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Televisión cubana: Un infinito mapa de amor

Desde los primeros dramatizados de la Televisión cubana, el amor ha estado presente en todas sus formas como un importante recurso narrativo

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
(Imágenes: Tomadas de Internet)
Lety Mary Alvarez Aguila
Lety Mary Alvarez Aguila
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15 Febrero 2026

Para los antiguos griegos, no existía una mirada única hacia el amor. Más que encerrarlo en el pequeño espacio entre dos seres, ellos acudían a sus dioses y conceptos con el fin de atribuir distintas formas a ese sentimiento. Desde entonces, una especie de «mapa clásico» nos acompaña en la vida, cual río de muchos afluentes que nos recuerda siempre la existencia del amor en varios sitios. A veces, en lo evidente; a veces, en lo asombrosamente cotidiano, pero el “bichito” del corazón provoca latidos en todo momento. 

En el arte, por supuesto, el amor inspira e incita a la creatividad desde tiempos remotos. No ha habido un motor más poderoso para esas almas que sueñan, dibujan, cantan y escriben. Dentro del argot popular, la frase «amor de telenovela» alude a un estado idílico de romance sólido y ardiente. Esta expresión no se construyó en vano. Si algo ha caracterizado al folletín durante años ha sido la presencia de amores contrariados que enfrentan tempestades y, después de tanto, estremecen con un final feliz. 

Las telenovelas fundacionales cubanas incluyeron al amor como parte de sus códigos narrativos y, si bien se trata de un recurso constante en este género, la temática ha trascendido y se mantiene en otros productos dramatizados, de modo que la ficción audiovisual en nuestro país representa un terreno para reflejar el amor en todos sus tipos, colores, conflictos, heridas, perspectivas sociales y enseñanzas. 

Así como los griegos denominaron Eros al amor romántico, ferviente y desenfrenado, la televisión nos ha regalado parejas para sentir el fuego de la pasión física, los encantos de la perseguida e idealizada “otra mitad”. Los dramas han transitado desde lo clásico a lo contemporáneo, pero prevalecen en el recuerdo popular algunas parejas como Marcos y Beatriz, en Pasión y Prejuicio o Aurora y Lino en Al compás del son. 

Sin embargo, la idea de un vínculo “color rosa” no ha sido el único eje. Algunos pares marcaron hito por los matices de sus historias, por el paisaje de contradicciones que proponían los libretos. Los helenos llamaron Pragma al amor realista, racional, creado en parejas duraderas. Muchos rememoran a Julito El pescador (en la serie policíaca del mismo nombre) y su relación con la “flaca”, un ejemplo de lazo expuesto al sacrificio en tiempos convulsos, donde llamaba el deber de apoyar a la Revolución. Asimismo, Leroy y Lucía, en La cara oculta de la luna, construyeron un amor que se lacera en el camino debido al VIH. Aun así, ambos se acompañan en la convivencia con la enfermedad.

Philia se traduce como amor fraternal, amistad, cariño y aprecio hacia una comunidad. Sobradas muestras han llegado a nuestras pantallas a través de diferentes géneros. El espacio de Aventuras y series juveniles ha potenciado en gran medida el valor de los amigos y compañeros. Desde Los papaloteros y Los pequeños fugitivos, hasta seriados como Mucho Ruido, se ha representado la complicidad, la lealtad, las peripecias y los sueños compartidos con esas almas que escogemos sin que la consanguinidad nos una. Recientemente, la telenovela Sábados de Gloria preponderó el protagonismo coral de tres amigas inseparables desde la infancia. Con esta propuesta, disfrutamos de un argumento que no centralizaba sus amores individuales, sino que exaltaba la amistad entre esas niñas eternas que juraban ser todas para una y una para todas.

Más allá de las parejas o esos encuentros transitorios que surgen en el extenso recorrido de la vida, prevalece lo que una gran mayoría considera el amor más fuerte y especial para cualquier ser humano: el amor familiar. En el lenguaje de los griegos se le conoce como storge a ese nudo parental que ata a padres, hijos, hermanos. La familia, pilar esencial en la sociedad, también ha merecido un lugar importante en las intenciones creativas de guionistas y realizadores. 

Resulta complejo citar muestras de novelas, series o unitarios que hayan mostrado familias plurales, afectivas, definitorias para el desarrollo de un personaje específico. Si de maternidades o paternidades se trata, sería imperdonable no hablar de El rostro de los días, aquella telenovela donde confluían mujeres en el bello de acto de maternar o, incluso, desearlo. Allí se enmarcaba Fabián, un padre que asume el cuidado de su hijo recién nacido tras la partida física de su esposa. Entre sus brazos, el pequeño recibe un amor profundo, marcado por la grieta de la soledad, la supervivencia y el apoyo diario de otros seres queridos. Como otro caso a resaltar, Regreso al Corazón nos reafirmó hace muy poco que la familia pasa por pruebas, pérdidas, reivindicaciones, pero siempre habrá un destello de esperanza que los siente, a festejar, alrededor de una mesa.

Aunque el mapa de los griegos comprende otras formas de amor, estas se tornan más reconocidas. Pero los universos ficcionales cubanos ultrapasan los amores convencionales. Nos han hecho reflexionar con parejas de la tercera edad en Vuelve a Mirar. Nos han otorgado un Calendario de conexiones homoafectivas y romances interraciales, intergeneracionales. Y esas ideas impulsan hoy a los proyectos que siguen en marcha. El amor es válido y diverso en todo su espectro. Y corresponde a la televisión educar desde el respeto y la sensibilidad.

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