La ciudad de poesí­a del Che

El concurso Premio de Poesí­a «Ciudad del Che» es uno de los más prestigiosos del paí­s desde 1997.

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Francisnet Dí­az Rondón
Francisnet Dí­az Rondón
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13 Junio 2018

Cuando arribó el año 1997, toda Cuba, y más aún Villa Clara, se volcó a homenajear al Comandante Ernesto Che Guevara por el aniversario 30 de su asesinato en tierras bolivianas. El hecho cobró mayor dimensión cuando se conoció el hallazgo de sus restos y de varios compañeros de lucha, gracias a la abnegada labor de un grupo de cientí­ficos cubanos.

El pueblo rindió tributo al Guerrillero de América de diversas maneras e iniciativas. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) de Villa Clara tampoco pasó por alto el acontecimiento y lanzó la primera convocatoria del ya prestigioso Premio de Poesí­a «Ciudad del Che », único de su tipo en el paí­s.

Rapsodia para el Che
Carátula del libro Rapsodia para el Che, de la Editorial Sed de Belleza, publicado en el 2016.

Según el escritor Ricardo Riverón Rojas, presidente de la Filial de Escritores de la Uneac villaclareña, el concurso surgió gracias a una iniciativa del poeta y autor de literatura infantil Luis Cabrera Delgado, quien propuso homenajear al comandante argentino-cubano a través de la poesí­a.

Desde entonces, el certamen tiene como objetivo resaltar la figura del Che tal como lo sienten los creadores, pero de manera transparente, sincera y auténtica. En esa primera edición de 1997, participaron autores de todo el paí­s con más de 60 proyectos de libros, y unos 50 poemas en verso y prosa.

Tiempo después se extendió el concurso a las becas de creación para estimular a los escritores, sobre todo, jóvenes. La beca se entrega a proyectos de libros, sin importar el género literario, con la idea de que el autor concluya y publique la obra.

En cierto momento, el concurso también incluyó en su convocatoria a creadores extranjeros, pero luego se decidió que participaran solo los residentes cubanos.

En 2016, la Editorial Sed de Belleza tuvo la responsabilidad de editar el primer libro con la recopilación de los poemas ganadores del Premio «Ciudad del Che » desde su primera edición, titulado Rapsodia para el Che, cuyos ejemplares se agotaron en las librerí­as.

Con edición y emplane de Edelmis Anoceto Vega, diseño de cubierta de Héctor Gutiérrez Bolaños y corrección de Miriam Artiles Castro, el texto se convierte en sí­ en un preciado documento para coleccionar y atesorar, si de obras poéticas dedicadas al Che se trata.

Hasta el momento de la publicación, los ganadores del premio fueron:

Rubén Faí­lde Braña (1997), Jorge Luis Mederos (1998), Alberto Rodrí­guez Rangel y José Luis Najenson (1999), Maylén Domí­nguez Mondeja (2000), Luis Manuel Pérez-Boitel (2001 y 2004), Caridad González Sánchez (2002 y 2004), Edelmis Anoceto (2002 y 2012), Pedro Llanes (2003), Francis Sánchez (2005), Reinaldo Garcí­a Blanco (2006), Moisés Mayán Fernández (2007) y José Orpí­ Galí­ (2008).

Frank Abel Dopico, premio 2014
El desaparecido poeta Frank Abel Dopico (izquierda) cuando recibió el Premio de Poesí­a «Ciudad del Che », en 2014. (Foto: Archivo)

Igualmente, Otilio Carvajal Marrero (2009), Lorenzo Lunar Cardedo y Alpidio Alonso-Grau (2010), Liany Vento Garcí­a (2011), Moisés Mayán Fernández (2013), Frank Abel Dopico (2014), Idiel Garcí­a (2015) y Leymen Pérez (2016). En la vigésima edición, en 2017, se alzó con el premio el joven poeta Joel Herrera Acosta, con la obra «Yuro de hierba mate ».

