«El buen lector no es coherente»

Entrevista con Luis Álvarez, premio Nacional de Literatura que prestigia con su presencia la Feria del Libro y la Literatura en Villa Clara.

Luis Álvarez Álvarez en Feria del Libro de Villa Clara
El poeta, crítico e investigador camagüeyano, doctor en Ciencias y premio Nacional de Literatura Luis Álvarez Álvarez fue uno de los invitados que distinguieron la Feria del Libro y la Literatura en Villa Clara. (Foto: SMB)
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El premio Nacional de Literatura 2017, Luis Álvarez Álvarez, atesora una vida dedicada a la producción artística. Un intelectual de talla alta, con una cultura enciclopédica que, tras un día intenso —luego de presentar su conferencia «La idea de nación en José Martí y su libro Isla en mi cuerpo»—, accedió a conversar con Vanguardia.

—¿Cuál es la importancia de retomar el concepto martiano de nación en los momentos actuales?

—En primer lugar, no podemos desatender las ideas de Martí sobre la nación, dado que él es uno de los grandes constructores de la nación cubana, no el único, desde luego, pero sí uno de los más importantes y memorables. Otra razón, objetiva, es el hecho de que precisamente en la época de Martí es cuando el pensamiento sobre la nación, desde el punto de vista teórico, se consolida por primera vez y, desde luego, es necesario volver siempre a él en este sentido, y más en los tiempos presentes, porque el pensamiento martiano es ante todo ético, revolucionario y patriótico.

«De manera que aunque el tiempo haya cambiado una serie de factores, las ideas de Martí siguen siendo no solo válidas, sino profundamente conducentes. Nos pueden servir de guía en lo que se refiere al desarrollo y la visión de la nación cubana.

«Es interesante que en los últimos 30 años, lo cual incluye las décadas finales del siglo xx y la primera del actual, se ha venido produciendo una nueva reflexión sobre el concepto de nación. Un concepto muy interesante que es el de comunidad imaginada, es decir, según este criterio, los seres humanos piensan su nación también de una forma ideal, lo cual no está en contra de que la vivan objetivamente.

«Es una obligación para todo el país que quiera vivir y sobrevivir. Tenemos que pensar en nuestra nación como una comunidad idealizada, porque es bueno también idealizar, en la cual ponemos nuestros más recónditos deseos, aspiraciones, ideales…»

—Estamos en la época de la globalización, ¿cómo mantener las esencias de nuestra nacionalidad en una época de tanta penetración cultural?

—Cuando se habla de globalización en los últimos tiempos, se olvida que desde la época más antigua de la humanidad, me refiero al renacimiento mismo, se exportan y adoptan símbolos, parámetros y esquemas culturales. No olvidemos nunca que a principios del  siglo xviii existía el maniquí de París, que los costureros enviaban a otras capitales de Europa con los atuendos de última moda. No había internet ni televisión, pero existía el maniquí de París. ¿Eso no es globalización? Claro que lo es. En ese siglo hablamos de que toda Europa se había afrancesado. De Rusia a Inglaterra las clases dominantes tenían que hablar francés. ¿Eso no es globalización?

«En el momento actual el fenómeno de la globalización, mediado por las tecnologías informáticas, cobra una vitalidad que antes no tenía, pero no quiere decir que esta sea la primera vez que una nación se enfrenta a la importación de otros esquemas culturales.

«La globalización no se puede convertir en un asunto: “¡Cuidado, cuidado, que ahí viene el lobo!”. Se necesita aumentar nuestra propia cultura nacional, atrincherarse en ella, no para no asimilar la globalización. En el futuro el planeta estará intercomunicado en todos los sentidos, y podremos hablar, con toda propiedad, de una única y general humanidad.

«Mientras tanto, no podemos dejar de tener en cuenta que al lado de ciertas sombras, también existen los elementos positivos, de comunicarnos con el mundo, de saber del otro. Muchos de los problemas más graves que la humanidad ha enfrentado a lo largo de su historia son por su incomprensión del otro: del otro país, del otro pensamiento, de la otra cultura.

«No hay que tener miedo a un futuro inmediato, siempre y cuando sepamos defender lo nuestro, no de manera artificial, sino incorporándolo a nuestras vidas. Sabiendo exactamente de dónde venimos, porque saber de dónde venimos es la única manera de tener alguna idea de a dónde vamos».

