¡Gracias, papá!

Algunos estaban preparados para ser sostén de la familia, pero no para lavar pañales, hacer jugos, estar atento ante una fiebre, enseñar a caminar… Pero los arquetipos se rompen cuando un hombre se convierte en papá.

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Saludo con el puño entre un hijo y un padre.
(Foto: Tomada de Internet)
Claudia Yera Jaime
Claudia Yera Jaime
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19 Junio 2021

Cuarenta horas en las afueras del hospital materno, dos noches con temperaturas por debajo de los 17 grados y más de tres aguaceros fueron el preludio de su nombramiento. Como él, otros aguardaban el ansiado tí­tulo y formaban una argamasa de preocupaciones, ansiedades, congojas.

¡Papá!, lo llamaron por primera vez, un miércoles, a las diez y diecinueve de la mañana. Y se erigió hidalgo y eminente cuando vislumbró a su retoño y mostró la instantánea; cuánto orgullo para el padre del padre con privilegios de progenitor hace 24 años.

Desde niño lo habí­an capacitado para proveer y ser el sostén de una familia; mas, no para cambiar y lavar pañales, ayudar a ponerse en pie a una esposa colmada de suturas, hacer jugos y preparar bañeras. Los arquetipos se rompen, y él lo hizo muy bien.

Cuánto regocijo al saber que habí­a aumentado cinco onzas y crecido dos centí­metros, cuánto miedo cuando el termómetro marcó 37 y medio después de la primera vacuna. ¡Qué grande su niño que ya almuerza, come y toma la leche por biberón!, todo un hombrecito, pequeñí­simo reflejo.

Ya quiere buscarle una mascota, demostrar a mamá que puede llevarlo solo a la consulta mensual o a casa de los abuelos, comprarle unas boticas de goma, aunque no camine, e inculcarle su gusto por el fútbol.

Tiene fotos del niño durmiendo, comiendo, gateando y hasta sentado en el tibor. Presume ante sus amigos de los videos haciendo palmitas, deditos en el pilón y la manito quemada los presume con sus amigos; ellos, tan padrazos como él, con sus propios arsenales de ocurrencias infantes.

Sueña con verlo montando bicicleta, llevando uniforme, leyendo, multiplicando, cambiando de enseñanza y con novia. No importa qué depare el destino, siempre estará ahí­, cómplice regocijado, amparo eterno.

Dentro de unos años, quizás en un trabajo de diploma aparezca esta dedicatoria: «A mi papito, mi adoración, mi fuente de ternura, mi refugio de paz e inocencia, porque aunque el tiempo pase, sigo siendo su niño bueno, para el que nunca ha tenido regaños ni reparos. Gracias por llevarme colgado de tu brazo y tu pecho, por hincarte para que no roce mis rodillas, por las velas encendidas. Gracias por existir, estar y enseñarme a ser tan tú ».

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