Voluntad, divino tesoro

Son cientos los estudiantes, soldados y profesionales de estreno que, en Villa Clara, aceptaron voluntariamente lo desconocido como destino inmediato y dieron un salto de fe.

Beatriz, junto a otros pediatras, enfermeros y voluntarios, en el hospital «Manuel Fajardo», celebrando el alta de uno de los primeros menores infectados con la COVID-19.
Beatriz, junto a otros pediatras, enfermeros y voluntarios, en el hospital «Manuel Fajardo», celebrando el alta de uno de los primeros menores infectados con la COVID-19. (Foto: Cortesía de la entrevistada)
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«El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio».

Santa Teresa de Calcuta

Quien se imagine bajo la piel de la madre de alguno de ellos, mínimo, sentirá una punzada de callada tristeza y un brote inexplicable de amorosa vanagloria. Por jóvenes. Por queridos. Porque han vivido muy poco como para enviarlos a la boca del infierno; porque la niña no sabe de deberes ni de Wuhan ni de Santa Clara enferma; porque ni siquiera han tenido la oportunidad de llevar una vida en sus vientres y, sin embargo, empeñaron las suyas por una convicción compartida, tan sublime y predecible como la salida del Sol: alguien tenía que hacerlo. Unos y otros coinciden, sin siquiera conocerse. Las mismas palabras de boca en boca. Conciencia. Deber. Esperanza. Cuba.

Son cientos los estudiantes, soldados y profesionales de estreno que, en Villa Clara, aceptaron voluntariamente lo desconocido como destino inmediato y dieron un salto de fe; patria y humanidad hechas de carne fresca. Lo sabemos: no bastan cinco historias para testimoniar lo que la COVID-19 ha despertado en un planeta que creía indiferentes a sus jóvenes, pero sirvan estas líneas para agradecerles, a ellos y sus familias, este acto sincero de amor al prójimo.  

Carlos Alberto Hernández Castillo, trabajador civil de las FAR. Actualmente pasa el Servicio Militar en el Comité Militar Municipal de Santa Clara

Carlos Alberto Hernández Castillo
Carlos Alberto Hernández Castillo. (Foto: Cortesía del entrevistado)

Yo vine a darme cuenta realmente del riesgo al que estuve expuesto durante los días finales de la cuarentena, ya que mientras trabajaba no me dediqué a pensar en eso. Acepté la misión de ir como auxiliar de limpieza para la sala de Terapia Intensiva del Hospital Militar porque estaba seguro de que, con 19 años y por haber tenido siempre buena salud, si me contaminaba con la COVID-19 la habría rebasado sin problemas.  

Soy responsable, y bastante. Aunque mis padres me hubieran pedido que no aceptara una tarea así, no habrían cambiado mi decisión. Ellos me respetaron, a pesar de que se quedaron muy asustados y tristes, pero tampoco iban a influir en que me echara para atrás.

Mi peor miedo, obviamente, era contraer la enfermedad. Bueno, pensándolo bien, creo que mi mayor temor era fallar en mi trabajo, porque no contagiarme también era parte de mi labor allí.

Yo no sé si a otras personas en esta misma situación les habrá ocurrido igual, pero estando en el hospital no sentía tanto el riesgo de enfermarme. Después de ponerme el traje blanco, los guantes, la careta, las botas, gorros y nasobucos, creo que nunca llegué a experimentar ese miedo tan grande que cuentan algunos. La primera vez que entré en la zona roja sí me puse nervioso, pero aprendí cómo tenía que hacer las cosas y, después, todo se sintió bastante normal.

Lizandra Delgado Echemendía, estudiante de cuarto año de licenciatura en Enfermería

Comencé a apoyar en la escuela Rolando Pérez Quintosa desde que la convirtieron en centro de aislamiento. Ahora funciona como sede temporal del Hogar de Ancianos Nro. 3 de Santa Clara, y continúo prestando servicios a los 39 abuelitos, junto a otras estudiantes de la especialidad.

