquebrantable con un nuevo levantamiento armado: la Guerra Chiquita y el camino hacia otra Necesaria contienda.

* Se refiere a 1876. 

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