Sacramento bautizado de luz

Eridanio Sacramento Ramos, cronista fotográfico de la ciudad de Santa Clara, es también fundador del Fondo Cubano de la Imagen, merecedor de varios premios y reconocimientos, y más de 40 exposiciones en su curriculum vitae.

(Foto: Alejandro Javier López García, estudiante de Periodismo)
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Envuelto en nervios, lleno de expectativas y, sobre todo, intentando vanamente ocultar mi impericia de estudiante que se enfrenta por vez primera a una entrevista, entré a la Uneac. Allí me había dado cita para las cuatro; sin embargo, decidí anticiparme unos diez minutos. Por un momento me sentí confundido. Aquel lugar estaba vacío, solo delataba cierta posibilidad de presencia una estrecha puerta entreabierta. Me acerqué y dentro estaba él, entre marcos, dibujos y pegamentos, absoluto dueño de un desorden abrumador, empeñado en darle forma a lo que en horas de la noche conformaría la exposición del Salón del Humor.

No quise molestarlo e intenté darme la vuelta, pero él me invitó a pasar y me saludó con jovialidad. Me sentía un tanto incómodo sabiendo que mi única función allí consistía en alejarlo de su trabajo, y se le veía bastante ocupado. Aun así, me condujo hasta una mesa en el comedor. Me habló brevemente acerca de sus funciones y pude ver cuán exhausto parecía. No obstante, para mi contrariedad, ante la primera pregunta estalló en una carcajada que enturbió sus ojos.

—¿Por qué «El señor mayor»?

—Verás, aquí en la Uneac hay muchos jóvenes trabajando. Supongo que me ven mayor porque es un hecho, pero no sé si será también porque a la hora de trabajar y exigir soy más responsable. Me considero una persona muy práctica. Si tengo trabajo por hacer, no me gusta estar sentado. Detesto que las cosas me lleguen a última hora y apretarme al final. Aquí ayudo a todo el mundo, siempre estoy en movimiento.

—¿Cómo llegó la fotografía a su vida?

—Desde muchacho viví en el campo, soy hijo de campesinos. Recuerdo que mi hermano mayor venía mucho a la ciudad a estudiar y tenía pasión por la lectura. Solía comprar libros y revistas, en aquel entonces del campo socialista: checas, alemanas y polacas. Él se dedicaba a leer y yo a ver las imágenes.

«Ya desde pequeño la imagen me llamaba mucho la atención, me fascinaba ver los detalles. Para mí, adentrarme en el mundo de la fotografía fue de esas cosas que fluyen sin pedirlas.

«Entré al Minint con 23 años. Me llevaron para una unidad y allí me mostraron el cuarto oscuro de fotografía. Aunque no sabía nada, aquello realmente me atrapó. Poco a poco fui aprendiendo cómo revelar rollos, cómo se imprimía, y cuando vine a ver ya estaba enganchado; me quedé ahí y ya no pude salir. Se había hecho parte de mí».

—¿Qué tipo de trabajo hacía?

—Documentos, carnés de identificación, hacía procesos de revelado y de impresión. Ocupaba una plaza de oficial de guardia y tenía un sistema de 24 horas de trabajo por 48 de descanso, y en ese tiempo de ocio me quedaba en el laboratorio experimentando, me sentía cautivado. Llegó el momento en que me llamaron para ofrecerme la plaza de oficial fílmico, y me cayó del cielo porque me gustaba. Ahí estuve 29 años.

—¿De qué forma se introduce en el mundo del arte?

—Soy miembro de la Uneac desde el año 92. Recuerdo a un compañero, ya fallecido, Andrés Sardiñas, a quien considero mi maestro. Íbamos a talleres fotográficos y mostrábamos nuestros trabajos. Gustó lo que hacía y me aconsejaron introducirme en el mundo de la fotografía artística. Imagínate, no conocía cómo era eso, sabía de la parte técnica, pero de lo artístico nada. Andrés me dijo que comenzara a ir los sábados a su casa, y así fue explicándomelo todo. Me invitaba a clubes, a eventos fotográficos. De esa forma me interesé en participar en el movimiento aficionado. Luego, en el año 90, monté una exposición muy grande en la Casa de la Ciudad, con alrededor de 200 imágenes. Gracias a ella me conocieron, se puede decir que me levantó, y a partir de entonces fui invitado a otras exposiciones. Cuando me jubilé del Minint, Tony, el presidente de la Uneac en aquel momento, me ofreció trabajo en su núcleo. Aquí hacía de todo. Después me propusieron la plaza de especialista en montaje de obras de arte, y hasta el día de hoy eso hago.

