Céspedes: el iniciador

El 27 de febrero de 1874, hace 145 años, cayó por la libertad de Cuba, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.

Visto: 1595

A Carlos Manuel de Céspedes hay que mirarlo con los ojos del corazón. Fue el hombre del ímpetu, como lo denominara José Martí, aquel que mientras otros dudaban se irguió ante la Patria y proclamó el Grito de Independencia o Muerte en su ingenio Demajagua, el 10 de octubre de 1868.

Desde ese día de gloria, el patricio bayamés pasó a la inmortalidad. En esa mañana luminosa, aquel «amo de hombres» reunió cerca de 500 hombres, leyó el Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, conocido como Manifiesto del 10 de octubre, y proclamó la libertad de sus esclavos.

Carlos Manuel de Céspedes
Céspedes prefirió morir, disparando casi a ciegas al odiado enemigo que se le venía encima, antes que caer vivo en sus manos. (Foto: tomada de Internet)

Ese último gesto, en una sociedad eminentemente esclavista, hizo que Martí, en su bella semblanza titulada Céspedes y Agramonte escribiera: «Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermano.»

Con aciertos y errores encabezó Céspedes el Gobierno de la República de Cuba en Armas durante 5 años y de su mano firme la llama de la insurrección se extendió hasta el Centro de la Isla.

No fue infalible, pero sus aciertos resultaron muchos más que sus yerros. Martí, al penetrar en lo profundo de su alma, lo justifica con toda razón al decir: «No le parece que tengan derecho a aconsejarle los que no tuvieron decisión para precederle. Se mira como sagrado, y no duda de que deba imperar su juicio. Tal vez no atiende a que él es como el árbol más alto del monte, pero sin el monte no puede erguirse el árbol.»

El 27 de octubre de 1873 las bajas pasiones de los hombres predominaron y en Bijagual destituyeron a Carlos Manuel de Céspedes, como Presidente de la República. Uno de los graves errores que llevaría años después, junto a otros, al ignominioso Pacto del Zajón y un eslabón más de la pérdida de la sagrada unidad revolucionaria.

En la alejada Prefectura de  San Lorenzo, en lo más intrincado de la Sierra Maestra, lo confinaron prácticamente solo, sin los merecimientos que había ganado. Incluso más, al Presidente Viejo, como le llamaban, le impidieron salir de Cuba, tal cual era su deseo, pues en el exilio se consideraba más valioso para la causa independentista.

Basta leer el Diario Perdido de Céspedes, como le titulara Eusebio Leal, para sentir el dolor de tanta cobardía: «Veo la suerte de Cuba independiente demasiado dudosa y carezco hoy de datos para confiar en penetrarla. (…) Quizás mi único porvenir sea padecer por ella. (…), ¿por qué no encontraré el reposo muriendo por mi patria?», escribió el 12 de noviembre de 1873.

Y para aquellos a quienes cegaba el odio contra su persona afirmó: «Infames! Para oscurecerme o deshonrarme tendrían que rasgar más de una página de la historia».

El dolor de no poder conocer a sus hijos jimaguas, de su matrimonio con Ana de Quesada, le llevó a escribir el 29 de enero, a menos de un mes de su muerte: «Me he levantado triste, pensando que nunca más volveré a ver a las personas que amo y que mis hijitos ni siquiera habrán conocido mis cabellos y mi barba…».

Cementerio
El 10 de octubre de 2017, su tumba en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia fue trasladada de lugar y ahora sus restos reposan cercanos a los de Mariana Grajales, la Madre de la Patria, y de las cenizas de Fidel Castro. (Foto: tomada de Internet)

Pero su espíritu no se dejó quebrantar ante tantos infortunios. En sus ratos libres enseñaba a leer y escribir a los niños de aquella agreste serranía y de vez en vez, jugaba al ajedrez con el Prefecto José Lacret Morlot, una de sus grades pasiones, además de la música, la poesía y la equitación.

Una noche de fiesta mambisa, una ex esclava se le acercó y le dijo: «Mi presidente, mi amo, nosotros venimos aquí a bailar siempre para divertirlo a usted».

Esta fue su hermosa y conmovedora respuesta: «Hija, yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano».

El 27 de febrero de 1874, hace ahora 145 años, es sorprendido por los españoles. Solo, casi ciego, no duda en enfrentar al enemigo. Intenta escapar por un barranco, pero cae mortalmente herido.

Así refiere el parte de guerra español, que se conserva en el Archivo Militar de Segovia: «El Capitán de la 5ta. Compañía, don Andrés Alfonso, y el Sargento 2do. Felipe González Ferrer con cinco soldados fueron los que dieron muerte al referido Céspedes, el cual disparó un tiro de revólver al Capitán y otro a dicho Sargento y sin embargo de mis voces de date prisionero no fue posible se entregara (…)».

Manuel Sanguily, en bella frase, recoge el momento en que moría el Padre de todos los cubanos: «un sol de fuego que se hunde en el abismo»

Próximamente celebraremos el aniversario 150 de la Constitución de Guáimaro, la primera de nuestras Constituciones Mambisas, la que lo eligió como Presidente de la República en Armas.

Día simbólico para los cubanos, en que deberá proclamarse la Constitución recién aprobada en el referendo popular del pasado domingo 24 de febrero.

Será también, como el de hoy, una fecha para recordar a Céspedes, quien allí, en esa porción del Camagüey, en aras de la unidad revolucionaria, aceptó una forma de Gobierno que no compartía, anteponiendo a su orgullo la causa sagrada de la independencia.

Volviendo a citar a José Martí: «El 10 de abril, hubo en Guáimaro Junta para unir las dos divisiones del Centro y del Oriente. Aquella había tomado la forma republicana; ésta la militar. Céspedes se plegó a la forma del Centro. No la creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio –lo que nadie sacrifica».

Descansa entonces en paz, vigilando la obra de tus hijos, «hombre de mármol». 

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