Lizandra Delgado Echemendía
Lizandra Delgado Echemendía. (Foto: Cortesía de la entrevistada)
Lizandra Delgado Echemendía, Melisa Maura Pérez Díaz y Claudia Beatriz Arteaga Gómez integran el team de 11 jóvenes enfermeras que apoyan las labores en el Hogar de Ancianos N.3. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

Con ayuda de las asistentes, nosotras trabajamos las 24 horas, aunque ajustamos los turnos para poder rendir más. Nuestro rol principal es que ellos se sientan cómodos, que estén limpios y tomen sus medicamentos en hora.

Podemos decir que la experiencia nos ha marcado mucho. Nuestros pacientes no tienen la compañía de sus familiares, por eso tenemos más responsabilidad que las otras veces en las que estuvimos de práctica. Aquí no se trata solo de técnica, sino de ser más humanos y brindar más amor.

Mi mamá y abuela están muy orgullosas de mí. Ellas me han inculcado mucha paciencia por las personas de la tercera edad.

Me siento motivada cuando veo la alegría de esos abuelos. Eso para mí lo es todo. Nos tratan como si fuéramos sus nietas.

Aunque hayamos tenido en algún momento temor por la COVID-19, esta fue la carrera que nosotros elegimos y tenemos que ser las primeras en todo.

Beatriz Rodríguez Sandeliz,  especialista de primer grado en Pediatría

Fue en una guardia cuando, por primera vez, atendí al primer lactante sospechoso de COVD-19, que había arribado desde Italia con sus padres. Pero no fue hasta el 13 de marzo que el Dr. Marbin Machado Díaz y yo supimos que debíamos asumir permanentemente la tarea, junto a los pediatras del Hospital Militar.

Al finalizar mi primera temporada, había dejado 30 niños ingresados como casos positivos. En la segunda, atendí a tres.

Beatriz Rodríguez Sandeliz
Beatriz Rodríguez Sandeliz junto a su esposo. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

Historias tengo muchas, pero tal vez la que más me ha marcado fue cuando recibí a una niña de 12 años, en horas de la madrugada, con PCR positivo. Se me echó a llorar. No tengo palabras para describir la impotencia que sentí en ese momento.

Para un adulto es aterrador entrar a un hospital y no poder verle el rostro a los médicos. Imagina para un niño. Al otro día llegué devastada a la casa, muy conmovida, y eso me hizo escribir unas palabras en mi estado de WhatsApp, palabras que se convirtieron en virales.

Muchos malinterpretaron lo que dije: pensaban que culpaba a los padres. No lo hice con esa intención, sino para hacer reflexionar a todas las personas que incumplen las medidas de seguridad y, sin saber, ponen en peligro a los más pequeños.

Creo que nos tuvimos que desdoblar, convertirnos en padres y en psicólogos, aún sin serlo.

Sin dudas, la experiencia más bella es dar un alta: aplaudimos a cada niño y padre que egresan. En ese momento, piensas que le has ganado un paso a la muerte. Te sientes orgulloso de formar parte de esta batalla, de aportar tu pedacito.

Richar, Diana Rosa, Lizzy, Marvin y los demás pediatras; clínicos, enfermeros, personal de limpieza: todos nos hemos ayudado. Cada vez que alguien se viste para entrar en la zona roja, lo mismo repartimos comida, agua, medicamentos, que examinamos a los pacientes o conversamos con los niños y sus padres (a una distancia prudencial).

La carga psicológica es demasiado fuerte. Llevo más de dos meses sin ver a mi mamá y me pasé casi el mismo tiempo sin ver a mi abuela. El apoyo de todos, para mí, ha sido crucial: eso es invaluable.

El amor todo lo puede, y realmente, sin el amor de nuestras familias, esta situación sería insostenible.

Julio Leduán González García, ingeniero en Telecomunicaciones y Electrónica, especialista A del Departamento de Imageneología

El Centro Provincial de Electromedicina tiene ingenieros, licenciados y técnicos de distintas ramas. En este período de la COVID-19, muchos de mis compañeros repararon equipos de PCR e instalaron máquinas de hemodiálisis dentro de la sala de pacientes positivos, entre otras acciones importantes.

Julio Leduán González García
Julio Leduán González García acompañado de su esposa e hija. (Foto: Cortesía del entrevistado)

Los de la especialidad de Imageneología  tuvimos que arreglar, en cuatro ocasiones, los dos Rayos X portátiles del Hospital Militar, además de los del «Celestino Hernández Robau». También, instalamos el digitalizador de Rayos X en terapia intensiva del «Militar», para que la calidad de la radiografía fuese superior.