—Usted viene trabajando en el campo de la fotografía desde la era analógica. ¿Ve en la digitalización del proceso una disminución del arte?

—Antes de surgir la fotografía digital se le llamaba solo fotografía, nunca se le dijo analógica. Entonces era muy difícil conjugar que un fotógrafo fuese artista y laboratorista a la vez. Una cosa es hacer la imagen y otra trabajar en el laboratorio. Ambas eran complicadas y no se conseguían de hoy para mañana, llevaba mucho estudio. Tomaba demasiado tiempo para alguien convertirse en fotógrafo. Como cualquier trabajo, exigía experiencia, no era fácil adaptar el ojo.

«El proceso químico no ofrecía tantas facilidades. ¿Qué pasa en el cambio digital? Veo que es mucho más fácil. Cuando lo miro desde un punto de vista, para mí que dominaba lo otro, el cambio no me supone ningún desafío. Me he adaptado muy bien, aunque sigo haciendo las cosas según mis métodos analógicos. No me gusta abusar de las facilidades que otorgan las computadoras en la edición fotográfica. Trato de alterar la imagen lo menos posible. Ahora sencillamente haces una foto, la llevas a la computadora, y en cuestión de minutos haces y retocas, a la velocidad de un teclazo, lo que en otros años te consumía horas de arduo trabajo. Aunque hoy todo es más frío, la fotografía nunca ha dejado de ser un arte, claro, siempre y cuando se manipule lo menos posible la imagen.

—La óptica fotográfica es muy delicada. Suponga que se le rompe un lente…

—Lo que más he explotado es la óptica analógica de cámaras antiguas adaptadas a la fotografía digital. Así he podido aprovechar lentes de buena calidad, que ya los tenía o me ha sido fácil obtenerlos, y no he tenido que hacer grandes inversiones, porque yo no puedo permitírmelas. Las personas no saben que pueden ser útiles, pero como yo domino la parte de fotografía analógica, sé cómo utilizarlos. Ya se sabe que no se tendrá el mismo automatismo de la cámara, pero si traes un conocimiento previo, le sacas partido. Esos lentes antiguos se pueden adaptar y dan muy buenas imágenes, con una calidad inmensa. Salvo un solo lente que vino con la cámara, todos los demás son antiguos, adaptados a las cámaras Nikon. Aplico mucho la inventiva, llevo piezas a los torneros y hago varias gestiones en función de explotar una fotografía con la idea de la óptica de los años 80, que era muy buena.

—¿Y si no fuese así?

—Si no hago estas cosas, sería muy complicado, porque las cámaras que se compran actualmente, las que están entrando al mercado cubano, son tan solo el cuerpo de la cámara con un lente medio, para que todo el mundo pueda comprarlas. En otros países se pueden adquirir con los requerimientos que cada cual necesite, así sean las más caras; pero aquí no sucede así, y no entran lentes. Si no es porque mandas buscarlas, no las encuentras. Hasta hoy no sé de ningún lugar donde se vendan cámaras, todo el mundo las obtiene por otros medios. Para hacer fotografías de naturaleza, por ejemplo, necesitas lentes específicos, por lo que no puedes ir con los estándares medios que vienen con el equipo, y ahí es donde entra mi inventiva con los antiguos, ya sabes.

—¿Puede afirmar que vive de su arte?

—No. El asunto es que no comercializo mi arte, lo hago como un gusto personal, por el deseo de expresar algo, y que un público lo vea y disfrute durante una exposición en un salón; como tal, con la fotografía no gano mucho.

—¿Entonces en su trabajo no cuenta el afán de lucro?