En el prólogo del libro, el escritor Juan Eduardo Bernal Echemendí­a, manifestó:

«El concurso de poesí­a Ciudad del Che resulta una de esas convocatorias que consiguen la afirmación, desde lo estético, de aquellos valores emblemáticos y humanistas de Ernesto Guevara, de la trascendencia de su vida y de los malabares caprichosos del mito insurgente. […] Son estas elegí­as de multiplicado tono e intensidad particular, contribuciones afectivas y sinceras a la figura incontestable del Che Guevara, sentidas desde cualquier latitud y dirigidas hacia una ciudad emblemática, como reconocimiento a la plenitud simbólica de una zona de la historia cubana y a la grandeza individual de un hombre, en el que se reconoce la más elevada esencia de lo ético.

«Son poemas cuyos atributos estéticos afirman los valores reinterpretados en etapa nueva, distanciados de manipulaciones y efectismos, sencillamente comprometidos con la naturaleza de un hombre y las razones que trazó en los caminos del futuro ».

He aquí­ una selección de los poemas ganadores del Premio de Poesí­a «Ciudad del Che », entregado cada 8 de octubre, cuyo prestigio y valí­a se extiende por cada rincón de la isla.

CHE

Rubén Faí­lde Braña (Premio 1997)

 

Podí­as haber seguido el camino fácil del jardí­n

sus espléndidos espacios reservados

entre las flores más radiantes

elegir la predilecta

 

Podí­as haberte abandonado

a la sombra del cargo promisorio

(embriaguez a la que muchos se rindieron)

envejecer entre cómodas alfombras

recorrer ciudades fabulosas

automóviles de porte señorial hacerlos tuyos

 

Podí­as haber entrado en la Historia

con amables caracteres de imprenta

disolver tu viejo compromiso con América

 

La opción estaba de tu parte

 

Pero votaste por la espesura de la selva

y la montaña agreste

y la insalubridad del pantano y el holocausto de tu vida

que ahora envuelve una leyenda interminable

más allá de la Historia

que todos estos libros

pretenden enseñarnos

 

EL CHE EN ROSARIO

José Luis Najenson (Premio 1999)

 

Yo vi tu casa en mi ciudad, rumorosa de rí­o

y tu ventana abierta hacia el confí­n de la mirada.

Entonces... ya soñabas con lanzar tu inmenso brí­o

contra los dueños de todo, esclavos de la nada.

 

Rosario te acogió sin conocer aún tu espada,

cuyo temple fue el puño de los pobres, el sombrí­o

valor de los vencidos, la porfí­a desolada

de los mansos. Y en el tardo ocaso del estí­o.

 

Pendí­a tu balcón aquella tarde. Un aroma

de magnolias caí­das: la esperanza. Una brisa

jugaba con tu pelo. Pero ya nadie se asoma

 

tras la reja, ya nadie te devuelve la sonrisa,

ya nadie te busca en la certeza de la paloma

que volaba hasta la ventana, desde la cornisa.

 

JULIA CORTEZ

Maylén Domí­nguez Mondeja (Premio 2000)

 

 (La Higuera, octubre de 1967)

A la mañana siguiente el prisionero pidió hablar con la maestra de la escuela... Julia Cortez recuerda: «Me fue imposible mirarlo en sus ojos... »

«Voy a mirar de una vez

siempre me digo,

voy a mirar... »

como si el tiempo

me hubiera puesto por siempre allí­,

tan blanda.

Cara Higuera,

tierra roí­da,

qué modo halló tu fango

de atormentar mi ternura.

Iba a mirar sus ojos y no pude,

cual si fuera mi piel la bala misma,

mi pequeñez, la costra que acumulas

sobre el rotundo silencio de su espasmo.

El guerrillero milagro que ciñera

tu oscuridad a la lumbre de su historia,

no vuelve más.

No vuelve más,

nunca fuiste nutricia,

pero jamás se hizo en ti dolor tan largo.

