Mi Camilo, el de las flores

Nos hicimos hombres y mujeres en una tradición cuyo encanto no yace en el enigma, sino en la poética certeza del gesto que lo perdura.

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Mercedes Rodríguez García
Mercedes Rodrí­guez Garcí­a
3798
28 Octubre 2017

Esto ya se sabe. El 28 de octubre de 1959, a las 6:01 p.m., salió del aeropuerto de Camagí¼ey rumbo a La Habana el avión de cinco plazas donde viajaba el Comandante Camilo Cienfuegos. Pero el Cessna 310 nunca llegó a su destino. Lo buscaron durante dí­as y dí­as, por tierra, cayos y ciénagas, con todos los medios y gentes al alcance. Nunca apareció. Cayó al mar, se lo tragó el mar entre Ciego de ívila y Matanzas. Ni los niños querí­amos creerlo…

Ilustración de Adalberto Linares sobre Camilo Cienfuegos.
(Ilustración: Adalberto Linares)

Crecimos, entonces, tirándole flores al agua ese dí­a, cada año, en cualquier lugar de Cuba donde la hubiera, fluyente o estancada: rí­os, arroyos, lagos, presas, acequias, fuentes y, por supuesto, ¡el mar!

Nos hicimos hombres y mujeres en una tradición cuyo encanto no yace en el enigma, sino en la poética certeza del gesto que lo perdura en cualquier punto de la geografí­a patria que él ayudó a desanclar definitivamente de la incertidumbre otros dirán de las tinieblas, la lobreguez que generan, más allá de las necesidades materiales, la falta de educación y cultura, que es la mayor garantí­a a la hora de tasar el precio de la independencia, la libertad y demás valores humanos a ellas adheridos.

Quienes alcanzan con lucidez los 70, los 80 y esos privilegiados del pueblo que han llegado a los 90 años conocen muy bien cuánto totalizan los valores a la hora de escoger, sostener y defender el camino, que en su época no era precisamente el preferido, sino el que la vida les poní­a por delante, sea cual fuese. El destino lo regí­a todo, y al destino muchos culparon de la desaparición de Camilo, un hombre que ya se sabe cuán valiente y osado era.

Pero dejemos a un lado ese encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal, porque a estas alturas no resulta beneficioso esperar sentados, cruzadas las piernas y los brazos, por «la fuerza del destino », a ver qué nos depara esa «energí­a » desconocida que se cree obra sobre los hombres y los hechos, y en la que conjeturo no creí­a Camilo, ni quienes   como él, por ideales, se entregan a una causa y la defienden hasta las últimas consecuencias.

Han pasado 58 años desde que perdimos a Camilo, y a veces tengo la impresión de que se van atomizando por defecto o   adulterando por exceso vida y obra de patriotas, héroes y mártires, dejando solo a los maestros y a los medios de prensa el evocarlos en tal o más cual jornada o efeméride, lo cual es válido y eficaz si se hace desde la contemporaneidad, sin maniqueos se es bueno o malo ni manipulaciones tendenciosas, algo en lo que resulta campeona la «gran prensa ».

Donde quiera que haya acontecimientos dramáticos y elementos de misterio surgen conjeturas sensacionalistas que, sin investigaciones serias ni apego a la ética periodí­stica, difunden con mayor asiduidad y alcance en sus versiones digitales verdades a medias, falacias, o supuestos bien pensados, diseñados y escritos para desacreditar y en los que creen millones de internautas, edades aparte. De tal manera catalogan de falsa la desaparición de Camilo, y cuestionan su adhesión a Fidel y a la Revolución. Pero con seguridad les digo: no hay una sola frase, una sola palabra salida de su boca en que no aflore su lealtad a ambos.

El mito es otro tema. Porque si bien despinta lo que realmente es algo o alguien, dándole apariencia más valiosa o atractiva, siempre se urde alrededor de una persona o cosa rodeada de extraordinaria estima. Y Camilo como el Che clasifica entre esas figuras legendarias que nos permiten conservarlos en la memoria y, al modo de cada cual, destejerlos y tejerlos, ajenos a odios y malas voluntades.

Hoy nos faltan arraigos y vivimos tan desarticulados que los hay que ni los apellidos de sus ancestros más cercanos recuerdan, como un joven a quien, al hacer ciertos trámites bautismales, le preguntaron por el nombre de su abuelo paterno y dijo: «Solo sé que le decí­an Chicho ».

Como un í­cono que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado, nadie podrá desasociar el sombrero alón, de Camilo; ni la boina, del Che; ni la gorra, de Fidel. De pequeña yo como casi todos los cubanos criados en la tradición cristiana los asociaba con los tres Reyes Magos del Oriente, y sobre un camello los dibujé cargados de juguetes para repartir a los niños pobres. Del mismo modo que al máximo lí­der de la Revolución coligaron con el Cristo redentor; y a Guevara, en Bolivia, lo convirtieron en San Ernesto de la Higuera.

Pobre de aquel que ignora sus raí­ces. ¿Por dónde absorberá el agua que transporta los nutrientes para que el árbol crezca robusto y tenga frutos saludables? Infeliz quien desconociéndola, niega la Historia; o el otro, que por mal enseñada, la detesta, y por machacona, frí­a y reiterada de consignas y frases manidas, llega a odiarla.

Si por algo se aprende a querer y a respetar a los patriotas, héroes y mártires, es por hacerlos cotidianos en lo cotidiano, sin sacarlos de su contexto ni convertirlos en dogma, ni traerlos de forma desmedida a un presente diverso, lejano en el tiempo y las costumbres, urgido de personas virtuosas, serviciales y fieles, que no se dan por generación espontánea, ni nacen de clones o de semillas agámicas.

Por eso me gustan el Martí­ de Carmen y las Marí­as; las 22 cicatrices del hijo tartamudo de Mariana; las dotes de mando en el cuerpo esmirriado de Gómez; los enroques de Céspedes; la botella enterrada con el acta fúnebre de El Mayor; el Fidel de los ciclones con Rubiera y los Aló Presidente con Chávez; los tatuajes, remeras, gorras y pasamontañas con la imagen del Che, las velitas a él prendidas en La Higuera; el Camilo con melena, el de las bromas y el chiste, el Camilo tierno y varonil que recibe, amoroso, las flores en el agua.

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