De cara a la eternidad

Esta Patria de corazón inmenso, esta que hoy se abraza a tu república soñada, mientras furiosas arremetidas se desprenden de las entrañas del monstruo, jamás ha concebido para ti el espacio oscuro de la muerte, jamás ha renunciado a tu existencia perpetua; porque las balas matan hombres, pero aquel mayo cometieron el error de dispararle a una estrella.

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Obra En la muerte halla el poeta su poesía y el Apóstol la libertad, de Rogelio Fundora.
(Obra «En la muerte halla el poeta su poesía y el Apóstol la libertad», de Rogelio Fundora)
Redacción Digital
Redacción Digital
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19 Mayo 2026

Dos Ríos, 19 de mayo de 1895. Una y treinta de la tarde. El sol cae a plomo. El río Contramaestre viene crecido. En la sabana, la pólvora presagia un destino que ya no puede retroceder.

Máximo Gómez había ordenado: «Hágase usted atrás, Martí». Pero el hombre del saco negro y el sombrero de castor no vino a Cuba para la retaguardia. Horas antes dijo a los soldados: «Por Cuba estoy dispuesto a dejarme clavar en la cruz». La multitud gritó: «¡Viva el Presidente!».

Ángel de la Guardia sintió que el caballo se le ponía nervioso. José Martí lo miró, y los dos jinetes galoparon hacia el olor a pólvora, hacia un claro donde la hierba alta escondía a los soldados españoles.

Tres disparos alcanzan al Apóstol: uno en el pecho, fractura el esternón; otro en el cuello, destroza el labio superior al salir; el tercero en el muslo derecho. Gómez no puede recuperar el cuerpo. «Jamás me he visto en tanto peligro», escribiría.

El cadáver de Martí queda en poder de los españoles. El coronel José Ximénez de Sandoval, quien dirigió esta batalla, declina el título del marquesado de Dos Ríos, argumentando que eso no fue una victoria. «Allí murió el genio más grande que dio América», afirmó.

En agosto de 1896, Gómez trae a 300 mambises al lugar. Toman piedras del río Contramaestre y las depositan una a una, cada soldado la suya, hasta levantar una pirámide rústica.

«Todo cubano que pase por aquí debe dejar una piedra». Y las piedras siguieron llegando durante la guerra, durante la república, durante todo el siglo.

Es cierto que el revólver de nácar, regalo de Panchito Gómez Toro, se encontró con todos sus cartuchos intactos, que el Delegado no alcanzó a hacer fuego, pero su palabra prendió por toda América de una manera que el plomo nunca hubiera logrado.

La carta inconclusa a Manuel Mercado, empezada la víspera, anunciaba: «Impedir a tiempo que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos». Esa advertencia no ha caducado. Sigue palpitando cada vez que un pueblo pequeño dice no a un imperio, cada vez que la dignidad se niega a arrodillarse.

Lo vemos pasar en la mañana del colibrí y en la sombría majestad de la pitahaya, como escribió Lezama. Lo vemos, cada vez que un cubano declama La Edad de Oro, cada vez que alguien se niega a la intrascendencia y la banalidad.

El 19 de mayo de 1895, el sol alumbró la frente de aquel cuerpo que se desplomó en Dos Ríos; pero el otro Martí –el de Versos Sencillos– no se bajó del caballo, sino que decidió cabalgar con su verbo encendido por los confines de América.

No ha muerto, quien sigue siendo, 131 años después, piedra angular de la nación cubana; Martí vive cada vez que alguien se levanta contra la injusticia y a favor de los pobres de esta tierra. Y mientras haya un cubano que se niegue a la servidumbre, y tenga a la Patria como ara y no pedestal, Martí no habrá muerto. Estará, como siempre, galopando. ()

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