«Eso soy yo, un maestro de Historia»

Entrevista al alfabe­tizador, maestro, in­vestigador y promotor cultural Arístides Ron­dón Velázquez, para quien la Historia es la mayor pasión y los jóvenes, el futuro.

En su casa-museo: La Casa del Mate (Foto: Ramón Barreras Valdés)
En su casa-museo: La Casa del Mate (Foto: Ramón Barreras Valdés)
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Llegar a la casa del profesor Arístides Rondón Velázquez es como visitar un santuario. Todo allí asombra. En las paredes de cada habitación cobran vida sucesos trascendentes de la historia patria en las últimas décadas, con el Che, el inolvidable guerrillero argentino-cubano, como principal protagonista.

Se trata de un lugar, quizás, único en Cuba. La Casa del Mate, en Santa Clara, es un resumen de la apasionante vida de este hombre de 76 años de edad, martiano, guevariano y fidelista. Desde el sacerdocio de la educación, ha logrado lo que pocos: establecer relaciones de amistad con personalidades como don Ernesto Guevara Lynch, padre del Che; Alberto Granado, el gran amigo del Comandante Guevara; Conchita Fernández, la Secretaria de la República; Nicolás Guillén, nuestro Poeta Nacional; el Indio Naborí, autor de la Marcha Triunfal del Ejército Rebelde y de la conocida Elegía de los zapaticos blancos; la escultora Rita Longa; y el expedicionario del Granma y primer gobernador de Las Villas, Calixto Morales, por solo mencionar algunos.

Con Don Ernesto Guevara Lynch, el padre del Che, en un encuentro en que llevó a sus alumnos de la escuela primaria Frank País, del central George Washington, en Santo Domingo. (Foto: Cortesía del entrevistado)
Con Don Ernesto Guevara Lynch, el padre del Che, en un encuentro en que llevó a sus alumnos de la escuela primaria Frank País, del central George Washington, en Santo Domingo. (Foto: Cortesía del entrevistado)

En esta selecta lista no se puede dejar de incluir a la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández, con quien se muestra en una foto, al ser presentado ante la entonces mandataria, como un cubano de Santa Clara y recibir de ella el compromiso, aún por cumplir, de visitar la ciudad donde reposan los restos del luchador revolucionario.

Con este carismático maestro, con voz de locutor de radio, estuvimos conversando varias horas en su casa-museo, tomando de pretexto obligado los 60 años de la Campaña de Alfabetización, en la cual participó, pero adentrándonos en las demás facetas de su vida, cuyo hilo conductor ha sido uno solo: enseñar a amar la historia de Cuba, que es enseñar a defender la Patria.

—Pero su propia historia, la del hombre llamado Arístides, comenzó hace 76 años, el 20 de abril de 1945, en Holguín.

—Tuve una infancia infeliz, pues a partir de los 12 años comencé a vender periódicos, y solo gracias a la Revolución dejé de hacerlo. No porque fuera un trabajo indigno, pero siempre es mejor leerlos que venderlos. También trabajé en una zapatería y en una tabaquería. Es desgarrador para un niño enfrentarse a esas responsabilidades y a un jefe. Jamás tuve juguetes. La Revolución me salvó y enseguida me sumé a ella, reveló.

—En cierta forma, como retribución a ese regalo de una vida mejor, se convirtió en maestro.

—Mi principal aporte a la Revolución Cubana fue haber alfabetizado. Debo confesarte que para mí ha sido la tarea más linda y enriquecedora en la que he participado.

«Alfabeticé en la finca Palo Hueco, barrio Retiro, municipio de Jesús Menéndez, antiguo Chaparra. Allí enseñé a leer y escribir a tres campesinos y les di clases a siete, quienes me decían: “Brigadista, yo lo que quiero es aprender de números”, pues a ellos les interesaba conocer de Matemáti­cas para saber cuánto les tenían que pagar por el cerdo que vendieran, por un maíz, etcétera. Y yo, que nun­ca hice sexto grado, pues mentí para poder participar en la campaña, les enseñaba lo que podía.

Las cartillas de alfabetiza­dor, entre sus más preciados tesoros. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
Las cartillas de alfabetiza­dor, entre sus más preciados tesoros. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

«Para mis clases usaba la carti­lla ¡Venceremos!, esa que conservo con amor y que hace unos años, un maestro argentino, de los cientos que han visitado esta casa, me la quiso comprar. Me preguntó que cuánto valía y le respondí: “El te­soro de Rockefeller”, porque cada una de sus páginas me recuerda aquella época. Siento un cariño es­pecial por mi cartilla, esa que me acompañó durante un año. Tenía­mos, además, el manual Alfabeti­cemos, que nos daba orientacio­nes, y la cartilla Cumpliremos.

