Confesiones de grandes (en dominó)

Tengo la palabra trae una crónica bien cubana del dominó, juego superproductivo si de lengua criolla hablamos. 

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A Belkis, mi eterna vecina, en donde esté.

Cuando digo «dominó», un pasado medio reciente se apodera de mí. Nostálgica, recuerdo las noches en que mis buenos vecinos Quiqui y Belkis nos invitaban a echar un partidito de aquel juego que le ponía a abuela los pelos de punta.

«Otra noche con ese escándalo», decía. Entonces, los gritos de «pollona», «nocao», «capicúa», las riñas verbales de resentimientos adolescentes, derrocaban la tapia del patio colindante (el mío). «Mija, tú no le vas a decir nada a esas niñas?», reprochaba a mamá, que andaba por el quinto sueño.

Mujer con ojos cerrados
(Ilustración: Alfredo Martirena)

Y aunque yo, «botagordas» por excelencia, jamás pude ganar la simpatía del equipo contrario (ni del mío), vivía y moría por escaparme a los divertidos campeonatos nocturnos.

«Tristezas me dan tus penas», me decían los contrincantes recurrentemente. «Síguete agachando», amenazaba mi hermana, mientras juraba y perjuraba no acompañarme en la próxima tanda. Lo cierto es que de vez en cuando tenía «letras» encima de la mesa.

«Pásate». «Pásate». «Pásate».

Aquellas palabritas martillaban mis oídos, mientras la rumba de los esposos estrategas enojaba a quien odiaba darle victorias al enemigo (yo). «Ponle número a la casa, porque se irán en blanco», «Orina pa’ que te acuestes», decían entre burlas.

«De espalda y enjabona’» soltaba la data de ensueño que dejaba para el final. Caía como mansa paloma en las traquimañas de los grandes del dominó.

Pero el momento más feliz era aquel en que yo misma le «daba agua» a la cosa. Así, acomodaba el tablero a mi conveniencia y luego la elección era perfecta:

Jamás «la que menos pesa», «la nuevecita de paquete» (doble nueve), caía en mis manos. Me daba alergia. Yo cazaba, por ejemplo, el blanquizal de Jaruco (doble blanco): ¡ese sí!

Y ni imaginar en mis manos los «dóblese y pida un tabaco» (dobles), porque sabía que debía soltarlo cuando menos me placiera.

Por su parte, los Ochoa Mendienta no me daban en la vena del gusto. Por eso lo dejaba esquinados, como si la mano no me alcanzara a cumplir con la encomienda.

Prefería los «ceibabos» (seis), los «sin comer no hay quien viva» (cinco), «bailar con Teresa» (tres)… y de ahí para abajo: los duques y las duquesas (dos), las pullas y las que hincan (unos) —como una botagorda que se respetaba.

«El mayoral no corta caña», se jactaba aquella pareja mientras yo, como perdedora, al más libre estilo de sírvase usted mismo, me deleitaba en aquella mesa buffet de números.

Amigos, perdónenme si me he confesado demasiado tarde. 

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