Pido vientos en contra

Temprano, en la mañana de este miércoles, le llegó la hora definitiva a Posada Carriles, un hombre que no merecía vivir, o quizá, nacer.

Ilustración sobre Luis Posada Carriles y sabotaje al avión de Cubana de Aviación, el 6 de octubre de 1976.
Posada Carriles murió a los 90 años; tuvo la larga vida que les negó a sus víctimas, entre ellos, los jóvenes esgrimistas cubanos muertos en el atentado contra el avión de Cubana, el 6 de octubre de 1976. (Ilustración: Tomada de Internet)
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Temprano, en la mañana de este miércoles 23 de mayo, le llegó la hora definitiva a un hombre que no merecía vivir, o quizá, nacer.

Pero la muerte —que no discrimina— fue condescendiente con él, le trató bien, se lo llevó longevo, atendido, y hasta donde puede estarlo un terrorista, tranquilo, sin haberse arrepentido del más abominable de sus actos intelectuales: la voladura de un avión de Cubana en pleno vuelo, el 6 de octubre de 1976.

Los cubanos más jóvenes no tienen ya por  qué  imaginarse aquella planificada catástrofe en la que no hubo sobrevivientes, ni centenares de rescatistas, ni vídeos de celulares subidos a Youtube, y en la que murieron 73 pasajeros, 57 de ellos de la isla caribeña.

Tampoco les será difícil suponer el dolor de los familiares de las víctimas, ni la reacción del más solidario de los pueblos, que esperaba a sus 24 muchachos del Equipo Nacional de Esgrima, entre cuyos despojos se hallaron, prendidas en los trajes, las medallas doradas, todas las que disputaron en el Campeonato Centroamericano y del Caribe, celebrado en Caracas. 

Los aviones son el medio de transportación más seguro que existe, pero por errores técnicos o humanos, se incendian sus motores, explotan en el aire, caen a tierra o al mar. Y entre el fango y el fuego, entre el agua y el aceite desparramado, hierros retorcidos, equipajes dispersos, trozos de cuerpos chamuscados, vísceras sin nombres, algún peluche intacto. ¡Terrible! Lo acabamos de vivir. No hay consuelo.

Pero, bien distinto que a un avión le pongan una bomba adentro. Bien calculado, estudiado, detalle por detalle lo planificado, «porque se trata de un golpe muy grande», de un «regalito» para que «el miércoles a esta misma hora Fidel Castro esté más encabronado que nunca», como narra la colega venezolana Alicia Herrera en Pusimos la bomba… ¿y qué? (1), un libro testimonial donde queda demostrado, por propia confesión de los culpables, que los asesinos son Orlando Bosch, Hernán Ricardo, Freddy Lugo, y el hombre que no merecía vivir o quizá, nacer: Luis Clemente Posada Carriles.

Orlando Bosch y Luis Posada Carriles.
Dos terroristas que nunca pagaron por sus crímenes: Orlando Bosch (a la izquierda), fallecido el 27 de abril de 2011, también en La Florida, y Luis Posada Carriles. (Foto: Tomada de Internet)

Pero murió plácidamente, en el Memorial Regional Hospital de Hollywood (Florida) a los 90 años.

No sé si valga la pena reseñar los puntos más negros de su extensa hoja al servicio de la CIA, referenciar algunas de sus «acciones de guerra», como Bahía de Cochinos, en 1961; mencionar su participación en el plan para asesinar a Fidel en Panamá, donde el líder cubano asistía a una Cumbre Iberoamericana. Allí fue detenido e indultado, tras lo cual viajó a El Salvador, y de ahí entró a los Estados Unidos en 2005, de manera ilegal.

¿Un hombre que «se le escapó al diablo»?, ¿un «gato con siete vidas»?,  que en los últimos años de su existencia compartió el tiempo entre «sus cuadros y su fe religiosa». Bosch y Posada Carriles fueron detenidos en Venezuela, luego del atentado a la nave de Cubana y juzgados junto con Ricardo y Lugo.

Mas, los cuatro fueron absueltos en un primer juicio que posteriormente fue anulado. Posada escapó de la cárcel en Venezuela antes de que concluyera el segundo proceso en un tribunal civil, en el que Bosch(2) fue absuelto. Solo Ricardo y Lugo fueron encontrados culpables.

