Meditaciones de Alberto Granado, eterno amigo del Che

Alberto Granado, en su última visita al Memorial donde reposan los restos del Che Guevara, meditó sobre la amistad que lo unió a su entrañable compañero de viaje por Latinoamérica.

Alberto Granado y Ernesto Che Guevara
Partida por el Río Amazonas en la balsa Mambo-Tango junto a Alberto Granados. (Foto: Tomada de Internet)
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En octubre de 2007 sucedió, tal vez, una de las últimas visitas de Alberto Granado al Memorial donde reposan los restos de su entrañable compañero de viaje por Latinoamérica, Ernesto Che Guevara. En esa ocasión tuve la oportunidad de escucharlo meditar sobre la amistad con el legendario Guerrillero Heroico.

Con sus 85 agostos, a pasos lentos, Alberto Granado ascendió uno tras otro los escalones para depositar una ofrenda floral en la base del monumento erigido en Santa Clara a su amigo Ernesto. «Prefiero nombrarlo así, es más íntimo», sentenció.

Las ancianas piernas parecían tan firmes como en diciembre de 1951, cuando se apoyaron sobre «La Poderosa II», una vieja moto, fiel compañera de giras por pampas y montañas.

Alberto Granado
En octubre de 2007 sucedió una de las últimas visitas de Alberto Granado al Memorial donde reposan los restos de su entrañable compañero de viaje por Latinoamérica. (Foto: Archivo)

El octogenario hombre vino a reencontrarse con el Pelao. Su aliado durante nueve meses en un viaje sin rumbo fijo por Suramérica. Llegó imponiéndose al cansancio. Para explicarle al héroe que la amistad de ambos recorre el mundo. Entonces narraba las anécdotas que juntos vivieron a cuanto niño, mujer u hombre se le aproximaba. Como ocurrió durante el taller nacional Vida y Obra del Che, que sesionó por esos días en Santa Clara.

«Me dejó un encargo tremendo, pero puedo cumplirlo», advirtió en esa oportunidad con risa pícara, con gesto cómplice. Como lo hacía cuando compartían travesuras juveniles. Sí, porque el Pelao «no era hosco según se dice. Ni tan enemigo de las bromas».

Razón por la que Alberto prefería ver a su camarada de sueños y esperanzas en las fotos donde aparece alegre. Con la sonrisa de Furibundo Guevara Serna, cuyo apócope: Fúser, estrechó aún más los lazos de confraternidad. Pues, no solo significaba su tenacidad y falta de temor en el juego rugby.

Entonces se desconocían cuántos otros nombres reservaba la historia para el amigo. Mas, ya se veían en él inquietudes por luchar contra las miserias y los atropellos en el continente.

«Ahora tenemos un Chávez en Venezuela, un Correa en Ecuador y un Evo en Bolivia. Descansa tranquilo, Fúser», meditó Alberto frente al nicho donde reposan los guerrilleros restos de su fraterno compañero.

Inmerso en el silencio, Granado sentía una mezcla de emoción, tristeza y satisfacción cada vez que venía al Memorial. Sentimientos idénticos a los que experimentó el 26 de julio de 1952 cuando pusieron fin al histórico viaje por consultas y leprosorios.

«Nos juntaremos, Mial», sentenció el colega al despedirse en Caracas. Mientras tanto Alberto dejaba escrito en su diario: «Fúser y yo andaremos por la misma senda en el porvenir». Por eso una porción de las cenizas de Alberto se atesora en el Museo donde el Fúser se hace eterno.

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