Cartas del hijo pródigo y padre amantísimo

Dos cartas escritas por el Che Guevara, una a sus padres y otra a sus hijos, muestran al hijo pródigo y al padre amantísimo que fue.

Che junto a sus hijos
Ernesto Guevara, el padre amantísimo. (Foto: Archivo)
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Son dos cartas del Che que la mayoría de las personas casi se saben de memoria. Tal vez por su brevedad. Quizá por la intensidad de las oraciones. Una de ellas está fechada el 1 de abril de 1965 y la dirige a sus padres.

«Queridos viejos:

Che junto a sus padres
Con sus padres a su llegada a La Habana en 1959. (Foto: Archivo)

Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo», comienza.

Más adelante se refiere a su condición de soldado y de médico, tema que abordó en otra carta de despedida, diez años antes.

«Nada ha cambiado en esencia, salvo que soy mucho más consciente, mi marxismo está enraizado y depurado», continúa.

Entonces les dice creer en la lucha armada como única solución para los pueblos que pelean por liberarse. Es la idea con la que justifica el porqué de su decisión de partir hacia Bolivia.

«Muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades», les comenta. Cuando se conoce de su muerte —el 9 de octubre de 1967— y la forma en que se expuso a ella no existen dudas de estas palabras.

«Puede ser que ésta sea la definitiva», les dice con la certeza de que si bien no la busca, está dentro del cálculo lógico de probabilidades. «Si es así, va un último abrazo», sentencia.

Y luego de reprocharse a sí mismo por no demostrarles cuánto los quería y expresarles su cariño, expone: «Acuérdense de vez en cuando de este pequeño condottieri del siglo xx». Finalmente deja un beso para varios de la familia y se despide con un gran abrazo de hijo pródigo y recalcitrante.

La otra misiva, mucho más corta, va dirigida a sus hijos. En pocas palabras les dice cómo deben actuar en adelante.

Che, esposa e hijos
Ernesto Guevara junto a su esposa Aleida March y sus hijos. (Foto: Archivo)

«Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds.»,  es el comienzo  de lo que constituye una verdadera lección de ética, y más vale reproducir íntegramente sus consejos:

«Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense de que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario».

Y se despide con la esperanza de verlos todavía. Se trata de la manera más íntima de expresar el cariño de un padre amantísimo.

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