A cada paciente positivo se le debe hacer una radiografía evolutiva diaria de tórax en su propia cama. Entré a la zona roja y trabajé con los dispositivos que estuvieron en contacto con ellos, los cuales teníamos que desinfectar antes de abrirlos.

Después de entrar por primera vez al «Manuel Fajardo», mi esposa y yo tomamos la decisión de que ella y la niña fueran a vivir para la casa de mis suegros. Estuvimos 60 días separados. Yo iba a verlas cada dos semanas, tomando todas las medidas posibles: nasobuco dentro de la casa y cero contacto físico.

Ismaray Rosada Lantigua, especialista de Recursos Humanos en la Escuela Militar «Camilo Cienfuegos»

El día que nos comunicaron la tarea y que di el consentimiento para asumirla, a la hora de dormir consulté con mi almohada y me asaltaron un sinfín de dudas relacionadas con el vuelco que había dado mi vida en cuestión de horas. Sin embargo, el miedo real me llegó cuando comencé a realizar mi primer protocolo para vestirme e ingresar en la zona roja. Al entrar al cubículo donde se encontraban los pacientes graves dudé por un segundo, pero me dije a mí misma: «ellos te necesitan». Me sobrepuse y cumplí con mi cometido lo mejor que pude.

Tuve que sacar todo el coraje que llevo dentro, ya que me enfrenté a una situación a la que no estaba acostumbrada y a la cual siempre temí: siento algo así como una especie de fobia por todo lo relacionado con los hospitales. Por eso, para lograr trabajar cerca de pacientes en estado crítico, conectados a equipos de ventilación, tomé como iniciativa no mirarlos, actitud que hoy me cuestiono y por la cual me tacho de egoísta, porque pienso que quizás, si me hubiese acercado a alguno de ellos, le hubiese transmitido seguridad y valor para combatir la enfermedad y volver junto a su familia.

Imaray Rosada Lantigua. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

Por mí nunca sentí temor, ya que fui muy consciente al asumir con todo el rigor cada una de las medidas de protección. Eso me dio confianza, aunque mis miedos siempre giraron en torno a mi familia. Mis padres son unos ancianos de 70 y 79 años de edad. Nunca pensé que uno de ellos fuera a reprochar mi decisión, pero de haber sido así les hubiese explicado la necesidad e importancia de la labor que iba a cumplir, y si no obstante tampoco me entendían, me habría marchado con el dolor de su incomprensión, aunque sin remordimientos y segura de que estaba haciendo lo correcto. Además, sabía que mi hermano y mi esposo no permitirían que a ellos les faltara nada, ni espiritual ni material.

Es cierto lo que dicen sobre que, cuando una vive algo como esto, se valoran de manera más positiva los sucesos buenos de la vida, y crece el valor para enfrentar los desafíos que esta te impone. Se aprecian, fundamentalmente, la solidaridad y el altruismo, y albergo la esperanza de que cuando le ganemos la batalla a la COVID- 19, en el mundo existan muchas más personas que ostenten estos valores.

Se han publicado 4 comentarios

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  • Beatriz

    Gracias por tan hermoso homenaje. Nosotros no somos más que la representación de todo un ejército de personas, que desde sus diferentes puestos de trabajos aportan su granito de arena, en una lucha contra un enemigo invisible. Una vez más, sencillamente: Gracias.

    • yinet

      Bety, gracias a ti por cuidar a los más pequeños con tanto amor. Por tanto sacrificio sin pedir nada a cambio. Un abrazo!!!

  • Lidice

    Muy bello conocer de la valentía de nuestros jóvenes villaclareños en estos tiempos. A Beatriz muy bueno saber que nuestros niños estaban y están en buenas manos.

  • Karell

    Por ejemplos como este cada noche les dedico mi aplauso, no importa si soy el único en la cuadra, no importa cuan cansado pueda estar, ellos merecen nuestro reconocimiento y para toda mi vida y la de muchos lo tendrán. Son nuestros verdaderos heroes y heroinas!!