«Viví días maravillosos que solo se empañaron cuando asesinaron a Manuel Ascunce, a finales de 1961, el 26 de noviembre. No fue el único crimen de los enemigos de la Re­volución. Tuvimos alrededor de 30 bajas en la batalla de la Revolución contra el analfabetismo.

«Aquello nos conmovió mucho. Con Manolito Ascunce se ensañaron de una manera brutal y le infringie­ron torturas terribles. He ido mu­chas veces al lugar donde fue ase­sinado junto al campesino Pedro Lantigua, y siempre me estremezco».

—¿Alguna anécdota de la experiencia de enseñar a campesinos analfabetos?

—Había una señora que no aprendía a leer, y la responsable de nosotros me pidió que tratara de enseñarla. Tenía entonces más de 60 años.

«Le expliqué acerca de la impor­tancia de saber leer, escribir, de po­ner su nombre; pero Lola, que era como le decían, se limitó a respon­derme: “He vivido hasta aquí sin saber leer”. A pesar de todos mis esfuerzos, no la pude convencer».

Junto a Calixto Morales, expedicionario del Granma y primer Gobernador de Las Villas, quien eliminó la barrera racial que separaba a blancos y negros en el Parque Vidal, de Santa Clara. (Foto: Cortesía del entrevistado)
Junto a Calixto Morales, expedicionario del Granma y primer Gobernador de Las Villas, quien eliminó la barrera racial que separaba a blancos y negros en el Parque Vidal, de Santa Clara. (Foto: Cortesía del entrevistado)

—¿Y del 22 de diciembre de 1961?

—Estuve allí, en la Plaza. Fidel nos habló y le gritábamos: «¡Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer!» y su respuesta fue: «Estudiar, estudiar y estudiar». Esbozó un plan de más de 60 000 becas y proclamó a Cuba Terri­torio Libre de Analfabetismo.

«La Campaña fue una verdade­ra proeza, y aunque confieso que me hice maestro no por vocación, puedo afirmar que en ella estuvo la semilla inicial, la génesis».

—Maestro primario, direc­tor de escuela, profesor uni­versitario y un incansable promotor cultural, formador de valores patrióticos en los estudiantes. ¿Cómo lograste tanto y con tan distinguidas personalidades?

—Empecé a trabajar en la ciu­dad de Holguín, en marzo de 1965, con un grupo de 107 alum­nos de primero a sexto grados y un salario de 86 pesos. Había mu­chachos más grandes que yo, pero siempre me trataron con mucho respeto. Tuve éxito.

«De ahí pasé a dirigir un semin­ternado en el poblado de Velasco, hasta que, por problemas de salud de mi padre, vinimos todos para Las Villas. Acá, siendo director de la escuela primaria Frank País, en el central Washington, de Santo Domingo, comienzo mi vínculo con esas personalidades a las que, a lo largo de mi vida, he tenido el pla­cer de conocer y presentarles a mis alumnos, que es lo más importante para mí.

Ante el busto de Félix Varela, en el entonces Instituto Superior Pedagógico de igual nombre. A su lado, el inolvidable Alberto Granado, el amigo del Che, con quien tuviera estrechas relaciones casi de hermandad. (Foto: Cortesía del entrevistado)
Ante el busto de Félix Varela, en el entonces Instituto Superior Pedagógico de igual nombre. A su lado, el inolvidable Alberto Granado, el amigo del Che, con quien tuviera estrechas relaciones casi de hermandad. (Foto: Cortesía del entrevistado)

«A esa humilde escuela llevé a personas de la altura de Conchita Fernández, la bien llamada Secre­taria de la República —pues eso había sido, secretaria de Fernando Ortiz, Eduardo Chibás y del propio Fidel Castro—; a Alberto Granado, ese amigo íntimo del Che, con quien tuve una relación casi de herman­dad; al Indio Naborí; a Rita Longa, y todas esas perso­nalidades ejercieron una influencia importante en los estudiantes.

«Fue un trabajo for­midable, no siempre bien entendido por las autoridades del momen­to, pero que marcó, de por vida, a mis alumnos. Tanto es así, que todavía me llegan, a menudo, mensajes de algunos de ellos, quienes recuer­dan el impacto causado: “Gracias a usted conocí al Indio Naborí y de su voz escuché el poema dedicado a Nemesia, Ele­gía de los zapaticos blancos”, me escriben.

«Los llevé a La Habana, a conocer a don Ernesto, el padre del Che, quien nos atendió de manera excelente y les habló de su hijo y les confesó que la mayor influencia en la formación de aquel carácter sui géneris del Guerri­llero Heroico, la había ejercido doña Celia de la Serna, su madre.

