Viaje nocturno de dos trovadictas

Gracias a la Trovuntivitis por estos 22 años regalándonos canciones.

(Foto: Archivo)
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Caridad llegó con su uniforme de color azul hasta la casa sin luces de los trovadores de Santa Clara. La acompañaba Ana, a quien había conocido en el funeral del girasol de la montaña.

Como siempre, en el árbol del centro, había indias hermosas y españoles que no tenían la culpa de nada. Les brindaron moringa, esa planta milagrosa parecida a la carne de pollo. La moringa que es, por cierto, preferible a un buen plato de jicotea que siempre pone bien lento el movimiento.

La luna naranja brillaba esa noche, para terror de un guajiro enamorado que aún sacaba maíz del campo. No era culpa del satélite y ni de los prejuicios del campesino, es que su mujer lo había dejado y corría hacia la casa antes de que comenzara la lluvia.

La luna, siempre la luna, marcaba un rastro lento con su recorrido, impidiendo que aplastaran a la pobre cucaracha que en la otra vida pudo ser persona. A la cucaracha, ese sagrado animal, le encantan los extranjeros, no importa si vienen con látigos o sin dinero.

Caridad y Ana, que se quieren para sorpresa y misterio de unos cuantos, tomaban alcohol 90 a escondidas, y no sabían si les hacía bien o mal, pero las descongelaba y les curaba el dolor de muelas.

Ellas, que siempre prefirieron la batidora heredada de la abuela, antes que esa copia mala de Coca Cola, querían ver —y vieron— a la luna cantando una tonada y aunque sus manos no la alcanzaban, se convirtieron en agua de alguna cascada.

Toda la noche escucharon el leve zumbido de un ciclón que avecinaba otra eternidad. Ana y Caridad dejaron a sus voces volverse frágiles para poder alcanzar otros corazones. ¡Pobre gente esa que no las entienden, que no notan cuánto apremia el futuro, que solo encuentran piedras!

Ana y Caridad bailaron como en la luna de Valencia y con su santa paciencia esperaron los milagros prometidos en medio de un apagón. Los astros las protegían de todas las miradas en falso y entre giros y más giros perdían el sol a cada rato. Por suerte, lo volvían a encontrar, pues el astro rey, como ladrón de emociones, siempre abría la puerta para regresar.

Sabían que la carrera sería aún más dura, pero que la ganarían soltando las amarras, con la convicción de Eliodoro, que coge el trillo bien temprano con la guataca en la mano; porque están seguras de que los «travadictos» no descansan nada, o casi nada.

Así que cerca de la una, después de haber sudado tanto y tocado las claves —que son de quien mejor las clave— arrancaron en su carro loco tarareando a Matamoros. Se marcharon con el consuelo de que aún quedan Carolas que bailan solas el son de altura.

Caridad y Ana, las inmortales, saben que no se necesita más nada para tocar el sol, que el hijo prodigio de la poesía del centro siempre estará en el mismo lugar con un vaso de ron en la mano, como el gran virus de la pasión. Ellas, que son las que más aplauden, las que más cantan, las que se convierten en trova cada madrugada.

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