El alma detrás de la protesta

En el filo del machete, en el olor de la pólvora, en la familia diezmada, en la manigua hogareña, en el ardor de la herida y en el dolor de una isla, encontró Maceo una sola disyuntiva: «independencia o muerte».

Protesta de Baraguá
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Sin volvernos «simples turistas por la historia», como criticó Fidel, a cada rato vale la pena desempolvar algunos libros, escuchar a los abuelos, apartar chismes vulgares e ir más allá de la fecha aprendida de memoria o el «heroico, valiente y decidido» puesto como talla única a todas las personalidades.

De vez en cuando viene bien un corrientazo de patriotismo que estremezca cuanto hay de cubanos en nosotros y ponga en pausa tanta banalidad para zambullirnos en las esencias.

Con el 15 de marzo llega la evocación de un Antonio Maceo intransigente en Mangos de Baraguá, las ilustraciones e historietas inspiradas en la entrevista y la actuación sublime de Mario Balmaseda en el filme dirigido por José Massip.

Nos acordamos del Pacto del Zanjón, firmado en el ocaso de la Guerra de los Diez Años, y ponemos en una balanza extenuación, falta de recursos, inexperiencia militar, poderío del ejército enemigo y el localismo que proliferó entre los caudillos cubanos, contra la deshonra de deponer las armas sin alcanzar la independencia.

Estudiar y comprender la connotación del hecho histórico constituye un deber sagrado para los habitantes de esta isla; pero analizar en toda su magnitud el hombre de incalculable fortaleza física y mental es un deleite.

Después de diez años de lucha, Maceo también estaba cansado: perdió seres queridos en la manigua, le debía el sosiego a su María Cabrales y estaba harto de esquivar o hacer rebotar balas con su cuerpo de bronce. Vivió en carne propia la fatiga general, la desmoralización del Ejército Libertador, los errores de algunos líderes y la desobediencia de muchos soldados; mas nada le dolió tanto como el pacto firmado entre españoles y cubanos, el 10 de febrero de 1878. Años después se lo confesó a José Martí:

La primera vez que sufrí, fue allá en los campos de nuestra patria, con la muerte de mi padre, lleno de amor por sus hijos y por el progreso de la independencia, que selló con su sangre (…). La segunda, en que tanto lloré de coraje y dolor, y que lamento aún por los males que ha causado a nuestro pueblo, fue cuando el pacto infeliz.

Aquel hombre de 32 años no saciaba con la guerra un capricho de autoridad ni pretendía establecer, a filo de machete, la supremacía de la tez oscura, como hizo Henri Christophe en Haití. Él quería libertad para todos los cubanos, sin reparar en colores, género, bienes o nacionalidad.

Cuando a muchos les pareció necio u obstinado, sin un caballo para cumplir la promesa familiar de «libertar a la Patria o morir por ella», buscaba la manera de que la sangre derramada no se volviera polvo sobre los campos de Cuba, que el futuro no se presentara como espejo de un pasado oprobioso. Tal era la nobleza de su carácter, que dejó a un lado la rabia y la decepción, para rechazar con todas sus energías la intención de descabezar a la metrópoli aquel 15 de marzo de 1878. Así se lo hizo saber a Flor Crombet, quien tampoco estuvo de acuerdo con la idea:

Llegó a mi conocimiento que pretendían que yo apresase al general Campos el día de la conferencia; lleneme de indignación cuando lo supe, y dije que el hombre que expone su pecho a las balas, y que puede en el campo de batalla matar a su contrario en buena lid, no apela a la traición y a la infamia, asesinándole, y que aquellos que quisiesen proceder mal con ese señor, tendrán que pisotear mi cadáver. No quiero libertad, si unida a ella va la deshonra.

La visión del jefe mambí y de los oficiales que lo acompañaron al encuentro trascendía la táctica del campo de batalla. Luego de manifestarse en desacuerdo con el bochornoso pacto e imposibilitados de negociar la independencia, reclamaron una garantía de libertad para todos los esclavos —el pacto solo emancipaba a los alistados en el Ejército Libertador—. Pero la negativa ahogó el eco de la campana tañida por Céspedes diez años antes.

Poco duró la contienda después del 23 de marzo. En mayo de 1878 Maceo partió a Jamaica, donde la inmadurez del exilio y los reproches de cobardes empeñados en construir una Cuba mejor desde suelo extranjero zanjaron con amargura su primera guerra, aunque no su último combate.

En el filo del machete, en el olor de la pólvora, en la familia diezmada, en la manigua hogareña, en el ardor de la herida y en el dolor de una isla encontró Maceo una sola disyuntiva: «independencia o muerte».

Fuentes:

Castro Ruz, F. (1978). Discurso pronunciado en el acto de conmemoración del centenario de la Protesta de Baraguá, municipio Julio Antonio Mella, Santiago de Cuba. Recuperado de http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1978/esp/f150378e.html

Leal Spengler, E. (2012). El Titán de Bronce (I). Recuperado de http://www.eusebioleal.cu/curriculum/conferencias/el-titan-de-bronce/

Leal Spengler, E. (2012). El Titán de Bronce (II). Recuperado de http://www.eusebioleal.cu/curriculum/conferencias/el-titan-de-bronce-ii/

Limia Díaz, E. (2018). Cuba libre. La utopía secuestrada. Holguín: Ediciones La Luz.

Se han publicado 1 comentario

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  • El 3men2

    Este es unos de los sucesos que más me gusta en la historia de mi País de mi Patria. Saludos