Tremenda lengua, compay

Si hay algo cierto en esta tierra es que en cada pariente del campo vive un catauro repleto de cubanismos. Esta vez, «Tengo la palabra» se acerca al lenguaje guajiro. 

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Cada vez que Faustino viene de San Diego a Santa Clara, el guajirito marca alguna impronta en el lenguaje de la ciudad. Óigame, porque si ese compay tiene algún don especial es el de hacer reír con sus ocurrencias. Saca taburetes para el patio, le «chupa el rabo a la jutía» y el santo «lingüístico» se le monta con poco ritual.

El último día que el pariente del campo aterrizó en el Condado, sonrojó al preadolescente de la familia. Al verlo corretear tras una jovenzuela, gritó a los cuatro vientos: «Se te nota, mijito, que estás como puerco pa’ 31. Pero, tranquilo, la yagua que está pa’ uno no hay vaca que se la coma».

Ilustración de Martirena
(Ilustración: Martirena)

Desde ese momento, los auténticos consejos de coqueteo ocupan y preocupan al «viejo» alebresta’o: «Apúrate y échale maíz (enamórala), porque debajo de cualquier piedra aparece un sapo y después no quiero llanto». Ahí se forma la guasanga y el dime que te diré. «Míralos junticos. Si yo lo digo: cada palo tiene su chipojo». Entonces, Faustino se «enclocha» y no hay quien lo saque del tema amoroso. 

Con ese acento que lo caracteriza, el primo regala gozo a los vecinos que se sientan a su lado para integrar el «guateque». Pero la cosa se pone caliente cuando al guajiro de monte adentro le dan el pie forzado para hablarle de una mudanza definitiva. Los sediciosos vecinos —provincianos capitalinos y equivocao’s— encienden una chispa peligrosa. Le dicen que Santa Clara es Santa Clara y lo demás áreas verdes. Que vive donde el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó.

Sin embargo, la batalla de argumentos toma un rumbo impredecible. «No qué va. ¿Yo por estos rumbos? La cabra tira pa’ el monte. Además, ¿qué tanto hablan si aquí en la ciudad no hay ni donde amarrar la chiva?». Agrega que en la manigua todo está «al cantío de un gallo». «Me tiro pa’l surco y yo mismo resuelvo el boniato, la yuca y ¡la leche!», dice orgulloso y silencia a los provocadores.

Faustino está fuerte como un roble. Asegura que lo único que le duele es un «testero» (un lado), pero cuando viene a la ciudad en busca de un médico, gallo viejo se vuelve fino.

Si algo es cierto en toda esta historia es que nuestro viejuco tiene una «lengua» guajira, buenísima, muy productiva. No porque ande de casa en casa enredando historias que no son ciertas, sino por esa originalidad donde la picaresca y el jolgorio popular nos recuerdan que en cada pariente del campo vive un catauro repleto de cubanismos, sabiduría guajira. Ahora sí, festejando la variante cubana del español, ¡nos vamos y nos vemos!

Se han publicado 3 comentarios

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  • Roger Pacheco

    Dígame a mí de el campo, después de un buen café criollo con el cánti'o de el gallo y con internet es lo mejor, pa'que quiero ciudad, un abrazo grande.

    • yinet

      Así mismo es, Roger. Ahora sí este mundo es una aldea bien chica. Tire pa'cá un par de frases bien criollas que la recibiremos con gusto. Gracias por leernos.

  • Roger Pacheco

    Gracias Yinet, qué "gusto que te guste" mi comentario, un día de estos te invito a un café.
    Cubanos de el campo: Una vecina leé un rótulo que hice la palabra, (presta), ella pronuncia (empresta) jajaja caluroso saludo para ti y el equipo de redacción.