El Moncada también es ahora

El tiempo de hacer Revolución fue ayer, es hoy y también mañana. Y lo será de manera infinita siempre que haya una injusticia que enfrentar y un desafío que asumir.

Antiguo Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba.
(Foto: Tomada de la edición degital del periódico Granma)
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«Nosotros entonces habríamos sido como ellos, ellos hoy habrían sido como nosotros»
Fidel Castro Ruz, 10 de octubre de 1968

Ayer, en las acciones del 26 de julio de 1953 dieron su vida por Cuba cinco hijos de Villa Clara: Abel Santamaría Cuadrado, Elpidio Sosa, Roberto Mederos, Osvaldo Socarrás y Pablo Agüero Guedes. Mientras Haydée, la hermana de Abel, se erigía, junto a Melba Hernández, Heroína del Moncada.

Sangre generosa derramada por la libertad de la Patria, convertida en abono y simiente para el ulterior proceso de lucha armada que sobrevino y culminó con el triunfo del 1.o de enero de 1959.

Abel fue el segundo del Movimiento, el «más generoso, querido e intrépido» de aquellos heroicos jóvenes de la Generación del Centenario. Elpidio Sosa, el quemadense-sagüero, tal y como afirmara el propio Fidel en su histórica autodefensa La Historia me Absolverá, «(…) vendió su empleo y se presentó un día con trescientos pesos para la causa (...)»

Roberto Mederos, hijo de la Villa del Undoso, al atacar el cuartel Moncada lo hizo convencido —como dijera al enterarse del golpe de Estado de Batista del 10 de marzo de 1952— de ir a «barrer con toda esta gente que se burla del pueblo, que traiciona la Patria».

Con igual convicción participó el humilde parqueador de autos Osvaldo Socarrás, único santaclareño en aquella acción que echaría a andar el motor grande de la Revolución y daría a conocer el programa ulterior de lucha.

En tanto, el caibarienense Pablo Agüero, Pablito, apenas tenía 17 años de edad cuando murió asesinado por sus ideales de una Cuba mejor; en su caso, en el ataque al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, acción secundaria de los sucesos del 26 de julio.

Hoy sus continuadores y seguidores en Villa Clara se cuentan por miles. Son tan jóvenes como ellos, tan entusiastas como lo fueron ellos y tan convencidos de un ideal como lo estaban ellos al ofrecer sus preciadas vidas aquel domingo glorioso de la Santa Ana.

Ahora, aunque sean otros los tiempos, las razones son las mismas y el sacrificio sigue igual de heroico, pues los Abel, Elpidio, Roberto, Osvaldo, Pablo del 2021, así como las tantas Haydée, muestran semejante valor y altruismo al enfrentar la terrible pandemia que nos lacera la sociedad y cada día nos cobra tantas vidas irrecuperables.

Son los valientes de siempre. Esos que, sumando miles, hacen pesquisas casa a casa, dedican las 24 horas del día a dar lo mejor de sí en los centros de aislamiento, y están dispuestos a defender nuestras calles y plazas, como lo hicieron el domingo 11 de julio y los días posteriores.

Son los frutos de aquellos que murieron tras los muros del Moncada. Hijos de Abel, quien le propuso a Fidel ir al lugar de mayor peligro para preservarle la vida al jefe, pues si Fidel moría, con él moriría la Revolución en germen.

Hijas de Haydée, quien al mostrarle el ojo ensangrentado de Abel y conminarle a que delatara a sus compañeros, les respondió con entereza a sus torturadores que si Abel no había hablado, ella tampoco lo haría. Esa misma Yeyé que al confirmárlese el vil asesinato de su idolatrado hermano, afirmó que no había muerto, pues morir por la Patria era vivir.

Los mismos jóvenes de ayer, vestidos con las ropas de hoy. Amantes del baile, de la playa, de los paseos a caballo, del beso robado a la novia, pero también del sacrifico, del darse a los demás, de la satisfacción del deber cumplido.

El Moncada fue ayer, pero también es hoy, es ahora. También será el Moncada del mañana, al que acudirán conscientes de que  aveces, como afirmara el poeta en su Canción del elegido: «lo hermoso nos cuesta la vida».

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