—Tengo una pensión que no me alcanza y un salario aquí. A veces me piden un trabajo determinado y me pagan; pero son fotos para una revista, solo eso. No es como tener un estudio y hacer fotos para vender. Como esto no es lo que quiero, desde mi punto de vista no me sirve para lucrar y vivir de ella. Lo mío es el arte.

—¿Y de qué forma puede resultar rentable la fotografía?

—Mira, hay fotógrafos que se dedican a la fotografía publicitaria y ganan dinero, hacen su trabajo en función de eso. Ejemplo: fotografías de quince y de bodas, que también pueden tener un sentido artístico en dependencia de lo que demande el cliente; pero no es algo que yo haría, porque si vives de eso tienes que limitarte a complacer. Otra forma es cuando trabajas para la publicidad del Turismo, aunque no es lo más usual, al menos no aquí en Santa Clara.

—Usted tiene tres hijos. ¿Comparten su pasión?

—Uno de ellos sí. Estudió instructor de artes plásticas y después siguió la línea de la fotografía y el video. Se dedica a hacer obras relacionadas con videoarte, exposiciones, eventos, etc. Es mi hijo, lo veo, me pide opinión, le doy criterios, lo apoyo en sus ideas y aprendo cosas de él. Le ha puesto mucho interés y le gusta experimentar. Ha trabajado, al igual que yo, mucho el tema de la ciudad.

—¿Siente que trabaja en el rescate de la fotografía?

—Creo que sí, porque he tratado de enseñar mucho de lo que sé a los jóvenes en talleres y conferencias. Fui una persona muy afortunada, pues en mis inicios pude contar con la ayuda de muchos buenos maestros de fotografía. Tuve la oportunidad de acercarme a ellos, y sin interés me ofrecieron sus conocimientos. Por eso, me siento en deuda, y a todo el que se me acerque con una idea y necesite saber algo, le doy mi ayuda y le enseño cuanto sé. Si el conocimiento no se transmite, muere; por eso hay que darle una continuidad. Resulta de inmensa satisfacción contemplar el trabajo de otro donde veas reflejado lo que enseñaste, lo que pudiste aportar en un momento determinado; es muy reconfortante.

—A menudo se dice que la belleza está en el ojo del observador. ¿Qué cree de esto?

—La belleza es lo más simple, porque puede existir algo bello y al tratar de resaltarlo corres el riesgo de que pierda su interés natural. Pienso mucho en eso. La belleza está en un simple paisaje, en un pequeño espacio; en detectar una textura, una pared, algo antiguo, en una reja, en un fragmento; pequeñas cosas bellas que la mayoría de las personas no se detienen a observar y solo quienes tienen un ojo entrenado logran captar. Lo que hay que saber observar, buscar, captar el ángulo.

—Para una toma perfecta, ¿qué supone primordial: una buena cámara o un buen fotógrafo?

—La fotografía es un conjunto de elementos. Tiene que haber un equipo, de menor o mayor calidad, de eso no cabe duda. Pero, ¿qué hace que ese equipo haga una buena fotografía? Depende de la visión, de las posibilidades del artista. Está también en la escena que vayas a fotografiar, hay algunas que por sí solas te revelan una buena fotografía, hay otras que no. Si tienes una buena técnica, un buen equipo y el conocimiento requerido, debes lograr cosas buenas. Recuerdo que mi padre decía: «A veces la herramienta no es tan importante como el cabo».

—Si le dieran la oportunidad de retratar un instante de la historia, ¿cuál sería?  

—En verdad no sé, realmente siento que todos los días estoy retratando la historia. Una vez leí de un crítico de arte que el fotógrafo que se dedica a hacer la fotografía diaria es como si retratara a diario pedacitos de mundo. Entonces todo lo que hagas de este modo es historia. Aunque lo que más desearía fotografiar es el instante en que estén reunidos todos los líderes políticos firmando la paz mundial, sería lo más grande para mí. Claro, eso contrastaría con las que más me han llamado la atención, me refiero a esas fotografías de guerra que te invaden los sentimientos, de las que te dices: ¡Coño, ojalá nunca tenga que hacer una así!

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