—Volvamos a Martí. ¿Considera que quedan importantes terrenos inexplorados en el pensamiento martiano?

—Siempre, sobre un gran artista, habrá lecturas sucesivas y zonas por conocer. Por una razón, como hace varias décadas se identificó por los grandes pensadores de la semiótica, un lector es una persona que construye a su manera el texto del otro. Cada generación tiene una lectura diferente de su herencia cultural y esto significa que nunca conoceremos por entero la obra de José Martí ni la cultura cubana del siglo xix.

«Un filósofo y una gran figura política como Vladimir Lenin habló de una dialéctica entre verdad relativa y absoluta, y subrayó el elemento fundamental: nunca se llega a la verdad absoluta del todo, sino que se dan aproximaciones graduales, pudiéramos decir dialécticas, aunque es una palabra de la que se abusa mucho.

«Eso quiere decir que nos quedarán zonas de Martí que no hemos investigado porque serán zonas de nosotros mismos. Es a nosotros mismos a quienes investigamos en Martí, es nuestra propia contemporaneidad, nuestra propia juventud la que se proyecta sobre el texto de Martí, y nos hace leerlo y encontrarle nuevos significados».

—«Estamos en medio de la Feria de Libro, existe una triada muy famosa: libro, literatura y mercado. ¿Usted cree que hay una fórmula funcional que pueda unir estos tres elementos?

—Existen muchas fórmulas funcionales que unen estos tres elementos. El problema no está en la fórmula, sino en las condiciones, el trabajo que se haga, el dinero del que se disponga para estimular una producción a la altura que toda sociedad necesita. Esos tres elementos son vitales, pero, además de ellos, existen otros que no son solamente el escritor, el vendedor, el precio o mercadeo que se le haga al libro.

«También tiene que ver con la educación de las generaciones en la lectura, lectura que también se transforma. Tú no lees como yo leía a tu edad o como lo hago ahora mismo. No se trata de que sea mejor o peor, sino de que cada generación tiene sus especificidades. Ninguna persona de la generación de mis padres hubiera encontrado interesante en absoluto leer un grafiti, pero hoy el grafiti es una forma de arte.

«Esto significa que el trabajo con el libro a nivel cultural cambia con el tiempo. ¿Cuál es la situación en este momento? Te diría que necesitamos mejores libros cubanos, que se dirijan también a un público que no siempre sabemos apreciar y respetar: el que no es artístico, el público que quiere entretenerse y aunque no es el mejor público, existe. Necesitamos literatura de entretenimiento, humorística, costumbrista, que se refiera a la forma efectiva que vivimos, no solamente en términos hipernegativos o edulcorados y tontos.

«Necesitamos una producción que cubra todas las expectativas. Afortunadamente, por ejemplo, se produce todo lo que es posible para los niños, pero no basta. Necesitamos una reflexión sobre cómo es el lector cubano actual. Pues Cuba sigue leyendo mucho, y sobre todo los jóvenes siguen haciéndolo, lo que no leen exactamente lo que los mayores de 50 años leyeron en su tiempo y quisieran que se siguiera leyendo».

—Tres libros que usted les recomendaría a los jóvenes.

—¡Tres libros! No me atrevería a hacerlo por lo que te acabo de decir. Lo esencial no es decirles qué libros deben leer, me niego a eso, sino decirles: lee lo más constructivamente lo que quieras.

—¿Y sus tres libros?

—Todo Martí. Suena “tecoso”, como dicen los jóvenes. No es un libro, pero sí es un libro. Soy fanático de una novela que se publicó hace mucho tiempo: El gran Meaulnes, de Alain-Fournier, un libro que marcó a la generación de Orígenes y a los poetas de la década de los 70. Creo que también te diría que la Biblia, que tampoco es un libro, sino un montón de ellos. Como ves, son tres elecciones complemente incoherentes. Pero es que el buen lector no es coherente. El buen lector lee de aquí, de allá y de acullá. Un buen lector no es el que más lee, sino el que lee de modo más diverso. Ojalá logremos que en Cuba las jóvenes generaciones, las futuras generaciones de viejos, no quieran leer un solo libro, sino muchos, de la manera más incoherente, pero más afectiva, más de corazón.

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