Posada nunca fue acusado en los Estados Unidos del ataque contra el avión en 1976, y el gobierno federal nunca respondió.

Tiene 86 años cuando comparece ante las cámaras de una televisora miamense. Antes de interrogarle a fondo, cuidándose de no lastimar al entrevistado, el conductor le pide permiso para mostrarle un fragmento de vídeo con declaraciones de dos hijos de una de las víctimas del crimen de Barbados, y otro donde el mercenario estadounidense de origen salvadoreño,  Ernesto Cruz León, explica cómo el 4 de septiembre de 1997, colocó una bomba en el hotel Copacabana(3).

—¿Usted no siente pena por estas personas?

Trastabillándole las desdentadas mandíbulas, flácido y cansino el cuerpo, dispersa la mirada, tapizado el rostro de melanocitos, pero sin pensarlo mucho, Posada le responde:

—Cualquier persona que muera, una madre, yo siento pena, soy un ser humano que siente pena […] En todas las guerras tiene que haber víctimas y tiene que haber un lado humano [...] Yo no estoy comprometido con esas víctimas.

—¿Ud. reitera su inocencia?

—Completamente.

—¿Nunca vio en su vida al salvadoreño que puso la bomba en el hotel Copacabana y que mató al turista italiano Fabio Di Celmo?

—[…] ¡Qué sé yo quien puso las bombas!

—Bueno, como especialista en explosivos entrenado por la CIA, por Israel...(4)

—[…] Son falacias... Cuando yo fui a la invasión de Bahía de Cochinos, nos entrenaron a todo el mundo. Nada especial, también cuando entré en el ejército norteamericano…

Poco más tengo que decir sobre este hombre que no merecía vivir o quizá, nacer. Tan peligroso, que la propia agencia lo tenía estrechamente vigilado.

Barbados sigue pendiente.

No sé si en el «más allá» —purgatorio, cielo o infierno— al Bambi le juzguen mejor que en este maltratado planeta donde habitan los mortales y, al fin, pague por sus actos.

Lo que sí me resulta una gran ironía es que se vaya a cumplir la voluntad de Posada Carriles, quien pidió antes de morir que sus restos fueran cremados y sus cenizas arrojadas al mar, cerca de las costas de Cuba.

Espero que ese día los vientos soplen en contra y las devuelvan a algún lugar donde habiten siniestras alimañas o esas serpientes cascabel que a veces gustaba de comer.

Era un hombre sin alma, un hombre que no merecía vivir o quizá, nacer.


Notas:

(1) Herrera, Alicia, Pusimos la bomba... ¿y qué?, Instituto Cubano del Libro, Editorial Ciencias Sociales, 2000.

(2) Orlando Bosch falleció en Miami en el 2011.

(3) Se trata de una serie de sabotajes organizados y financiados por la CIA de los Estados Unidos contra los hoteles de La Habana. Ese día, 4 de septiembre de 1997, muere debido a explosión el turista Fabio Di Celmo.

(4) Posada Carriles era considerado un experto en demoliciones, según un resumen preparado por la CIA para el FBI sobre los sospechosos de estar involucrados en la voladura del avión de Cubana.

Se han publicado 2 comentarios

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  • rafael g

    se fue este tremento HP sin haber pagado todo el daño que le hizo a CUBA y a la america asesino es como dice la escritora el que no merecia vivir y menos nacer

  • Gustavo

    Así de injusta es la vida que vivimos, un comentario que no deja por alto que siempre esperaremos justicia de ese brutal atentado, yo vivía en esos años y en mi mente quedaron las imágenes mas tristes de mi vida. era un niño pero lo sentí tal como mis padres.
    Y así mismo vivió sus años y sin contratiempos en su vida, finalmente se refugio donde esta la mayor plaga de incrédulos, lacayos y apatrias que hoy viven con su hostil política contra los amantes de esta bella isla, pero repito aun queda pendiente que se haga justicia, y aunque no soy creyente si creo que un día se haga justicia por que todo un pueblo la merece.