«Dirigí otras escuelas prima­rias como Paco Cuesta, acá en el barrio Condado, en Santa Clara. Me licencié en Educación Prima­ria y luego, en calidad de presta­ción de servicios, pasé a trabajar en el Instituto Superior Pedagó­gico Félix Varela.

«Allí continué la labor de exten­sión universitaria. El rector Ramiro Ramírez me nombró, de manera ho­norífica, Historiador y me dieron el local de la Sala de Historia. Para en­tonces, era amigo de Pedro Máximo Vargas Gómez, nieto del Generalísi­mo Máximo Gómez, y logré traer al Pedagógico a la famosa Mambisa­da: grupo que dirigía José Antonio Maceo Fors, el nieto de José Maceo, y que estaba integrado por nietos de mayores generales de la Guerra de Independencia de 1895.

«A la Mambisada, como se de­nominaban, pertenecía, también, Vicente Lanz, el sobrino-nieto de José Martí, hijo de Amelia, la her­mana menor del Apóstol, quien tenía un parecido asombroso con Martí y los alumnos se lo hacían sa­ber. Eran unos 17 o 18 descendien­tes directos de esos generales.

«En el ISP Félix Varela asumí, además, la responsabilidad de la Cátedra Ernesto Guevara y di conti­nuidad a la tradición de los “Ernes­ticos”: recibir al primer niño que naciera en el Materno santaclareño el 14 de junio, día del cumpleaños del Che. Ya van como 30 “Ernesti­cos”, y el mayor, Antonio Ernesto, un negro fortísimo, inmenso, me abraza y me besa cuando me ve.

«En el Pedagógico trabajé los 20 años más productivos y hermosos de mi carrera como maestro. Me sentí realizado y con el apoyo que antes no había tenido.

 Sus estudiantes en una charla con el Poeta Nacional Nicolás Guillén. (Foto: Cortesía del entrevistado)
Sus estudiantes en una charla con el Poeta Nacional Nicolás Guillén. (Foto: Cortesía del entrevistado)

«¿Cómo lo logré? ¿Cómo yo, un simple maestro primario, pude traer a tantas personalidades a mi humilde escuela y luego al Pedagó­gico? Pues le diré: todos ellos po­seían o poseen una sencillez admi­rable. Lo demás lo puse yo, con mi atrevimiento, con mi constancia. Los gastos corrían por mi cuenta y los hospedaba en mi casa y comían lo que podía brindarles.

«A esas personas las convencía para que, de manera directa, trasmi­tieran a mis alumnos sus vivencias: Conchita Fernández les habló de Ca­milo y del Che, con un sentimiento in­creíble, y cada cual lo hizo desde sus experiencias. Ellos fueron protago­nistas de la historia y, como sabemos, el testimonio resulta insustituible a la hora de formar sentimientos y cuali­dades patrióticas en los jóvenes».

—En esa fructífera trayec­toria como maestro, la for­mación de valores ha sido clave, incluso, luego del reti­ro. Hábleme de los vínculos que ha mantenido con los jó­venes y su trabajo con el Mo­vimiento Juvenil Martiano.

—Fidel dijo que si se perdían los jóvenes, se perdía la Revolución, porque ellos son la continuidad.

«Mi relación con los jóvenes es muy estrecha y se ha mantenido después de mi jubilación. Ahora mismo di una charla en la Facultad de Medicina de la Universidad de Ciencias Médicas y tengo un fuer­te vínculo de trabajo con el Movi­miento Juvenil Martiano.

«Algunos se han olvidado de mí, como pasa con otros jubilados, pero los jóvenes, en general, me buscan, me llaman por teléfono, me consultan, y esos muchachos del Movimiento Juvenil Martiano tuvieron el gesto de concederme, recientemente, su premio más alto: el “Abdala”.

«Me siento reconocido. No he arado en el mar y lo que sembré lo estoy recogiendo. Nunca me sepa­raré de la juventud villaclareña y estaré siempre a su disposición.

Durante uno de sus viajes a Argentina fue presentado a la entonces presidenta de la nación, Cristina Fernández de Kirchner, quien le prometió visitar Santa Clara. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
Durante uno de sus viajes a Argentina fue presentado a la entonces presidenta de la nación, Cristina Fernández de Kirchner, quien le prometió visitar Santa Clara. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

«No me olvido que Félix Varela dijo: “Diles, Elpidio, que ellos son la dulce esperanza de la Patria”. Tam­poco que José Martí afirmó que los niños eran la esperanza del mundo y que Fidel nos en­señó cómo nada era más importante que un niño.

«Mi trabajo con niños y jóvenes será hasta que tenga fuer­zas. Mientras goce de energías recibiré a cuanto joven venga, inquieto, a conocer la historia, porque eso soy yo: un maestro de Historia».

 

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