Una huella muralista de Amelia Peláez en Santa Clara

Un mural poco conocido de la reconocida pintora cubana se halla en un centro escolar de la ciudad.

Mural de Amelia Peláez en Santa Clara
El mural de Amelia Peláez en Santa Clara está ubicado en el antiguo Colegio Salesiano, hoy Escuela de Formación de Profesores de Educación Física y Deportes Manuel Fajardo. (Foto del autor).
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La inconfundible línea negra, distintiva de las obras de la célebre pintora Amelia Peláez del Casal (Yaguajay, 1896-La Habana, 1968), pareció ser una de sus obsesiones, al punto que al restaurar un viejo cuadro de naturaleza muerta, regalo de bodas a su hermana Sofía, cuentan le pintó a los frutos un contorno negro inexistente en el original obsequiado.

Pero, no se trata —hasta donde sabemos—  de algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, sino de un recurso personalísimo de su estilo, de su sello propio, de ser inconfundiblemente Amelia, la también sobrina del poeta Julián del Casal.

La línea negra aparece en sus interiores domésticos y en sus pinturas murales, como el de la capilla del otrora Colegio Salesiano (hoy Escuela de Formación de Profesores de Educación Física y Deportes Manuel Fajardo), en la cual Amelia Peláez representó en la pared tras el altar mayor, a un San Juan Bosco poco familiar a la iconografía convenida por el catolicismo, con una intencionada desproporción entre su cabeza y sus sobresalientes manos entrelazadas, escoltado por unos ángeles y otros elementos abstractos o semiabstractos, en una gama cromática a base de blanco, negro, gris y colores fríos, predominantemente.

Si bien puede ser cierto que Amelia Peláez no era muy devota y daba limosnas solo por conservar viejas tradiciones del pueblo cubano —como afirmó su hermana Carmen al investigador santaclareño José Seoane Gallo para su libro Palmas reales en el Sena (1984)—, dejó en 1956 en Santa Clara con este mural de ocho metros de alto y de ancho —y apenas conocido—, uno de los monumentos más bellos de la pintura religiosa moderna cubana y de la pintura mural en toda la Isla.

El lugar donde se ubicó el mural, la Casa o Colegio Salesiano devenido Escuela de Artes y Oficios o Escuela Técnico-Laboral, se construyó como un edificio moderno para niños de escasos recursos interesados en aprender alguna labor. El interés filantrópico, educacional y social del acaudalado Eutimio Falla Bonet —quien dispuso los recursos económicos para el edificio— y la profesora y activista Rosa Pérez Velazco —cuyo nombre adoptaría dicho Colegio tras su muerte—, serían determinantes, y asimismo la dirección del sacerdote salesiano de origen húngaro José Vandor —en estos momentos en proceso de canonización en Roma. A la luz de algunas fuentes, sería definitoria la ayuda de Vandor para el consentimiento final hacia la pintura de un San Juan Bosco en versión moderna.

Amelia Peláez, por su parte, confesó a Seoane Gallo que la pintura religiosa no la motivaba, o como gustaba decir, la tenía sin cuidado.Ya por esos años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, las influencias vanguardistas de Amelia, desde el cubismo y su descomposición de los planos del objeto más allá de la perspectiva convencional, la acercaban al lenguaje abstracto.

Nos referimos a modos de concebir el hecho artístico que en el llamado interior del país debieron ser noticia de última hora, y si a ello sumamos el estatismo de la imaginería católica antes del Concilio Vaticano II en la década de 1960, podemos explicarnos las anécdotas de las incomprensiones despertadas por la propuesta de decoración para la capilla santaclareña. Como cuando trajeron frente a Amelia una pequeña estampa del santo a fin de que esta, en plena faena, rectificase rápido o variara su pintura mural. Pero, la autora no consintió.

El porqué Amelia precisamente es una respuesta pendiente. Se sabe que la artista cubana estuvo antes en la ciudad, junto a otros de nuestra vanguardia, en la ejecución de los murales —estos un poco más conocidos— de la Escuela Normal para Maestros, durante unos cortos días de 1937 aprovechados por Amelia para conocer Santa Clara al dedillo. O pudo ser idea del arquitecto del Colegio, Juan R. Tandrón Machado. También podemos especular que el Padre Vandor —a quien nada le era ajeno, ni en la liturgia religiosa ni en al arte ni en la problemática social— pudo conocerla durante sus estancias en la capital entre los años treinta y cuarenta.

Según Adelaida de Juan, lejos de cultivar los rigores del retrato, Amelia era más dada, con iguales rigores, a las figuraciones «intemporales y modélicas» y ya  en su madurez creativa «sus rostros se hacen más genéricos y abstractos»; mientras —observa la destacada académica y crítica de arte—, la aludida línea negra, en su valor de enmarque, tiende a interiorizar el espacio. De lo anterior inferimos que si la línea negra de Amelia era idónea para sus rincones domésticos, no lo es menos para representar temas espirituales ofrecidos al recogimiento.

Dos años después de terminar su encargo en Santa Clara, el desempeño de Amelia Peláez se vio coronado con su mural en la fachada del Hotel Habana Hilton (hoy Habana Libre), con cuyo resultado final se sintió complacida. No así tanto con el mural anterior en Santa Clara, a causa de que su ubicación le pareció inadecuada para poder ser completa y correctamente apreciado en todos sus detalles.

Sin embargo, no se daba cuenta de que cuando no transigió ante las monjas que la instaban a cambiar su representación del fundador de los salesianos por la de una fría estampa, ya era suficiente para dormir tranquila, porque regalaría a esta ciudad —de la que mucho hablaba— con la fuerza de su dibujo, un diseño ingenioso y poder de síntesis,una inédita imagen de santo, una figura religiosa diferente, en novedoso lenguaje, con el cual se adaptaría mejor a las soluciones modernas de un edificio donde dialogan amistosamente la plástica decorativa y los volúmenes arquitectónicos.

La vanguardia histórica del arte cubano supo resolver muchas cosas, una de ellas: las aparentes contradicciones entre la transitoriedad natural de los códigos en boga —ya en la pintura de la Escuela de París o de Nueva York—, y la fuerza inagotable de temas eternos. Lo ejemplifica este mural en Santa Clara.

Solo bajo ese ánimo conciliador pueden explicarse las afirmaciones de Amelia sobre esa pintura tan suya, que basada en un dibujo dispuesto a encerrarclaramente áreas de color, le permitía a su vez liberar su mano de cualquier encierro; e igual podría explicarse —sin siquiera consultar a Freud— que Peláez del Casal un día soñara con palmas reales en el Sena.

  • Juan Antonio Hernandez Caraballo

La pintora Amelia Peláez del Casal, sobrina de Julián del Casal, poeta que con José Martí juntaron poesías en la época que Rubén Darío hizo del modernismo un mito reconocido en la literaratura, sin que los primeros estuvieran lejos del segundo; fue una pintora cubana que se desarrolló en la primera mitad del Siglo XX, y representó para Cuba, sin comparaciones baladíes, lo que los famosos pintores de la primera parte del Medioevo representaron para la Península Itálica. Quizás La Capilla de Sixtina no sea comparable con los murales de Amelia, pero salvando la distancia en tiempo y espacio, Rafael y Miguel Ángel Buonarroti dejaron sus espíritus y leyendas en el aire para que nuestra artista cubana los repitiera, virtualmente hablando, en nuestra querida patria.