Música en las venas

Bibeity Bastida Ramírez guarda la luz en su voz y en la extrema sensibilidad de sus acordes.

Bibeity con los niños
Bibeity lleva el lenguaje de la música a todos los públicos. (Foto: cortesía de la entrevistada)
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Todos en Corralillo conocen a Bibeity Bastida Ramírez. Con su guitarra a cuestas y rodeada de voces infantiles aficionadas llega a cada presentación, con un bastón como único cómplice de los pasos desconfiados, propios de una persona privada de la luz.

Los pobladores del municipio acuden a actos culturales y políticos con la aspiración de escuchar sus interpretaciones de Cabalgando con Fidel, Y nada más o Un montón de estrellas. Porque Bibeity guarda la luz en su voz y en la extrema sensibilidad de sus acordes.

Como aficionada se acercó al arte en su niñez. Hoy, a los 28 años, guía a aquellos prestos a transmitir sentimientos que no se imparten en ninguna academia.

—¿Cuándo llamó la música a tu puerta?

—Mi primera relación con las artes surgió a partir de la danza, cuando una instructora se atrevió a incluir a dos niñas ciegas en una coreografía. Durante los ensayos en la Casa de Cultura escuché un piano y varias guitarras, y me decidí entonces por la música. Quería cantar y desde los 12 años aprendí a tocar la guitarra.

—¿Por qué Instructora de arte?

—Seguí vinculada al movimiento de artistas aficionados y participé en un sinnúmero de actividades infantiles. Soñaba con estudiar música, pero en aquel entonces un invidente en la Escuela Vocacional de Arte era prácticamente imposible. Además, en el momento en que debí entrar a la EVA tuve que ingresar en el centro de educación especial Fructuoso Rodríguez.

«Mientras cursaba la secundaria básica aquí, en Corralillo, me enteré del programa de Instructores de Arte, que significó una bendición para mí, la realización de ese sueño que antes se esfumó. En la Casa de Cultura Leopoldo Romañach recibí una preparación para la prueba de aptitud. Mi mamá prefería que estudiara Psicología, Derecho o cualquier otra carrera que me resultara menos difícil, pero mi decisión siempre estuvo clara.

Bibeity Bastida
La joven mantiene una vinculación estrecha con las actividades de la ANCI en Corralillo. (Foto: cortesía de la entrevistada)

 —Casi siempre trabajas con niños…

—En realidad no tengo preferencias. Hice mis prácticas preprofesionales y mi ejercicio de graduación en una escuela primaria. Después de graduada comencé a trabajar en el mismo centro, siempre con proyectos de voces. En ocasiones prefiero a los niños, porque son desinhibidos, muestran gran interés y contribuyo de alguna manera a su formación. Pero me gusta trabajar con personas de cualquier edad, dedicadas, con talento, dispuestas a sacrificarse y a exigirse cada día más.

—Nunca faltan los obstáculos…

—Existen muchísimas barreras. Vivo en un municipio bastante alejado de la vida cultural de la provincia. La falta de recursos me obliga a recurrir a los medios propios o a pedir favores, y muchas veces los trabajos no salen en tiempo ni tienen la calidad esperada. Sin embargo, las barreras mentales son mayores. Muchas personas no comprenden determinadas intenciones, frenan ideas innovadoras y desmotivan a quienes optan por expandir los horizontes de la cultura para llevar siempre nuevas propuestas al público. Por otro lado, el número de instructores de arte disminuye a diario, porque los jóvenes se desencantan y buscan en otros sectores lo que aquí no encuentran. Tantos detalles me obligan a esforzarme el doble y varias veces he temido al fracaso.

—¿Dónde encuentras el aliento?

—En estos años viví momentos que me hicieron crecer personal y profesionalmente. Vale la pena trabajar cuando recibo la gratitud de los niños que me acompañan. Muchos continúan en los proyectos aunque cambien de enseñanza. Otros, ya en la universidad, recuerdan con cariño las presentaciones y los logros que alcanzamos. Eso me enorgullece.

La humildad engrandece aún más a Bibeity sobre el escenario. Conoce y admira todo el repertorio musical cubano, desde mediados del siglo anterior. Respeta cada uno de los géneros musicales, porque «con el estilo más marginal puede decirse un te amo, sin caer en la vulgaridad y en la chabacanería».

En las composiciones de Silvio Rodríguez y de Pablo Milanés encontró un manantial capaz de saciar la avidez de su garganta e imponer un ritmo a sus dedos sobre la guitarra. Le impresionó la sensibilidad de Ivette Cepeda y la suspicacia hecha poesía en las letras de Buena Fe. Pero Lidis Lamorú le dejó una marca profesional definitiva.

Bibeity y Lidis Lamoru
Lidis Lamorú ejerció gran influencia profesional sobre Bibeity. (Foto: cortesía de la entrevistada)

«Lidis cantó en Corralillo en marzo de 2017. Yo llevé a mi hija y quise saludarla cuando terminó el concierto. Mencioné mi trabajo con niñas aficionadas y le conté que interpretaba parte de su repertorio. Ella se emocionó muchísimo y me dijo: «Cuando regrese a Corralillo ustedes cantarán conmigo».

«Y cumplió la promesa. Conmovidas por la felicidad y por el reto, subimos al escenario junto a ella el 30 de noviembre. Antes de escuchar nuestras voces nos invitó a acompañarlas en el cine Camilo Cienfuegos de Santa Clara. Conversamos mucho, me motivó a continuar el esfuerzo, a seguir profesando el amor que engendra el oficio de artista. Incluso, públicamente, me dio sus backgrounds, que es lo más personal de un músico.

—¿Te has adentrado en la composición?

—Me atreví. Tengo varias canciones dedicadas a amigos y estoy trabajando en otra como agradecimiento a Lidis por ese gesto tan bonito. No he hecho público ningunos de estos trabajos, pues son muy personales y aún no he podido crear para mi familia, porque toda la poesía me parece insuficiente.

«Cuando compongo busco primero la letra y luego agrego la melodía. Soy bastante rigurosa con las palabras: tienen que transmitir un contenido, pero de forma muy sencilla, para que lleguen a todos.

—¿Cómo es Bibeity lejos de la guitarra y de los micrófonos?

—Mi vida familiar me hace tan feliz como la música. Vivo con mi esposo, mi mamá, mi abuela y mi hija de cinco años. Quizás por el apoyo incondicional de mi madre, muchos piensen que todo cae sobre sus hombros. Yo me ocupo totalmente de la niña. Aprendí a hacer lo que no sabía: preparo su uniforme, le doy la comida, la peino. De hecho, yo le ponía los alfileres a los culeros y las personas se asombraban, preguntaban si no la pinchaba y yo siempre respondía: ¿para qué están las manos?

—Si hablamos de sueños…

—Me encantaría conocer personalmente a mi cantante favorita, la italiana Laura Pausini. Pero con los pies sobre la tierra, quisiera integrarme a un proyecto cultural que me obligue a estudiar la guitarra con la misma dedicación que cuando estaba en la Escuela de Instructores de Arte. Necesito exigencia, porque a veces me siento estancada y tengo que renovarme cada día más.

Esta es Bibeity, Bibi, la «niña» de Mayra Ramírez. Siempre con una canción bajo la manga, para acumular aplausos, risas o lágrimas e iluminar con su arte el rincón noroeste de la provincia de Villa Clara.

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