Esto ya se sabe. El 28 de octubre de 1959, a las 6:01 p.m., salió del aeropuerto de Camagí¼ey rumbo a La Habana el avión de cinco plazas donde viajaba el Comandante Camilo Cienfuegos. Pero el Cessna 310 nunca llegó a su destino. Lo buscaron durante días y días, por tierra, cayos y ciénagas, con todos los medios y gentes al alcance. Nunca apareció. Cayó al mar, se lo tragó el mar entre Ciego de ívila y Matanzas. Ni los niños queríamos creerlo…
Crecimos, entonces, tirándole flores al agua ese día, cada año, en cualquier lugar de Cuba donde la hubiera, fluyente o estancada: ríos, arroyos, lagos, presas, acequias, fuentes y, por supuesto, ¡el mar!
Nos hicimos hombres y mujeres en una tradición cuyo encanto no yace en el enigma, sino en la poética certeza del gesto que lo perdura en cualquier punto de la geografía patria que él ayudó a desanclar definitivamente de la incertidumbre otros dirán de las tinieblas, la lobreguez que generan, más allá de las necesidades materiales, la falta de educación y cultura, que es la mayor garantía a la hora de tasar el precio de la independencia, la libertad y demás valores humanos a ellas adheridos.
Quienes alcanzan con lucidez los 70, los 80 y esos privilegiados del pueblo que han llegado a los 90 años conocen muy bien cuánto totalizan los valores a la hora de escoger, sostener y defender el camino, que en su época no era precisamente el preferido, sino el que la vida les ponía por delante, sea cual fuese. El destino lo regía todo, y al destino muchos culparon de la desaparición de Camilo, un hombre que ya se sabe cuán valiente y osado era.
Pero dejemos a un lado ese encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal, porque a estas alturas no resulta beneficioso esperar sentados, cruzadas las piernas y los brazos, por «la fuerza del destino », a ver qué nos depara esa «energía » desconocida que se cree obra sobre los hombres y los hechos, y en la que conjeturo no creía Camilo, ni quienes como él, por ideales, se entregan a una causa y la defienden hasta las últimas consecuencias.
Han pasado 58 años desde que perdimos a Camilo, y a veces tengo la impresión de que se van atomizando por defecto o adulterando por exceso vida y obra de patriotas, héroes y mártires, dejando solo a los maestros y a los medios de prensa el evocarlos en tal o más cual jornada o efeméride, lo cual es válido y eficaz si se hace desde la contemporaneidad, sin maniqueos se es bueno o malo ni manipulaciones tendenciosas, algo en lo que resulta campeona la «gran prensa ».
Donde quiera que haya acontecimientos dramáticos y elementos de misterio surgen conjeturas sensacionalistas que, sin investigaciones serias ni apego a la ética periodística, difunden con mayor asiduidad y alcance en sus versiones digitales verdades a medias, falacias, o supuestos bien pensados, diseñados y escritos para desacreditar y en los que creen millones de internautas, edades aparte. De tal manera catalogan de falsa la desaparición de Camilo, y cuestionan su adhesión a Fidel y a la Revolución. Pero con seguridad les digo: no hay una sola frase, una sola palabra salida de su boca en que no aflore su lealtad a ambos.
El mito es otro tema. Porque si bien despinta lo que realmente es algo o alguien, dándole apariencia más valiosa o atractiva, siempre se urde alrededor de una persona o cosa rodeada de extraordinaria estima. Y Camilo como el Che clasifica entre esas figuras legendarias que nos permiten conservarlos en la memoria y, al modo de cada cual, destejerlos y tejerlos, ajenos a odios y malas voluntades.
Hoy nos faltan arraigos y vivimos tan desarticulados que los hay que ni los apellidos de sus ancestros más cercanos recuerdan, como un joven a quien, al hacer ciertos trámites bautismales, le preguntaron por el nombre de su abuelo paterno y dijo: «Solo sé que le decían Chicho ».
Como un ícono que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado, nadie podrá desasociar el sombrero alón, de Camilo; ni la boina, del Che; ni la gorra, de Fidel. De pequeña yo como casi todos los cubanos criados en la tradición cristiana los asociaba con los tres Reyes Magos del Oriente, y sobre un camello los dibujé cargados de juguetes para repartir a los niños pobres. Del mismo modo que al máximo líder de la Revolución coligaron con el Cristo redentor; y a Guevara, en Bolivia, lo convirtieron en San Ernesto de la Higuera.
Pobre de aquel que ignora sus raíces. ¿Por dónde absorberá el agua que transporta los nutrientes para que el árbol crezca robusto y tenga frutos saludables? Infeliz quien desconociéndola, niega la Historia; o el otro, que por mal enseñada, la detesta, y por machacona, fría y reiterada de consignas y frases manidas, llega a odiarla.
Si por algo se aprende a querer y a respetar a los patriotas, héroes y mártires, es por hacerlos cotidianos en lo cotidiano, sin sacarlos de su contexto ni convertirlos en dogma, ni traerlos de forma desmedida a un presente diverso, lejano en el tiempo y las costumbres, urgido de personas virtuosas, serviciales y fieles, que no se dan por generación espontánea, ni nacen de clones o de semillas agámicas.
Por eso me gustan el Martí de Carmen y las Marías; las 22 cicatrices del hijo tartamudo de Mariana; las dotes de mando en el cuerpo esmirriado de Gómez; los enroques de Céspedes; la botella enterrada con el acta fúnebre de El Mayor; el Fidel de los ciclones con Rubiera y los Aló Presidente con Chávez; los tatuajes, remeras, gorras y pasamontañas con la imagen del Che, las velitas a él prendidas en La Higuera; el Camilo con melena, el de las bromas y el chiste, el Camilo tierno y varonil que recibe, amoroso, las flores en el agua.