«Voy a mirar esta vez

yo me consuelo,

voy a mirar... »,

como si el miedo

me hubiera puesto hasta el fin allí­,

loca y pueril ante el vaho que hace trizas

el guerrillero milagro,

mi esperanza.

 

RAPSODIA PARA EL CHE

Pedro Llanes (Premio 2003)

I

Como amaste a los desheredados,

los desheredados también te aman

y no permiten que te nos vayas

con tu cuerpo cóncavo hacia el silencio.

En las noches de octubre, cuando el austro

lame las cicatrices de las ciudades

y pasa por el Tahuantinsuyo

batiendo el gran caracol de la pampa,

tu figura luminosa sale al altiplano

donde duermen la hierba mate y los caballos

en el sueño acuchillado del indio.

Te hemos visto emergiendo de la niebla

asomarte al abismo de la obsidiana

para hacer como Quetzalcoatl

al hombre en el maí­z del tiempo

e irte entre los apalencados y los montoneros

y los resplandecientes cañaverales atlánticos

a descarrilar la historia en Santa Clara.

A los que trinchan nuestro oro y nuestra agua,

a los que encienden el corazón de la salitrera

y degí¼ellan el pongo en la oscuridad,

que sepan que tus manos buenas

siguen más allá de la cercenación,

que aún nos queda el relente de la plata

cristalizada en tu rostro, Comandante.

 

II

Ernesto ha doblado en el silencio.

Venga si nunca ha visto el girasol,

los puestos de reces en la pampa.

Esta virreinal Argentina donde Jorge Luis Borges

sabe el Domesday Book.

Buenos Aires es eterna, Bahí­a Blanca,

los gauchos del Rosario.

Todas esas verdades que sabí­an Alberto Granados y tú

a lomos del asma y la bicicleta,

mientras caí­a lentamente la llovizna

en los ojos temblorosos de Chichina.

Voy a brindar del agua de vida por Ernesto

en la cacharrita de la guerrilla de í‘acanhuazú

donde no hay organillero ni mujeres

que bailen los solos de bandoneón.

Lloverá sobre las ciudades de Corrientes,

sobre tanta gente decapitada

y solo nos queda que aparezcas

junto al llanto del compadrito hacia Sorrento.

 

III

Vení­as con el relente de la plata

cristalizada en tu rostro, Comandante,

para abrirles la puerta a los padecedores

del hambre oscura del corazón

y decirnos hecho fuego bajo la estrella

que estábamos bebiendo tu plenitud,

que estábamos bebiendo de la plata

cristalizada en tu rostro, Comandante.

 

NOTAS SOBRE EL MISMO VIAJE

Leymen Pérez (Premio 2016)

 

Guevara escribió estas notas cerca del Rí­o í‘ancahuazú a doscientos cincuenta kilómetros de Santa Cruz la Sierra.

…Y alguien dijo en voz aimara Waliki mientras

masticaba hojas de coca

para no sentir hambre para no sentir… me tapaba

los ojos

para ver los instrumentos del dolor del paí­s

de cima a sima se deslizaba la noche y la oruga que

nunca será mariposa

debajo de esta frágil intemperie donde escribo

solo mi ausencia escribo me escribo

el cuerpo ahora está desnudo y acostado como el

cuadro de Modigliano barriéndolo todo quedó después

de la última tala para que pudieran atravesar la neblina

la neblina de nuestros cuerpos llenándose de lí­mites

blancos y rojos

tocaba un árbol cuando en verdad tocaba un bosque

un invierno imaginado por el agua que ha comenzado

a secarse

caminaba deshojándolo todo y las hojas entraban a

la boca y crecí­a la mudez de los racimos y los huesos

masticaba hojas de coca para no sentir hambre para

no sentir

la muerte de Jesús Suárez Gayol, Jorge Vázquez y

Eliseo Reyes,

pero la muerte en las hojas en el aire

en la roja intemperie de la sangre.

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